Hay un olor en la mirada cada vez que te encuentro en el camino. Sucedes dentro de mis ojos y también en la yema de mis dedos. En tus ramas de arcilla prensada, en tus hojas concentradas y mínimas me informas de que eres el subsuelo mismo desplegado en el exterior, la piedra que aspiraba al aire, la roca que ha conseguido convertirse en planta.
Y es esa fuerza la que se hace aceite en ti, pócima interna en cualquiera de tus circunstancias: rama seca, brote nuevo, corona en flor.
Te repartes en lugares abruptos, roquedales, páramos, como diciéndonos que has nacido para aliviar lo difícil y para enseñarnos que de la escasez o de la renuncia emerge algo esencial y tan poderoso que incluso soporta los incendios.
Eres la planta monje. Como aquella florecilla en la que San Francisco explicaba a uno de sus hermanos que la perfecta alegría consiste en seguir encendido de amor en la peor circunstancia. Eres la planta oración que, alimentándose de minerales secretos, ofreces tu perfume a la noche que te corresponde, amante, con el misterio astral de su silencio.
Eres la medicina de la tierra. Lo sabe cualquiera que te mordisquea, cuando bajas al estómago y enciendes una luz áspera y aguda que se abre camino en todo lo que sobra y se incorpora a la carne, cimentándola.
Habitas lo que depuras. Te expandes en la sangre verde. Te ramificas en los pulmones y te enraízas en las paredes del estómago. Noto cómo tu savia se expande por mis brazos y le da una nueva consistencia a mis piernas.
Es la energía que mana por la planta de los pies hacia el núcleo del planeta. Es el reverdecer de mis fotones en la yema de mis dedos. Algo brota desde el cénit de mi cráneo buscando un aire más puro. Me voy rompiendo en ti. La cáscara de lo que pensaba un yo se agrieta como un huevo a quien una nueva criatura impulsa desde adentro.
Yo sé y no hago nada y no soy yo. La boca es redonda porque es la bóveda celeste. El tronco es el incontable sedimento de los grumos, la tabla periódica que se inyecta en cada cueva subterránea.
Somos los que echan raíces en la piedra escondida. Somos los pequeños matorrales ante los que alguien pasea hundido en sus pensamientos, mientras las puntas de nuestras ramas beben la ciencia del sol, la concentran en palabras pequeñas, persistentes, que, aun secas, van a volver a henchirse en la boca del paseante, tarde o temprano, cuando los vivos pasen por el camino o cuando los muertos regresen a lo que abandonaron.


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