Puede que Hoppers, con su aspecto de film normativo de animalitos animados de gran estudio, no solucione ese bajón creativo de Pixar, el estudio que abrió las puertas a la animación por ordenador y lo hizo emocionando con películas como Toy Story o Monstruos. Pero la que dirige Daniel Chong, uno de esos jóvenes creativos del estudio que han tomado el relevo tras la purga, marcha o reubicación de talentos como John Lasseter, Andrew Stanton, Pete Docter, Lee Unkrich y compañía, tiene mucha más miga de lo que parece.
Hoppers da un giro a todo el cine de animales antropomorfizados que ha acaparado la dieta del cine animado USA, y lo hace cuestionando los recursos sentimentales de proyectar sentimientos y conductas humanas en animales. Pero el film no trata de autopensarse, de hacer humor “meta” con sus recursos, que son los de todo el corpus de cine animado norteamericano, sino que trata de usar el superficial homenaje a la serie B de ciencia ficción (aquí cabe desde Sharknado a La invasión de los ultracuerpos) para trasladar esta noción a un ámbito sociológico más profundo.
De ese modo, mientras Mabel, la luchadora protagonista, proyecta sus sentimientos y también una profunda ira sobre la terrible circunvalación que acabará con la laguna de los castores mientras se convierte ella misma en animal, el film abre el melón de esa guerra personal basada en sus propios traumas y recuerdos entrañables… y lo hace renunciando a convertir al alcalde Jerry (voz en la versión original de Jon Hamm) en un satánico villano, y sobre todo convirtiendo a los animales en elementos más conscientes de ese orden natural que la propia Mabel dice defender (memorable el momento en el que un castor reprocha a la protagonista por salvarle de ser comido por un oso).
Que el recurso de la conciencia de Mabel introducida en un animal no sirva para realizar un film metafísico como Soul, o íntimo como Inside Out, sino un retrato psicosocial que relee postulados intocables y políticamente correctos como la ecología, la política pública y el manejo de masas, convierte a Hoppers en un artefacto extraño que será, probablemente, criticado por muchos, además de uno a menudo un tanto confuso en sus vaivenes tonales y argumentales, pero a la vez tremendamente interesante a la hora de constatar que las modas están cambiando y el cine de animación puede llegar tan lejos como quiera.
Y es que el film de Chan es, en realidad, un ensayo igualmente abstracto sobre la comunicación, la de Mabel consigo misma y con su antagonista, el alcalde Jerry, vista a través de esa “caída en el agujero de Alicia” que es su viaje al reino animal y la comprensión de otro idioma, otra cultura. Puede que Hoppers no sea un film brillante, carismático, icónico, compacto y poético, como sí son Up, la citada Toy Story o Ratatouille, pero aun así es una película que deja un par de recados a la competencia (la típica excelencia técnica de Pixar que el film parece alcanzar sin pretensiones de nada), a la vez que somete a una notable relectura determinados mandatos culturales y la propia narrativa del género en el que se inscribe, todo ello sin —por supuesto— dejar de ser un film familiar endiabladamente divertido.



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