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La debacle (II)

(Primera parte)

Poco antes otro progenitor había pretendido denunciarme por otra cosa que, visto lo visto, me parecía tan absurda como un burro fumándose un porro liado con sus pezuñas. En mis clases de latín de la ESO, aparte de la gramática, a fin de suavizar la materia, el programa incluye temas de civilización y cultura. Uno de ellos atañe a los monstruos de la mitología clásica. Sé que muchos de mis zagales tienen cualidades artísticas: bastantes dan salida a su mundo interior dibujando. Por ello les di la opción de recrear a través de sus lápices alguno de los monstruos que habíamos visto. Una zagala hizo un dibujo de un sátiro (ser con patas, cuernos y barba de macho cabrío y torso humano). Se le notaba el estilo Disney, algo infantil, pero era una delicia. Para mi pasmo su padre acudió a querellarse ante el director por fomentar el satanismo. Menos mal que no lo registró por escrito. Cuando compartí mi estupor, otro compañero de un pueblo vecino me comunicó que a él lo habían acusado de propagar la zoofilia al contar en clase el mito de Europa, en el que Zeus se transforma en toro para raptar a la princesa fenicia que daría nombre a nuestro continente. Éstos son los paños con los que han de lidiar a diario mis compañeros de trinchera gracias a la infame sociedad que han construido las más infames leyes educativas.

Al principio tenía claro que mi compromiso con las familias iba más allá de mis clases en el aula. Por ello he organizado actividades en horario extraescolar: viajes de estudios, exposiciones, talleres de teatro, etc. Aunque reconozco que cada vez me agota más, sobre todo viendo la desidia y abulia con la que algunos chicos reciben las lecciones sobre los monumentos u obras de arte que visitamos. A pesar de ello, a fines del último diciembre montamos una visita al Museo del Prado desde mi ciudad: una verdadera paliza, ya que salíamos a las 7 de la mañana y regresábamos a eso de las 11 de la noche, tras calzarnos más de 800 kilómetros. Demasiada matraca para un casi sesentón, quemado y más cascado que una nuez en un cascanueces. Aunque quiera, no puedo mantener siempre estabulado al maestro que me invade. A la altura del Castillo de Garcimuñoz les hice saber que en sus inmediaciones fue herido de muerte Jorge Manrique en el contexto de la Guerra de Sucesión Castellana. Él había tomado partido por Isabel frente a su hermana Juana, a la que llamaban la Beltraneja. Les pregunté si sabían quién era ese Manrique. “No”, fue su respuesta. Al decirle si tenían alguna idea de quién era esa Isabel, levantaron los hombros con indiferencia. Me callé. Eran alumnos de bachillerato, los más formados de nuestro centro, la “élite” que próximamente poblará las aulas universitarias o centros superiores de formación profesional. Lo que más me dolió fue su apatía: les importaban un bledo tanto el poeta como su reina. Es más: estoy seguro de que han estudiado a ambos, pero los han olvidado en cuanto se han examinado. Y, lo que es peor, no se emocionan cuando pasan por lugares esenciales en nuestra Historia. No les dije nada al dejar atrás Uclés, en cuyo monasterio tanto el poeta como su padre, el de las Coplas, fueron sepultados. ¿Para qué?

"En la visita al Prado hubimos de dividirnos en varios grupos. Los que mostraban más interés se pegaron a mí, pues conocían mi pasión por la Mitología"

Dos años antes, en un primero de bachillerato, inquirí quiénes ocupaban este pedazo del sureste antes de la llegada de los romanos, esperando que me respondieran “los íberos”. Su silencio me abrumó. Como pista les dije que teníamos una compañía aérea, antaño nacional, que se llamaba igual. El más pillo me respondió, convencido: “¿Ryan Air? ¿Los ryaneros?”. El rebuzno que solté a modo de carcajada les sobresaltó. Por supuesto que en su paso por nuestras aulas y en las de primaria han escuchado hablar de Iberia y de los diferentes pueblos que la habitaban, lo han estudiado y se han examinado de ello más de una vez. El problema es que no les ha permeado. No les interesa: les son indiferentes íberos, celtas, fenicios, griegos y la madre que los parió. Una vez examinados, lo arrinconan en el cajón de la basura. Si les mandan un trabajo, para eso está el ChatGPT o cualquier otro mamporrero digital que les haga la labor. Labor que los más ni se leerán para detectar si se ha colado algún error.

En la visita al Prado hubimos de dividirnos en varios grupos. Los que mostraban más interés se pegaron a mí, pues conocían mi pasión por la Mitología. Andábamos algo agobiados: el Museo sólo permitía a los grupos escolares una visita de 90 minutos. Yo había ido unas semanas antes por mi cuenta para tener claro cuáles eran las salas indispensables para que mis zagales quedaran impactados por las obras maestras mitológicas allí preservadas. Para la mayoría era la primera vez que se iban a encontrar cara a cara con Goya, Rubens, Velázquez o Tiziano. Quería cuidar al milímetro el itinerario a fin de que esta experiencia se les esculpiera en el ánimo para toda su vida. A la media hora, en la Sala de las Musas, cuando sólo habíamos podido ver Goya y los maestros del XIX, me encontré a 4 o 5 estudiantes de otro grupo. Habían dado esquinazo a su profesor. Buscaban la salida. Les interpelé: ya lo habían visto todo, decían. Querían ver el ambiente navideño por las calles próximas y, si podían, comprarse una camiseta de su equipo de fútbol. Los dejé marchar: no deseaba encabronarme. Me acometió una súbita congoja: darte esa paliza para despachar en media hora el Prado y anteponer a Rubens o a Velázquez una tienda de souvenir. Eran alumnos de segundo de bachillerato: como mínimo llevaban 6 cursos con nosotros. Estaba claro que ellos habían pasado por el instituto, pero el instituto por ellos, no.

"La plaga digital está causando estragos entre todas las franjas de edad, convirtiendo a millones de compatriotas en adictos de las pantallas, devoradores de bulos que no se esfuerzan en contrastar"

No los culpo. En otro sitio defendí que esta sociedad tenía la educación que merecía, delegando en incompetentes la redacción de las leyes que vertebrarían el sistema educativo durante los últimos 40 años. Por lo tanto, las nuevas generaciones que durante los últimos decenios han poblado las aulas patrias no son culpables de la debacle educativa que asola el país: son sólo víctimas. Víctimas de la hornada de sus padres y abuelos, que han consentido con sus votos o silencio que desguacen la cultura del esfuerzo y del estudio sacrificado y constante jaurías de arribistas, haraganes que aborrecían la dura tarea a pie de aula y buscaban despacho con moqueta desde el cual joder a sus antiguos compañeros e iluminados que desde sus atalayas en estrados universitarios o escaños desprecian a los maestrillos y profesoruchos que se baten el cobre en colegios e institutos.

A esto se añade la plaga digital: está causando estragos entre todas las franjas de edad, convirtiendo a millones de compatriotas en adictos de las pantallas, devoradores de bulos que no se esfuerzan en contrastar (eso les requiere demasiado esfuerzo: primero deberían comprender lo que leen, buscar otras fuentes y examinarlas con espíritu crítico), pasto fácil de carroñeros.

En mis clases de Mitología de 1º y 2º de bachillerato intento descubrirles el eco que la mitología grecorromana ha dejado en nuestra cultura: nombres de días y meses dedicados a dioses, pervivencia en pintura, escultura, música, cine y juegos de ordenador, trazos en nuestro léxico… Les encomiendo trabajos de investigación que he debido pensar y repensar muy bien, proporcionándoles modelos, fuentes donde documentarse, etc. Bastantes desdeñan esta información que tanto me ha costado preparar: se limitan a pedirle a Chat GPT o a cualquier otro motor de inteligencia artificial que les haga la labor. Me la entregan tal cual, sin haberla revisado ni siquiera. Al principio me sacaban de mis casillas. Les ladraba que eso no era honesto, sino un fraude. Intentaba azuzarlos soltándoles que si en su noche de bodas le iban a pedir a la IA que se trajinara a su pareja mientras ellos jugueteaban con el móvil. En vano: como decía mi Maestro, este país está condenado a padecer por toda la eternidad la maldición del Lazarillo.

"La cosa empezó a torcerse cuando a algún lumbreras se le ocurrió que escuelas e institutos dejaran de ser centros de enseñanza y se convirtieran en antros de educación"

Les proyecto películas con temática mitológica para las que les he preparado un cuestionario que deben completar tras su visionado. Son incapaces de mantener la atención más allá de unos pocos minutos. A pesar de que está prohibido el uso de dispositivos móviles en el centro, lo esconden en sus mochilas o bolsillos e intentan sobarlo en cuanto te despistes: son yonquis de las malditas redes sociales. Les entra mono si no las tienen de continuo a mano. Si les requisas un dispositivo, tienen escondido otro. Si te pones “capullo”, ponen la mochila sobre la mesa y se duermen sobre ella: han estado metiéndose redes hasta la madrugada y apenas han dormido. Nos vienen como zombis, con unas ojeras impropias de su edad. Antes les sermoneaba: esa actitud de ponerse a dormir en clase en los morros de un profesor era una falta de respeto. Retrataba no sólo su falta de educación sino también la de su familia. No me los imaginaba yo haciendo lo mismo cuando hubieran salido de las aulas y encontrado un puesto de trabajo: su jefe los pondría de patitas en la calle si los pillaba con esa actitud tan abúlica durante su jornada laboral. Me miraban con asco, perdonándome la vida por haber osado no dejarlos seguir durmiendo.

Tengo más que claro que la cosa empezó a torcerse cuando a algún lumbreras se le ocurrió que escuelas e institutos dejaran de ser centros de enseñanza y se convirtieran en antros de educación. La acepción segunda del Diccionario de la Real Academia Española dice que educar es “desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc.”. A mi juicio esa labor es competencia de las familias. Cada una tiene sus propios valores morales, que no tienen por qué coincidir con los del vecino, mucho menos con los del profesor al que se le encomiendan sus hijos. Los profesores tienen bastante con educar a sus propios retoños y allegados y transmitirles sus particulares creencias, ética y escala de valores. Su papel en su centro de trabajo es enseñar la materia a la que han consagrado su vida y, a lo sumo, algunos valores cívicos universales: respeto, honestidad, esfuerzo, constancia, ejemplaridad… Los niños y adolescentes han de venir educados de su propia casa, no se puede delegar en otros para que lo hagan.

"Hay zagales con un ansia de saber fabulosa, que devoran libros y películas en varios idiomas, que comparten contigo sus inquietudes culturales y vitales, que dan sobrada muestra de buena crianza"

Gran parte de nuestra zagalería desprecia a los profesores como figuras de autoridad, desprecio que extienden a policías, sanitarios o cualquiera que represente al sistema. Se informan por redes cuajadas de bulos extremistas reaccionarios. Idolatran a tiparracos que vomitan bilis refugiados en Andorra o sitios similares para evadir impuestos y no contribuir al país que los ha educado, los ha hecho millonarios y, seguro, que tendrá que sanarlos cuando enfermen de consideración. No sólo odian a los moros y panchitos (pobres) que, según sus líderes, parasitan de lo público y viven de paguitas, sino que su inquina se desplaza ahora a los jubilados (españoles y muy españoles, ojo): sus pensiones tienen la culpa de que empresarios ultraliberales les paguen sueldos de mierda a cambio de condiciones laborales infames o de que usureros de manual pidan cantidades disparatadas por alquilar cuchitriles. Esa creencia se está extendiendo cual cizaña en un campo de trigales y amenaza con agostarlo así como a la sociedad que lo ha sembrado.

Por supuesto que, a los dioses gracias, no son todos así. Hay zagales con un ansia de saber fabulosa, que devoran libros y películas en varios idiomas, que comparten contigo sus inquietudes culturales y vitales, que dan sobrada muestra de buena crianza (a menudo felicito a esas familias por la educación que les han dado: por desgracia en muchas sesiones de evaluación se dedica más tiempo a los alumnos disruptivos, trapaceros u holgazanes que a los que cumplen con brillantez su cometido). Críos a los que es un honor acompañar en su instrucción, de los que en mi decadencia sigo aprendiendo e intento convertir en faro para sortear las tempestades de hastío y hartazgo que me devastan cuando veo menospreciada la labor a la que he consagrado mi vida. El problema es que no se quieren señalar. No desean que los tilden de empollones, de raros, de pelotas. Se camuflan entre la masa abúlica para sobrevivir. Y, según mi criterio, eso es un pecado de la sociedad que hemos dejado que nos construyan: que sean referentes cantamañanas que se forran rebuznando vacuidades en redes sociales o platós televisivos y no dudan en poner sus ganancias en paraísos fiscales en una muestra repugnante de insolidaridad frente a estos estudiantes o profesionales que acometen su día a día con honestidad, con un sacrificio callado y constante, con la probidad del campesino que día tras día, sobreponiéndose a inclemencias del tiempo, labra su campo.

"Hoy una ciudadanía desquiciada, narcisista, pusilánime y borreguil desdeña a los maestros, los ningunea, osan inmiscuirse en su trabajo o los presionan para que aprueben a sus hijos aun a sabiendas de que esto sería una injusticia"

Las últimas reformas educativas, aparte de convertir al docente en un chupatintas que ha de cumplimentar toneladas de informes totalmente inútiles, lo quieren mudar en un animador de eventos, policía, sanitario, psicólogo, asistente social, juez, mediador y un largo etcétera. Lo de enseñar, instruir para la vida adulta, transmitir que sólo tu esfuerzo y perseverancia a fin de alcanzar la mejor formación conseguirá que tengas alguna posibilidad en la despiadada jungla en la que hemos convertido la sociedad actual, cosas que antaño, en tiempos de Don José Castaño, se encomendaban a maestros y profesores, parece ser ahora secundario. Luego algunos se llevarán las manos a la cabeza ante la debacle educativa y moral en la que nos han obligado a hozar. ¡Hipócritas! ¡Sepulcros blanqueados!

A Jesús de Nazaret, Confucio, Homero, Verdi o a Velázquez sus coetáneos los llamaban Maestros, sabedores de la huella indeleble que iban a dejar. Hoy una ciudadanía desquiciada, narcisista, pusilánime y borreguil desdeña a los maestros, los ningunea, osan inmiscuirse en su trabajo o los presionan para que aprueben a sus hijos aun a sabiendas de que esto sería una injusticia y que, a la fin, perjudicará a los suyos. Ignoran o desprecian que muchos de los que alcancen el éxito profesional y civil en el porvenir habrán llegado allí porque en algún momento un maestro fue para ellos pilar y faro.

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