Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 11 de marzo de 1936: ¡Moscú!
¡Esto es grandioso!
Claro que nada impresionaba tanto como la llegada a Niegorleye, primera ciudad rusa. Le emocionó ver banderas rojas y a los soldados soviéticos con uniforme y gorro de piel, como en las películas. Allí constató que los rusos comían huevos fritos no de dos en dos, como los españoles, sino de tres en tres, que el vodka se bebía como agua y que el caviar era cosa corriente. Los soldados, sonrientes, le llamaban tovarich. Y ya Moscú, y sobre todo la plaza Roja, era la apoteosis.
—Quitemos el frío, y esto es lo más hermoso que existe —dijo el camarada que le hacía de lazarillo.
—Está usted predicando a un convencido. Pero, gracias, de todas maneras, tovarich.
El traductor, un suramericano, argentino o uruguayo por el acento, al que llamaban Pinto, hizo su trabajo. El ruso sonrió. Era alto, casi albino, un dirigente de la Internacional Juvenil Comunista. Hoy los había ido a buscar al Savoy, antiguo hotel de ambiente cosmopolita donde Carrillo, como escribió en sus memorias, ocupó la misma suite que en su día el escritor Romain Rolland. Él y sus compañeros de las Juventudes jamás habían estado en un hotel así: era como un cuento de hadas. Esa noche acudieron acicalados al Bolshoi, el más famoso de los teatros moscovitas. Por primera vez en su vida asistieron a un ballet, nada menos que El lago de los cisnes, y se emocionaron ante la vista de tanta hembra en tutú. Los acompañaron dirigentes juveniles locales y el traductor, el compañero Pinto, flaco como un Quijote.
A esas alturas llevaban varios días con visitas a las fábricas estalinistas o a regimientos de carros del Ejército Rojo, y reuniones como la que los esperaba en aquel edificio de fachada verde, cerca de la recién rehabilitada plaza del Manège y pegado a las murallas del Kremlin, justo donde bajo el zarismo solían estar las caballerizas imperiales. Para llegar desde el Savoy bajaron la gran avenida que, partiendo de la antigua plaza Dzerzhinski, pasaba junto al nuevo edificio de la presidencia del Gobierno de Stalin, al que aún no habían logrado ver.
—Síganme —dijo el ruso, con una mirada falta de sueño.
—Vayamos —contestó Carrillo—, pero voy a repetir lo que ya dije estos días, tovarich. Desde el punto de vista ideológico, los jóvenes socialistas españoles somos seguidores de Largo Caballero y estamos en posiciones marxistas-leninistas. La única cuestión a resolver, en realidad, es el carácter de la nueva organización.
—Eso es justo lo que corresponde debatir con el resto de los camaradas —dijo el albino, sonriendo cansinamente.

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