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Charo Lagares: muy poco sevillanas maneras

Charo Lagares: muy poco sevillanas maneras

Como siempre digo a mis alumnos, una primera novela siempre merece un margen de indulgencia. Puede haber talento sin ejercitar, ideas, imaginación bajo una apariencia torpe o inexperta. Pero hay ocasiones en que ese beneficio de la duda a cortesía puede convertirse en una forma de disimular lo evidente. Hay novelistas torpes que un día serán brillantes y hay novelistas torpes, incluso malos, incluso infames (es el caso que hoy nos ocupa) que nunca pondrán en pie dignamente una estructura narrativa, una trama o unos personajes. Sevillana, de Charlo Lagares, como digo, pertenece a esa subcategoría de libros que han sido recibidos con sonrisas diplomáticas de los amigos y silencios prudentes (muy significativos en su prudencia) cuando honradamente exigirían la verdad desnuda. Hay algo cruel en engañar a una pobre criatura haciéndola creer, con silencios cómplices o reseñas de aliño, que alguna vez en su vida podrá atribuirse con justicia el sustantivo escritor o novelista. Cuando algún incauto o incauta se traga el jarabe que le dan los compadres, el batacazo de la realidad suele ser importante.

No caigamos en eso, seamos directos: Sevillana es una novela (por llamarla de alguna manera) rematadamente floja. No en el sentido de una obra imperfecta (como digo, muchas primeras novelas lo son) sino floja en lo esencial. Porque en ningún momento llega a ser una novela digna de ese nombre. Hay apuntes, intuiciones, escenas sueltas, observaciones sociales que podrían haber dado lugar a algo interesante, pero el conjunto se parece más a un cuaderno escolar de notas que a una estructura narrativa seria.

"Lo que encontramos, porque es lo que Charo Lagares ha escrito, es una sucesión de episodios que rara vez avanzan hacia un conflicto real"

El problema, naturalmente, empieza por la historia, o más bien por la ausencia de una trama digna de tal nombre. El libro se presenta como el retrato de varias generaciones de mujeres de una familia acomodada sevillana, que es un terreno que podría haber dado mucho juego: herencias morales, hipocresías sociales, tensiones de clase, memoria familiar… Pero lo que encontramos, porque es lo que Charo Lagares ha escrito, es una sucesión de episodios que rara vez avanzan hacia un conflicto real. Los personajes entran y salen, hablan, recuerdan, se observan unos a otros, llenan páginas, pero la trama nunca adquiere peso dramático. Ni de ningún tipo. Es más bien ligera. O, por usar una metáfora más glamurosa y para que así lo entienda mejor la autora, esta novela es como un suflé en el horno eléctrico cuando, justamente, se va la luz. Y ahí se queda.

Hablando de suflé narrativo, tampoco ayuda a levantarla (me refiero obviamente a la novela) su construcción de los personajes. Las protagonistas (gestos, rasgos de carácter, alguna anécdota) rara vez alcanzan una mínima profundidad psicológica. Una lectora con buena fe, esfuerzo y salivilla puede alcanzar a intuir cosas, sobre todo porque la mayoría las ha leído ya en otras novelas de otras autoras, pero la novela no logra convertir esa intención en vida narrativa.

"Eso no significa que esta autora carezca de mirada. Ella mira y mira y vuelve a mirar, y sobre todo mira lo obvio, lo que todo el mundo mira"

Hay además una sensación persistente de mirada sociológica sin músculo literario. O de pretensión de esa mirada, tan poco conseguida que llega a ser cargante. El mundo de la alta sociedad sevillana con sus códigos, sus rituales y sus pequeñas miserias, podría haber sido un magnífico escenario novelesco. De hecho lo es. Pero para que ese retrato funcionase habría hecho falta algo más que observar lo que cualquier sevillano medio observa sin necesidad de escribir páginas sobre ello: hace falta ironía afilada, conflicto, tensión, distancia crítica, técnica narrativa. Y talento. Sobre todo, talento. Y eso en esta novela brilla por su ausencia. Como brillan también ausentes las muchas lecturas de las que carece Charo Lagares, sin duda demasiado ocupada en ser novelista como para perder tiempo leyendo a quienes con su magisterio ayudan a serlo.

Eso no significa que esta autora carezca de mirada. Ella mira y mira y vuelve a mirar, y sobre todo mira lo obvio, lo que todo el mundo mira. Pero entre mirar, incluso tener una mirada, y construir una novela decente hay una distancia considerable hecha de conocimiento previo, de vida, de buenas lecturas, de imaginación, de técnica narrativa y de talento. Y esos agujeros en la formación de Charo Lagares, esa distancia, esa carencia intelectual, es lo que este libro no logra salvar. Y eso es lo más triste, porque leyendo Sevillana una se da cuenta de que hay quien se atreve con todo: autoras (y autores) capaces de abordar cualquier buen tema, bastardearlo con su mediocridad y dejarlo inservible para otros. Eso es lo que pasa con esta novela: la autora tuvo en sus manos un rico material narrativo que podía haber tratado con ese estilo que, según afirma sin pruebas su biografía (como sabe todo el mundo en el mundo editorial, escrita por ella misma), luce en sus columnas periodísticas de El Mundo: “Charo Lagares es la una de las columnistas más mordaces del territorio español”. De las más mordaces, cielo santo. Qué afilada cuchilla, la suya. Qué miedo.

"Las frases a menudo parecen escritas de un tirón y dejadas tal cual, sin el trabajo de pulido que convierte una página en literatura"

Por curiosidad, que ese es mi trabajo, he leído las pocas (poquísimas, ahora comprendo por qué) críticas que salieron en su momento y curiosamente coinciden en que Sevillana es una “radiografía social”. Yo no es que entienda mucho de radiografías, pero me parece que las radiografías revelan huesos, fracturas, anatomías ocultas, estructuras. Lo que aquí tenemos es una sucesión patética de clichés: la aristócrata algo decadente, la familia de rancio abolengo, la casa grande, el perro teckel que pasea por los salones, la boda como ritual social, los apellidos… Todo está ahí, pero no hay descubrimiento ni revelación, como mucho un tedioso inventario: ahora la aristócrata, ahora la matriarca, ahora la boda, ahora el comentario ácido (faltaría más) sobre la sociedad sevillana. Pero lo que podría haber sido una interesante sátira social en manos de un autor con talento narrativo termina siendo aquí una acumulación de estampas previsibles. Y mención aparte merecen los giros andaluces, utilizados como si bastara con introducir algunas expresiones locales para dar autenticidad al relato. El resultado es también previsible, porque no suenan a habla viva, sino a andalucismo decorativo. A postizo forzado e innecesario.

El resultado, sin más vueltas, es un libro que aburre a las ovejas. Y esto no es una cuestión de ritmo lento (la literatura lenta puede ser magnífica) sino de ausencia de densidad. Le pongo a ustedes un par de bonitos ejemplos (aunque no es difícil encontrar muchos más):

En febrero, el frío de Sevilla lamía los huesos. Se colaba por los puntos de los chalecos y mordía la piel y lamía los huesos”.

Sí. Efectivamente. El frío lame los huesos, luego muerde la piel y (ojo al dato, por si no había quedado claro) vuelve a lamer los huesos. En literatura, repetir una imagen puede ser deliberación estilística o torpeza. Aquí suena a lo segundo. Pero es que ese problema atraviesa buena parte de la novela: una relación distraída con el lenguaje, con la sintaxis e incluso (de vez en cuando asoma la oreja) con la ortografía. Las frases a menudo parecen escritas de un tirón y dejadas tal cual, sin el trabajo de pulido que convierte una página en literatura, de modo que el lector atraviesa el relato con una sensación creciente de descuido y monotonía. No porque la novela sea lenta (la lentitud, como digo, puede ser magnífica cuando hay algo dentro) sino porque no ocurre nada que realmente importe. Disfruten de otro ejemplo:

“Me desaté la gabardina y rebusqué en mi bolso, saqué el móvil y abrí la aplicación de las notas. Leche pan huevos regalices de frambuesa arándanos frambuesas yogur de limón oreos”.

"Porque una novela no es un reportaje de tendencias. La literatura exige otra cosa"

La lista aparece sin comas, como si la supresión de la puntuación fuera un gesto deliberado de estilo, una forma de imitar el flujo rápido de una nota de móvil. Y la frase anterior tampoco ayuda: una sucesión mecánica de acciones (“me desaté… rebusqué… saqué… abrí…”). La modernidad literaria, de Joyce a Foster Wallace (que me da a mí que Charo Lagares ni siquiera ha olido) ha demostrado que romper la puntuación o alterar la sintaxis exige un control absoluto del lenguaje, como Picasso de la pintura antes de ponerla patas arriba. Cuando ese conocimiento falta, solo es pretenciosidad y tomar por bobos a lectoras y lectores que a menudo, seguramente, han leído más de lo que esta autora (por sus obras leídas los conoceréis) ha leído en toda su vida.

Resumiendo, en cierto sentido la novela parece arrastrar (como los presos de los chistes antiguos la bola de hierro) el aire de las revistas de moda y estilo de vida de las que procede su autora, y en las que tan vez debió permanecer, leyendo más buena literatura en sus ratos libres, hasta madurar su ambición novelística. Porque una novela no es un reportaje de tendencias. La literatura exige otra cosa. Y cuando eso falta, la sensación que deja es también otra cosa, y a ella he dedicado esta reseña. Porque, al final, la literatura (como casi todo) tiene una regla bastante simple: nadie pone en una página lo que no tiene dentro, y nadie tiene dentro lo que no ha leído, vivido e imaginado. Y cuando el texto no tiene nada que ofrecer más allá de una lista de la compra sin comas, el problema no es de puntuación ortográfica, sino de fondo.

En fin. Charo Lagares, mordaz columnista y novelista. O eso dice ella. Qué personaje.

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