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Fantasmas en las selvas de Germania

Fantasmas en las selvas de Germania

Fantasmas. Fantasmas como los que miran al centurión en la maravillosa cubierta de esta novela, mientras protege, sin esperanza, la sacrosanta águila de la legio XIX. Fantasmas que acosan sin pausa a un auxiliar cántabro. Fantasmas de sus conmilitones, muertos en una emboscada en Iliria, de la que escapó por cobardía. Fantasmas que atenazan sus noches y que le embrujan en medio del combate. Fantasmas como los de los miles de soldados de las tres legiones exterminadas en las selvas de Germania, en Teutoburgo, que se le aparecían a Augusto en sus pesadillas: “¡Quintilio Varo, devuélveme mis legiones!”. Muchos fantasmas flotan entre las páginas de una novela que consigue, y de qué manera, meternos en la piel de un puñado de supervivientes de aquel desastre. Cuando toda la orilla derecha del Rin arde y el control romano sobre la zona se deshace como un castillo de naipes azotado por un vendaval, Aliso, un fortín a orillas del río Lupia, servirá de refugio a los escasos fugitivos del desastre y a algunos legionarios y auxiliares astures y cántabros de la legio V Alaudae. Aislados y aterrorizados ante la magnitud de la derrota sufrida, tendrán que resistir el embate de los germanos, y el prefecto Lucio Cedicio tendrá que tomar decisiones cruciales: ¿claudicar, fiando en la clemencia de Arminio, traidor a Roma?, ¿resistir, con la espada de Damocles del hambre, en espera de una ayuda improbable?, ¿intentar romper el cerco enemigo y ganar la otra orilla del Rin? Son muchas las novelas que se han acercado al mundo militar romano, a sus legiones, a sus batallas y a sus grandes generales, y especialmente me vienen a la mente las divertidas aventuras de Cato y Macro, de Simon Scarrow, la desolación de El águila en la nieve, de Wallace Breem, o la recreación que Luis Manuel López hace del asedio a Cartago en su Tiberio Graco: Tribuno de las legiones, editado también por Desperta Ferro. Pero pocas lo han conseguido con la verosimilitud de El bosque sombrío, que toma como punto de partida un episodio real —la resistencia del fuerte de Aliso, acaso situado en el excavado en Haltern am See—, que conocemos gracias a escuetas menciones en Veleyo Patérculo y Dión Casio. Antonio Carrasco Álvarez, al que muchos lectores conocerán por su excepcional Guerrilla: Una historia nueva de la Guerra de la Independencia, escribe una novela bélica que no solo atrapa por el ritmo y la intensidad con la que describe la ordalía de unos hombres desesperados —y mujeres y niños, que también acompañaban a los legionarios y sufrieron sus cuitas—, sino que lo insufla de vida y de realismo. Y es que, aunque el autor sea por su trayectoria investigadora experto en la época napoleónica, hay realidades humanas que transcienden tiempos y espacios. Una de esas realidades es la experiencia del combate, del dolor, físico y mental, que viven aquellos que han tenido que afrontar a Caronte rodeados de camaradas, ya sea con la espada, ya sea con el fusil en la mano. La parca no entiende de distingos cronológicos ni tecnológicos. El bosque sombrío es una novela en la que, bajo una trama trepidante, se adivina un entramado de muchas lecturas sobre historia militar, un andamiaje que permite al autor recrear de manera convincente mentalidades muy alejadas de la nuestra —sea la de un legionario agotado o la de unos germanos imbuidos de furia berserker—, y describir combates y heridas que asustan y que duelen, que sufren seres de carne y hueso, que se angustian y que mueren, no superhéroes en loriga segmentata. Magistral me parece cómo el autor consigue recrear el trastorno de estrés postraumático que sufre uno de sus personajes, pero interpretándolo desde las coordenadas mentales y espirituales de la Antigüedad; un trastorno que permea, como hoy sabemos, la experiencia de un ser humano metido de lleno en una guerra, pero que pocas veces vemos reflejado en la ficción histórica, tan proclive a pintar imposibles guerreros del antifaz y no seres humanos falibles y quebradizos, que es como somos. Quizá me estoy poniendo demasiado solemne —¿cómo no hacerlo cuando hablas de guerra y de muerte?—, porque El bosque sombrío se lee, sobre todo, como una apasionante novela bélica, una que encantará a aquellos lectores que hayan disfrutado con los libros de Sven Hassel, pero también con ficciones audiovisuales como la magistral Hermanos de sangre. Una novela que es, además, original por la multitud de puntos de vista que da para un mismo episodio, que viviremos como un auxiliar cántabro atenazado por viejos remordimientos, pero también como una mujer germana e improvisada médica, como una niña cuya familia ha sido masacrada o como un guerrero germano ebrio de gloria y de venganza. Personajes como un explorador nubio enrolado en las águilas después de conocer las cadenas, o como uno de sus compañeros, cuyas turbias acciones acaban desvelando un pasado más turbio todavía, cuyas vidas pasadas se van desplegando a lo largo de las páginas, para explicarnos por qué todos pugnan por sobrevivir en un perdido rincón de Germania en septiembre del año 9 d. C. Y una confesión final. A uno le cuesta quitarse los anteojos de investigador del mundo antiguo cuando se acerca a la época a través del prisma de la ficción. Siempre hay pegas, siempre hay anacronismos, siempre hay ese prurito de pegarse a las fuentes clásicas y a la arqueología, de intentar afear algo al autor que ha cometido el sacrilegio de hollar el campo de estudio de uno. Pues bien, con El bosque sombrío mis anteojos de erudito repelente se han hecho añicos: he disfrutado como se merece una novela histórica. Metido hasta el corvejón en sus páginas, que han corrido tan rápido como corren las aguas del Rin.

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Autor: Antonio J. Carrasco Álvarez. Título: El bosque sombrío. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.

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