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Razones de una bóveda

Razones de una bóveda

Dicen que no fue José Bonaparte un mal rey, pero ciertamente tuvo mala fama y, en muchas ocasiones, eso basta. Los madrileños lo empezaron a llamar Pepe Botella, atribuyéndole una querencia por el alcohol que parece ser que no tenía, y también el rey Plazuelas, por su afición a derribar edificios viejos para dar lugar a amplios espacios urbanos al estilo de los que ventilaban las ciudades principales de su país de origen. Los apodos que se le colgaron hicieron fortuna, pero sus reformas tuvieron menos eco. Se comprende que los oriundos asistiesen con cierto enfado al desmoronamiento de los enclaves que hasta entonces habían conformado el paisaje de su cotidianidad, pero es de justicia señalar que fue ese empeño del monarca el que alumbró la Plaza de Oriente, que sigue siendo una de las más bonitas con las que cuenta la ciudad y, junto con la montaña del Príncipe Pío, el mejor balcón desde el que asomarse a sus atardeceres épicos. Bonaparte tuvo además la lucidez de publicar un decreto por el que se ordenaba la constitución de una pinacoteca, iniciativa que nunca llegó a concretarse con decencia y que constituyó el embrión del Museo del Prado, que sí se haría realidad con Fernando VII, principalmente porque su segunda mujer, la reina María Isabel de Braganza, entendió la conveniencia de asumir la idea de su antecesor y dotar al país y a su capital de una institución similar a las que ya se habían ido conformando en otras urbes europeas. No importó demasiado nada de eso. El relato estaba escrito —un invasor, un extranjero, un intruso— y todo lo demás —las abdicaciones de Bayona, la defensa de las ideas ilustradas, el Estatuto que traía bajo el brazo y que muchos historiadores consideran el primer texto constitucional que se aplicó en España— no eran más que notas a pie de página.

"Ahora que han vuelto a abrirlo, y aunque sólo se pueda recorrer su primer tramo, caminar bajo sus bóvedas no deja de ser una experiencia curiosa"

Hace unos días leí en alguna parte ―trajina uno por tantas pantallas a lo largo del día que termina por no acordarse de la mitad de lo que ve― que habían reabierto el Túnel de Bonaparte y quise ir a verlo. Fue un viejo propósito que nació ya en los tiempos de Felipe II para unir el Campo del Moro con la Casa de Campo y que, por razones variopintas, se fue postergando a lo largo de los siglos hasta que José I supo de su existencia y quiso hacerlo realidad. Se dijo que pretendía emplearlo para huir en caso de revuelta, que lo usaría para sortear el Camino Viejo de Castilla sin ser visto, que gracias a él podría llegar discretamente hasta la Casa de los Vargas para entregarse en sus aposentos a placeres poco o nada institucionales. Encomendó su construcción a Juan de Villanueva, pero ni el arquitecto llegó a verlo terminado, porque se murió antes, ni el rey tuvo mucha ocasión de usarlo, ya que en seguida le tocó irse con sus decretos a otra parte. El pasadizo estuvo durante mucho tiempo clausurado, convertido en almacén, en trastero de guerra, en espacio residual. Aunque no era ningún secreto que seguía ahí, pocos prestaban atención a los portones que siempre estaban cerrados bajo la entrada al Campo del Moro y que daban la impresión de cerrar el paso a algún hangar en el que se amontonasen herramientas inservibles. Ahora que han vuelto a abrirlo, y aunque sólo se pueda recorrer su primer tramo, caminar bajo sus bóvedas no deja de ser una experiencia curiosa. Dentro el aire sopla más frío y los pasos resuenan con una solemnidad prestada. Mientras avanzaba por la pasarela, me dio por pensar que todas las épocas terminan por construir sus propios túneles; galerías inexpugnables donde se sepultan las dudas, los matices, las preguntas que incomodan.

"Tanto tiempo después, recorriendo el pasadizo de Bonaparte uno puede creer que todavía se respira allí dentro el aroma de aquellos tiempos perversos"

Al otro lado del Manzanares, unos cientos de metros río abajo, se levantaba la Quinta del Sordo. En ella se instaló allá por 1819 el pintor Francisco de Goya, que no debió de llevarse mal con José I. No imaginó entonces que también tendría él que atravesar su propio túnel cuando se le hiciera el clima irrespirable. Ocurrió en esos años en los que comenzó a pintar monstruos no porque se los inventase, sino porque se atrevió a mirarlos a la cara, y los fijó en las paredes de su casa como denuncia y recordatorio de la época y el país que lo expulsaban. Tanto tiempo después, recorriendo el pasadizo de Bonaparte uno puede creer que todavía se respira allí dentro el aroma de aquellos tiempos perversos. Los túneles no se hacen sólo para huir; a menudo pueden servir para desentenderse de lo que sucede fuera. Tampoco es imprescindible el sueño para engendrar pesadillas; a veces basta con que la razón se canse.

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