Seleccionados, prologados y traducidos por Pablo Gianera, esta antología de relatos son una lujosa puerta de entrada a un universo narrativo entrañable, donde el sentimiento de pérdida yace cubierto por el grato y vívido recuerdo de las emociones y los amores pasados.
En Zenda reproducimos las primeras páginas de uno de los relatos (“Mendel, el bibliófilo”) presentes en Cuentos selectos (Edhasa), de Stefan Zweig.
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MENDEL, EL BIBLIÓFILO
De nuevo en Viena, al volver de una visita a los suburbios, me sorprendió un chaparrón que, a fuerza de latigazos mojados, obligó a la gente a refugiarse en zaguanes, galerías y en cualquier recoveco cubierto, y yo mismo corrí a la caza de un amparo. Por suerte, hay en Viena un café en cada esquina, así que me metí en el que estaba más a mano, ya con el sombrero goteando y los hombros empapados. Resultó ser un café típico de las afueras del centro, de un estilo casi esquemático, sin los artificios de moda de los cafés concierto que los locales del centro copian de los alemanes; era un café vienés tradicional, burgués, colmado de gente que consume más diarios que tortas y pasteles. Ahora, al atardecer, el aire, siempre viciado, se veía veteado por volutas de humo azul, pero el café daba con todo una impresión de limpieza, con sus sofás de terciopelo verosímilmente nuevo y la brillante caja registradora de aluminio. En el apuro, ni me había tomado el trabajo de leer fuera el nombre del café, ¿para qué? Y ya sentado y en la calidez del ambiente, me puse a mirar ansioso por la ventana –una ventana cubierta por una cortina de agua– y a esperar que la lluvia resolviera alejarse un par de kilómetros.
Pero cuanto más me esforzaba por apresar ese recuerdo, más maliciosa, más inaprensiblemente se me escurría como una medusa que resplandece inciertamente en el fondo último de la conciencia, y sin embargo persiste inalcanzable, inasible. Detuve en vano los ojos en cada objeto del mobiliario. Hubo cosas que no reconocí, como por ejemplo la caja registradora con su tintineo automático, o el revestimiento marrón de falso palisandro de las paredes; todo eso habrán de haberlo instalado más tarde. Pero sí, claro que sí, yo había estado aquí una vez hace veinte años o más. Ahí estaba, invisible como un clavo en la madera, algo de mi propio yo que había seguido creciendo subrepticiamente. Desplegué y expandí mis sentidos hacia todo ese espacio y, a la vez, hacia mí mismo, y sin embargo…, ¡mierda!…, no conseguía alcanzar ese recuerdo extinguido, ahogado dentro de mí.
Me enojé, como se enoja siempre uno cuando la frustración nos descubre la insuficiencia y la imperfección de nuestras facultades intelectuales, pero no perdía la esperanza de pescar ese recuerdo. Lo que me hacía falta era un anzuelo para la pesca, puesto que mi memoria es de una naturaleza singular: es buena y mala a la vez, tenaz y diligente, aunque también de una fidelidad indecible. Suele tragarse lo más importante, tanto los hechos como los rostros, lo leído y lo vivido, y sin coacción no saca nada a la luz de ese inframundo, a menos que la voluntad lo reclame. Pero basta el gancho más inopinado, una postal, los trazos en el sobre de una carta, una hoja de diario amarillenta para que, enseguida, lo olvidado emerja de la superficie oscura y líquida como un pez en la caña de pescar, vivo y en toda su materialidad sensible. Reconozco entonces cada detalle de un hombre, su boca, y en la boca el agujero de la dentadura en el lado izquierdo cuando se ríe, y la entonación cascada de esa risa, y cómo se le contrae el bigote, y cómo de la risa brota otro rostro, un rostro nuevo… Todo eso lo veo enseguida, en una visión plena, y retengo durante años cada palabra que me dijo ese hombre. Pero para que pueda yo ver y percibir sensiblemente el pasado en su materialidad necesito siempre un acicate igualmente sensible, una mínima ayuda de la realidad. Así que cerré los ojos para pensar más concentradamente, para dar forma a ese anzuelo secreto y agarrarlo. ¡Pero nada! Una y otra vez, nada. Y estaba ya tan exasperado con los deficientes y voluntariosos engranajes de mi memoria, ese mecanismo incrustado entre las sienes, que me daban ganas de golpearme la cabeza con los puños, con la misma fuerza con la que se sacude una máquina amañada que se queda con lo nuestro. No, no podía quedarme sentado. Ese fracaso interior me puso en movimiento y me levanté para desahogar la rabia. Pero, cosa rara, recién dados los primeros pasos por el local despuntó dentro de mí el primer amanecer, la fosforescencia del alba. Recordé que a la derecha de la caja debía estar la entrada a una habitación sin ventanas, con luz artificial. Y así era, realmente. Ahí estaba, con otro empapelado, aunque con las mismas proporciones, esa trastienda cuadrada de contornos imprecisos: la sala de juegos. Miré instintivamente los objetos que poblaban el recinto; los nervios me vibraban ya de alegría (sentía que de un momento a otro lo sabría todo). Había dos mesas de billar ociosas, silentes, ciénagas verdosas, y en los ángulos varias mesitas, en una de las cuales dos consejeros de la corte o profesores jugaban al ajedrez. Y en el rincón, pegada a la estufa de hierro, allí por donde se iba a la cabina telefónica, había otra mesita cuadrada. Y de pronto fue como si me partiera un rayo. Lo supe enseguida, en el acto, y me sacudió el ardor de la alegría: Dios mío, ése era el lugar de Mendel, de Jakob Mendel, de Buchmendel, como lo llamábamos, de Mendel, el loco de los libros, el bibliófilo, y veinte años después estaba yo de nuevo en su cuartel general, el Café Gluck, en la parte alta de la Alserstrasse. Jakob Mendel, ¿cómo pude olvidarme durante tanto tiempo de ese hombre extrañísimo, legendario, de ese prodigio mundial sin precedentes, famoso en la universidad y en un círculo muy estrecho y muy devoto? ¿Cómo desterrarlo de la memoria a él, el mago y el comerciante de los libros que, inmutable, se sentaba allí todos los días de la mañana a la noche, emblema del saber, honor y gloria del Café Gluck?
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Autor: Stefan Zweig. Título: Cuentos selectos. Traducción: Pablo Gianera. Editorial: Edhasa. Venta: Todos tus libros.


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