Xavier Velasco se ha pasado al lado más noir de la literatura. Mala espina, su nueva novela, así lo confirma. Esta obra, que ha comenzado a circular en México bajo el sello Alfaguara, narra la aventura psicológica de una mujer que tiene que despertar a todos sus monstruos, darles la cara y pelear contra ellos. Esa mujer se llama Dunia Montoro y es analista de inteligencia devenida en detective involuntaria; más experta en patrones de datos que en pesquisas, pero que termina involucrada en la investigación de un caso donde un hombre ha caído desde un séptimo piso ante la mirada horrorizada de las alumnas de un colegio. El muerto es un tal Iván Mauricio Dupont, defenestrado heredero que dilapidó su fortuna antes de convertirse en el chamán Juan de la Luna, y la protagonista tendrá que responder qué o quién provocó su muerte, si fue tal vez un feligrés inconforme con su destino que eligió tomarse la justicia por mano propia o fueron los demonios que consumieron su capacidad para sobreponerse a los sofocos de la vida terrenal, ya que todo indica que se trató de esto último, excepto por un detalle: nadie se suicida con los pies atados. El último ingrediente básico de esta trepidante historia del autor de Diablo guardián es Dunia, que, para su mala fortuna, es la exesposa del occiso, lo que la lleva a intentar averiguar más que quién mató a su pareja, quién era ese hombre, para lo cual tiene que realizar una travesía hacia dentro de sí misma, mirarse en el espejo y ver las cosas realmente como son, lo que le supone una dura batalla contra sí misma, porque no puede tratar de saber quién es sin enfrentarse a una serie de conflictos internos y pelearse con todo ello incontables veces. En ese sentido, el propio Velasco ha dicho que lo que más le intriga es la contradicción flagrante de su personaje, pues se trata de una mujer de una sensatez desmesurada que se entrega al placebo del pensamiento mágico cuando va al panteón a exigirle respuestas a la tumba de su ex, un escenario que el autor conoce bien, pues jamás ha tenido empacho en admitir que a los 16 años tenía las agallas para recorrer los ejes viales de la Ciudad de México a bordo de un coche cuya palanca de velocidades había sido sustituida por un fémur humano; un hueso auténtico que había encontrado años atrás en el Panteón de Dolores en uno de sus muchos paseos por los camposantos. En cuanto al bagaje literario que hay detrás de esta novela, Velasco recuerda que tenía 13 años cuando leyó por primera vez a Agatha Christie, y de ahí saltó a Raimond Chandler, Dashiell Hammett, Jorge Ibargüengoitia, Rafael Bernal o Andreu Martín, entre otros, todas ellas, en efecto, figuras tutelares de la novela negra, un género que a Velasco se le había resistido durante años y en el que ahora incursiona pero ante el cual no se arrodilla, ignorando olímpicamente sus reglas porque no ha querido que Mala espina se ajuste a ningún molde, sino que simplemente se cuente una historia y si es necesario sofisticarse por momentos, lo hace, así como puede fijarse más en la forma o jugar con las palabras, porque de esta manera, asegura, es como le gusta escribir. Finalmente, Mala espina es también un gran homenaje a lo que Xavier llama “una argamasa de podredumbre, hipocresía, asombro y amor por la transa”; es decir, la Ciudad de México, un lugar por cuyas calles uno sale a caminar y encuentra circunstancias que explican el sentido de lo que algunos llaman el “México mágico” y que, en una ficción, pueden parecer inverosímiles, pero que ahí son moneda corriente porque, como afirma Velasco, en la Ciudad de México todo es creíble. Por eso también para él haber nacido, crecido y vivido en la Ciudad de México es, profesionalmente, “un regalo”, y si ya de por sí le gusta lo truculento, el exceso y el conflicto, luego entonces, dice, es que debe ser chilango. Y no hay de otra.
TRISTE ADIÓS EDITORIAL
Dice con razón el escritor y columnista Rafael Pérez Gay que entre las muchas destrucciones que los gobiernos de la así llamada en México Cuarta Transformación le han impuesto a la sociedad mexicana, no la menor de ellas es la del libro, pues “la frágil y debilitada industria editorial se acerca al punto más bajo de productividad con todo lo que ello implica: editoriales medianas y pequeñas en riesgo de desaparecer, librerías con serios problemas financieros, rendimientos negativos, desempleo, menos lectores”. Pero lo que a Pérez Gay le choca sobremanera es que la Universidad Nacional Autónoma de México “colabore en esta destrucción editorial”. Se refiere, en concreto, a la Feria del Libro de Minería, que organiza esa institución y para lo que impone “cobros estratosféricos por anticipado, desorden, salas apartadas por grandes editoriales, espacios ocupados por encargo y un largo sin fin de cortes en su carnicería anual”. Como es sabido, de esta feria se ha retirado ya Planeta, uno de los sellos más poderosos del país; Zorro Rojo, una fina y pequeña editorial, y Cal y Arena, que el propio Pérez Gay dirige. El mismísimo Fondo de Cultura Económica, la editorial del Estado mexicano, también se retiró y como apunta Pérez Gay, lo hizo “con gran modestia”, decidiendo su director, Paco Ignacio Taibo II, disponer de unos tendidos banqueteros “para el pueblo” en el Palacio Postal, uno de los grandes y más extraordinarios edificios de México que está apenas a unas calles de donde se realiza la feria de Minería. Pérez Gay aporta algunos datos para documentar el optimismo en torno a esta feria: el costo promedio por stand es de 5 mil 800 pesos por metro cuadrado más IVA (unos 260 euros). Si se paga después de las fechas establecidas, se aplican tarifas extemporáneas que aumentan el precio, pero en todo caso el cálculo de un stand de 9 metros cuadrados cuesta cerca de 52 mil 200 pesos más IVA (2 mil 370 euros) a lo que se pueden agregar tarifas adicionales por servicios extra. Los anticipos se deben pagar en agosto del año anterior a la feria. Así que haciendo “cuentas rancheras”, Pérez Gay calcula que un estand de 9 metros le costará a una editorial pequeña o mediana entre seis mil y siete mil euros, pues hay que contar los gastos de operación de la empresa, el montaje del stand y los salarios de quienes atienden el chiringuito. Ante ese panorama el editor se pregunta si a la UNAM le urge este negocio, si realmente lo necesita o si debería diseñar una feria del libro en su extraordinario campus de Ciudad Universitaria, cuyo mercado cautivo podría ascender a los trescientos cincuenta mil compradores potenciales, oponiéndose, de paso, a una política gubernamental que Pérez Gay califica de irresponsable, pues está regalando 25 millones de libros a Cuba, Venezuela, Guatemala, Colombia o Argentina, cuando el sector editorial patrio se está quedando en los huesos. Por eso, remacha Pérez Gay, Cal y Arena no volverá a esa Feria ni él en lo personal. No vale la pena, concluye.


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