Inicio > Libros > Narrativa > Abre, soy tu acento
Abre, soy tu acento

La historia comienza en un tribunal de Bobigny, ante el que Polina Panassenko, a la edad de treinta y un años, tramita junto a su abogada la restitución de su nombre original en ruso. A los dos años de la caída de la Unión Soviética, siendo una niña, su familia emigra a Francia. Ella, su hermana, su madre y su padre matemático —que había logrado un puesto universitario— se establecen en Saint-Étienne. Siendo una adolescente obtiene la nacionalidad francesa en pleno derecho por naturalización del padre, y forzosamente su nombre legal cambia a “Pauline”. Al lector le resulta claro el talante autobiográfico de Lengua viva (Nórdica Libros, 2025), de Polina Panassenko, traducida por Íñigo Jáuregui.

El arco de tiempo narrativo de esta enérgica novela corta —dividida en cinco partes— tiene constantes quiebres. Se cuentan episodios significativos de sus primeros años de vida en Moscú en un piso en el que, además, vivían dos personajes claves en su dimensión sentimental: abuelo y abuela, a quienes, irónicamente, y tras una espera de años, les asignan otro piso a solo pocos meses del 26 de diciembre de 1991, fecha en la que la Unión Soviética deja de existir.

"Toda esta original propuesta apunta al corazón de la novela: su irrevocable deseo de recuperar su nombre ruso. Esta obsesión actúa como metáfora de su proceso interno, la revelación de lo que termina significando lo auténtico"

El hilo conductor que atraviesa las cinco partes es la saga que Pauline emprende ante el Estado francés para recuperar su nombre ruso originario y, aun así, en esta vertiente se dan saltos de tiempo bajo la intermitencia entre el lío legal, sus reuniones con la abogada, el juzgado y la historia de su vida: desde la primera infancia en Moscú, la segunda infancia, adolescencia, tiempos universitarios y adultez en Francia, todo ello de forma fragmentaria.

Los primeros años de vida moscovita están signados por la escasez, muy bien retratada en una cena de Año Nuevo. La familia se dedica a hacer un inventario de los alimentos con los que cuentan para la celebración: una conserva de guisantes, un tarro de mayonesa, una lata de leche condensada, ingredientes para una ensalada Olivier, un cubo de patatas, una caja de manzanas, algunas zanahorias y un tarro de pepinillos. Y eso era todo: “La última vez que mi padre logró traer un pollo fue el Día de la Victoria”. En contraste, cuando la familia va por primera vez a un automercado francés se deslumbra tanto que la narradora lo bautiza como “Alkampo-Centro’dios”. Todos engordan los primeros meses.

"Migración, desarraigo e identidad terminan siendo los ejes temáticos fundamentales. Durante años vive nueve meses en Saint-Étienne y tres meses de verano con los abuelos en el campo cerca de Moscú"

Esta narradora despliega el humor a lo largo del libro: “Mi tía tiene el judaísmo fluctuante”. O, cuando el abuelo siente curiosidad por saber dónde se está mejor, en Francia o en Rusia, “lo pregunta como Jesús preguntaba al pueblo si creía en la vida eterna”. Ocurrencias que tienen también que ver con la propuesta lingüística. La autora (al menos en su traducción al español) emplea una diversidad de recursos, como el de agregar la terminación “chik” a algunas palabras en español para sonar como la lengua rusa: el maternal es el “infantilchik” y el tren de cercanía es el “ electrichka”. Inventivas como usar guiones dentro de una frase: “Y yo un gorro-bufanfa-dos-en-uno-ribeteado-con-piel sintética”. El ser hebreo lo escribe como “ievrei”, que sería la forma onomatopéyica de la palabra rusa еврей. A ello sumaríamos frecuentes metáforas: “Mi columna vertebral se transforma en un gancho de cocina de IKEA”. Y, por si fuera poco, frecuentes fabulaciones ante situaciones serias, como cuando está frente a la juez que decidirá si tramita su solicitud de cambio de nombre y piensa: “Le da miedo que la fecunde. Le da miedo que meta mi lengua dentro de la suya”.

Toda esta original propuesta apunta al corazón de la novela: su irrevocable deseo de recuperar su nombre ruso. Esta obsesión actúa como metáfora de su proceso interno, la revelación de lo que termina significando lo auténtico. Y ello a pesar de que habla francés sin que nadie pueda percibir una pizca de acento extranjero. Al contrario, la madre se preocupa en detectar algo de francés en su ruso: “Mi madre vela por mi ruso como si fuera el último huevo del cuco migratorio”. En una de sus fabulaciones tocan la puerta de su casa: “Abre, soy tu acento”, y se entabla un diálogo entre ellos: “¿Qué has hecho conmigo?”.

"La invade el espíritu de cronista cuando se refiere a hechos históricos en Rusia y Francia. Así, destaca algunos episodios contemporáneos a su historia personal, como el de la apertura del primer McDonalds en enero de 1993"

Migración, desarraigo e identidad terminan siendo los ejes temáticos fundamentales. Durante años vive nueve meses en Saint-Étienne y tres meses de verano con los abuelos en el campo cerca de Moscú. El personaje —antigua estudiante de ciencias políticas (Sciences Po) dedicada a la actuación— vive en Montreuil en el presente y llega a tener el patriotismo tan inflamado que inventa un CPHP: Código Personal de Honor Patriótico. Cuando muere su abuelo, años más tarde, a los noventa y ocho años, héroe de la Gran Guerra, dice: “En la morgue hace frío. La idea de que mi abuelo tenga frío, aun muerto, me hace preferir comer vidrio molido”.

La dualidad de vida a través de las lenguas la retrata de esta manera práctica: “Ruso dentro, francés afuera. No es complicado. Cuando salgo me pongo el francés. Al entrar a casa, me lo quito. Incluso puedo empezar a desvestirme en el ascensor”. Muchos son los referentes rusos que aparecen en el texto: Koljós (cooperativa agrícola en la antigua Unión Soviética); Kacha (cereal); Dacha (campo ruso; donde pasa los veranos); Borscht (sopa) e incluso una medicina llamada Validol (sedante vasodilatador que disminuye los riesgos de infarto).

"Muchas son las canciones de intérpretes franceses icónicos que, aunque no corresponden a la época del personaje, son los que le gustan a Polina y constituyen la banda sonora de esta novela"

A la narradora la invade el espíritu de cronista cuando se refiere a hechos históricos en Rusia y Francia. Así, destaca algunos episodios contemporáneos a su historia personal como el de la apertura del primer McDonalds en enero de 1993. Las filas descomunales que se armaron en Moscú ese día para degustar al capitalismo nos recuerdan a La fila, de Vladimir Sorokin, novela escrita enteramente en diálogos que se suceden en la cola para lograr alimentos según la tarjeta de racionamiento y la disponibilidad. O cuando su abuelo la lleva al circo el 19 de agosto de 1991, el mismo día que ocurre un intento de golpe de Estado en la Unión Soviética de parte de miembros de la KGB y del gobierno, y que logra deponer a Gorbachov durante tres días. Del lado francés, se refiere a la demolición de la llamada Muralla China en Saint-Étienne, un gigantesco bloque de viviendas dinamitado el 27 de mayo de 2000. O el caso de Jallal Hami, soldado francés con quien estudió en la universidad, y que muere ahogado en un estanque el 30 de octubre de 2012 en un rito de iniciación militar.

Muchas son las canciones de intérpretes franceses icónicos (Serge Gainsbourg o Joe Dassin) que, aunque no corresponden a la época del personaje, son los que le gustan a Polina y constituyen la banda sonora de esta novela. Sin embargo la que prevalece al final, cuando regresa a París desde Moscú, luego de enterrar a su abuelo, es “Ventanas de Moscú” (Si supieras cómo adoro / las noches de Moscú). Ventanas rusas que sirven para protegerse del viento frío del exilio.

—————————————

Autora: Polina Panassenko. Título: Lengua viva. Editorial: Nórdica. Venta: Todos tus libros.

5/5 (4 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios