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Sí hay tal lugar, de Federico Guzmán Rubio

Sí hay tal lugar, de Federico Guzmán Rubio

Ya he contado, más de una vez, que Federico Guzmán Rubio (Ciudad de México, 1977) es mi amigo. Le conocí cuando estuvo viviendo en Madrid y hacía un doctorado sobre literatura de viajes. Por aquellos días, hace ya más de una década, leí su libro de relatos Los andantes (2010) y la novela Será mañana (2012), publicados por la editorial Lengua de Trapo. Después de su etapa madrileña, volvió a México y comenzó a trabajar en el entorno universitario como profesor de Lengua y Literatura. En México publicó un libro de crónicas titulado El miembro fantasma, que quise leer, pero al final se complicó conseguir el libro desde México, porque apareció en una editorial muy pequeña, y el segundo libro de crónicas de Federico es este que comento ahora, titulado Sí hay tal lugar (2025) y que ha publicado la editorial Taurus.

El subtítulo de este libro de crónicas es Viaje a las ruinas de las utopías latinoamericanas, y describe con bastante precisión el texto con el que se va a encontrar el lector en estas páginas. Guzmán Rubio ha viajado a siete lugares de Latinoamérica en los que, en algún momento del pasado, se trató de crear una sociedad utópica, a veces entendido este término de muy diversas maneras. El libro está precedido de un prólogo, escrito por el propio autor, en el que nos va a explicar sus intenciones narrativas. En este prólogo podemos leer: «Para que exista una utopía necesita haber un lugar, imaginario en el sentido más estricto del término, o real, en el más inquietante. Se sabe: Tomás Moro inventó la palabra al crear su utopía, y Quevedo, quien la hizo traducir al español y la prologó, tradujo el término como “no hay tal lugar”». (pág. 14)

"El estilo de Guzmán, igual que ocurría en su obra narrativa, es irónico y rico en la búsqueda de las aparentes contradicciones de la realidad"

Las primeras tres crónicas están entrelazadas porque se corresponden con un mismo viaje a Sudamérica. La primera se titula Fordlandia o la utopía industrial (1928) y en ella nos adentraremos en el corazón de Brasil para llegar hasta las ruinas de una ciudad creada por Henry Ford, el industrial estadounidense. Allí, en pleno Amazonas, Ford quiso asegurarse un suministro regular de caucho para llantas de coche y no depender de los mercados internacionales, controlados por Gran Bretaña. Ford, en medio de la selva, soñó con un pueblo de casitas bajas al estilo de los pueblos estadounidenses. En su «utopía industrial», como la llama Guzmán Rubio, Ford prohibió que los trabajadores de sus fábricas pudieran beber y dedicarse a otros vicios. Esto propició que en una isla cercana se fundara un pueblo paralelo con cantinas y demás. Guzmán Rubio va entrelazando los conocimientos previos que tiene del lugar que visita —gracias a los libros o las consultas a internet— con lo que se encuentra ante sus ojos. «Yo estoy aquí para creerme todo lo que me digan», escribe Guzmán en la página 29, con ironía, ante las palabras de un guardia que custodia una de las grandes naves vacías de lo que antes fue una fábrica de Fordlandia.

El estilo de Guzmán, igual que ocurría en su obra narrativa, es irónico y rico en la búsqueda de las aparentes contradicciones de la realidad. Así leemos, por ejemplo, en la página 30: «Aquí la decadencia está cuidadosamente desparramada y el desorden es tan impecable que parece organizado, casi una composición» (pág. 30), o en la página 29: «Lo que funciona no se necesita y lo que se necesita no funciona».

"Para finalizar su crónica, realiza algún juego literario más, ya que empezó su narración con su llegada a Fordlandia y en las últimas páginas retrocederá en el tiempo para narrarnos cómo fue el viaje en barco que le permitió llegar hasta allí"

Una de las tónicas de estas crónicas es que Guzmán acompañará sus comentarios con referencias literarias (Guzmán Rubio es uno de los más grandes lectores de literatura latinoamericana que he conocido), y en este caso citará, por ejemplo, a José Eustasio Rivera, en cuya novela La vorágine habla de la explotación del caucho en la selva, o también a Euclides de Cunha. Guzmán nos contará, además, la historia sobre cómo las semillas del caucho fueron robadas por los británicos para plantarlo en Asia. Imagino que, al igual que yo, Guzmán lo leyó en Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. De un modo irónico, de nuevo, Guzmán va sembrando sus crónicas con dudas sobre su trabajo. Así en la página 31, por ejemplo, leemos: «Bajo a ver si averiguo algo, pues a esta crónica en la que no pasa nada —las cosas aquí sucedieron hace cien años— le vendría de maravilla el que descubriera una mina de oro o de diamantes».

Guzmán, para finalizar su crónica, realiza algún juego literario más, ya que empezó su narración con su llegada a Fordlandia y en las últimas páginas retrocederá en el tiempo para narrarnos cómo fue el viaje en barco que le permitió llegar hasta allí.

"De la amable crónica sobre Colonia Cecilia pasamos a Nueva Germania o la utopía racista, donde se nos hablará de un pueblo en Paraguay fundado por arios racistas que no querían mezclarse con nadie más"

La segunda crónica se titula Colonia Cecilia o la utopía anarquista (1890) y, como ya anuncié, es, en gran medida, una continuación de la anterior, porque obedece al mismo viaje al interior de Sudamérica. En esta ocasión, Guzmán se acerca a los restos de la Colonia Cecilia, en el sur de Brasil, donde un idealista italiano quiso fundar un pueblo anarquista en el que pudiera desarrollarse el amor libre. La colonia aguantó cuatro años de un modo autosuficiente, y Guzmán bromea con su idea de amor libre que, para los cánones actuales, acabó siendo bastante conservadora. De Colonia Cecilia no queda nada en pie, salvo una estatua que constituye un memorial, lo que hace que Guzmán nos diga que más que viajar a un país lo hace a una idea. Nos contará la historia de la colonia, leída en libros o en internet, y la mezclará con el presente, donde un taxista de un pueblo cercano le lleva al memorial, mientras no deja de hacer loas a Jair Bolsonaro, lo que acabará incomodando a nuestro cronista.

De la amable crónica sobre Colonia Cecilia pasamos a Nueva Germania o la utopía racista (1886), donde se nos hablará de un pueblo en Paraguay fundado por arios racistas que no querían mezclarse con nadie más. La verdad es que Nueva Germania contiene una historia tan curiosa como escalofriante; porque su fundador, Bernhard Förster, fue uno de los precursores del nazismo, y su mujer era Elizabeth Nietzsche, que no es otra que la hermana de Friedrich Nietzsche, que acabó renegando de ella. «Cómo me gustaría afirmar que viajo para concluir, o mejor todavía, para rectificar, pero es mentira: viajo para divagar», nos dirá Guzmán en la página 85. Como esta obra es eminentemente literaria, en esta misma página podemos encontrar citados a Martín Caparrós y a Hebe Uhart con, lo que más me ha gustado, una cita escondida más, ya que podemos leer: «Cómo me gustaría afirmar que viajo para ser un fusilado que vive», que parafrasea el comienzo de Operación masacre, la gran obra de no ficción de Rodolfo Walsh.

"Guzmán se adentrará en la isla Martín García, donde empieza el Río de la Plata y que fue el lugar en el que Sarmiento pensó que podría ubicarse su Argirópolisis"

La cuarta crónica es Pátzcuaro o la utopía cristiana (1539) y aquí ya Guzmán ha dejado atrás el viaje anterior y se mueve por México, su país. Nos hablará del sacerdote Vasco de Quiroga, que fundó un pueblo a la orilla de un lago en el que —durante el contexto de la conquista— los indígenas americanos pudieran vivir en paz con los españoles, y se tratará de evitar la explotación de los segundos sobre los primeros. En el pueblo, Guzmán podrá contemplar una procesión religiosa que, en principio, le recuerda al mundo de Juan Rulfo, para acabar concluyendo —lo que me ha parecido honesto y bonito— que él no tenía derecho a contemplar aquello y a reducirlo a sus paralelismos literarios: «Me avergüenzo de mí mismo, con mis evidentes referencias literarias, porque esa gente no está sacada de ningún libro; no son personajes de nada, no simbolizan nada» (pág. 105).

En Argirópolis o la utopía republicana (1850), Guzmán visitará un lugar que «nunca existió más que como estrategia política, berrinche o golpe de ingenio». Argirópolis es, en realidad, una obra política escrita por Domingo Faustino Sarmiento, que también escribió Facundo. Guzmán se adentrará en la isla Martín García, donde empieza el Río de la Plata y que fue el lugar en el que Sarmiento pensó que podría ubicarse su Argirópolis, el lugar que podría representar la unión de Argentina, Uruguay y Paraguay. Sin embargo, Martín García se acabó convirtiendo en una prisión de líderes políticos derrocados, como Juan Domingo Perón.

"Una idea interesante es que considera que la propia idea de ir a hacer una crónica sobre un viaje ya modifica el propio viaje y, por tanto, el sentido real de la crónica"

Solentiname o la utopía revolucionaria (1965) se acaba convirtiendo en una de mis crónicas favoritas de este libro. De hecho, me ha ganado desde las primeras líneas, cuando Guzmán nos cuenta que la primera vez que escuchó hablar de Solentiname fue gracias a la letra de una canción de Mano Negra. Lo mismo me ocurrió a mí. Esta crónica, en gran medida, habla del poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, que aunque Guzmán confiesa que no es un poeta de su máximo agrado, a mí sí me gusta bastante. En esta crónica, Guzmán mete más reflexiones personales que en otras, y se acaba convirtiendo en un pequeño tratado de lo que él piensa que debe ser una crónica. Una idea interesante es que considera que la propia idea de ir a hacer una crónica sobre un viaje ya modifica el propio viaje y, por tanto, el sentido real de la crónica.

Me ha gustado también que en esta crónica, en la que hablaba de la revolución sandinista y sobre su traición a manos de Daniel Ortega, Guzmán ha vertido algunas ideas sobre las revoluciones que ya le leí en su novela Será mañana, en la que se habla de la idea de revolución siempre en movimiento.

"He estado hablando con Federico y me ha comentado que quiere escribir una novela de autoficción sobre la época que refleja esta última crónica. Ojalá fructifique ese proyecto y podamos leer esa novela"

Santa Fe o la utopía neoliberal (1982) cierra el libro, y me gusta que aquí Guzmán acaba también cambiando el tono. La crónica se vuelve más relato personal, para hablarnos de un nuevo barrio de Ciudad de México en el que se instalaron las empresas para, de un modo irónico, tratar de construir una «utopía neoliberal». En este lugar, le tocó trabajar a Guzmán de joven en una editorial y el libro se vuelve más intimista al hablarnos de estos recuerdos laborales, unidos a recuerdos familiares, en los que destaca la muerte del padre a los veintidós años.

He estado hablando con Federico y me ha comentado que quiere escribir una novela de autoficción sobre la época que refleja esta última crónica. Ojalá fructifique ese proyecto y podamos leer esa novela.

En general, Sí hay tal lugar me ha parecido un libro original, que me ha hecho viajar a rincones totalmente desconocidos de Latinoamérica. Como ya conocía por su narrativa, la prosa de Guzmán Rubio es siempre ágil, elegante e ingeniosa. Esos viajes, entre referencias literarias, acaban siendo, como él mismo decía, una gran excusa para divagar sobre el mundo y la experiencia humana. Un pequeño gran libro.

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