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MG 42, de Nicolás Zambrana

MG 42, de  Nicolás Zambrana

Más que irnos por las ramas vamos a irnos por la atmósfera. Por esa capa de gas —principalmente nitrógeno y oxígeno, como aseguran las enciclopedias— que rodea a la Tierra. Los científicos la estructuran en varias franjas, según los cambios de temperatura que se produzcan con la altitud. Y la altitud es la distancia vertical entre cualquier punto de nuestro planeta en relación con el nivel del mar. Madrid está a 657 metros de altitud. Quito, a 2.850. Teherán, a 1.200 metros. Washington, la capital estadounidense, a 125. La ciudad de Gaza, a unos cinco metros, o más bien a orillas del Mediterráneo. Almatý, el mayor núcleo urbano de Kazajistán, está a una altitud media de unos novecientos metros.

La temperatura cambia bastante. Tiende a ser inestable. Precaria, incluso. Como la salud, a según qué edades, como algunos empleos, como la mayoría de los sueldos. Como la paz.

No cambian tanto las regiones de la atmósfera. Algunos lectores aplicados recordarán, de las primeras lecciones de Geografía o de Conocimiento del Medio, que, en orden ascendente, las capas de la atmósfera son la troposfera, estratosfera, mesosfera, termosfera y exosfera.

Leo que la troposfera llega hasta un límite superior situado a nueve kilómetros de altura en los polos (y unos dieciocho en el ecuador). Pero en las asignaturas adolescentes se redondeaba a diez. La estratosfera acaba en los 50 km, la mesosfera en los 80, la termosfera, más arriba, más lejos, en los casi 700 kilómetros. Se subrayaba que queda, entre capa y capa, una zona de transición. La exosfera —sigo leyendo— es la veta más externa de la atmósfera terrestre y se extiende hasta unos diez mil kilómetros de altitud, donde se fusiona con el espacio interplanetario. Los satélites artificiales meteorológicos de órbita polar trabajan por esas alturas.

Bajo de nuevo a la superficie de la tierra. Y lanzo este interrogante: ¿se puede resolver —si es que merece la pena y admite solución— cuántas palabras debe tener como máximo un microrrelato? ¿A cuántas debe llegar para ser cuento? ¿Y cuántas para considerarla novela corta?

"Me inclino más bien a pensar que las mediciones se hacen por comparación. Un lápiz se queda corto si lo pongo junto a otro que le supere nueve centímetros"

Más de uno se ha lanzado a proponer cifras, a establecer límites, como las capas de la atmósfera, como las tallas de zapatos. Que un microrrelato no sobrepasa las 250 palabras (o las doscientas, según otros agrimensores; pero algunos suben a trescientas). Los cuentos, si son cortos, están entre doscientas y mil palabras. O las dos mil, incluso. No sé. Problemas del espacio. Me inclino más bien a pensar que las mediciones se hacen por comparación. Un lápiz se queda corto si lo pongo junto a otro que le supere nueve centímetros. Comparar permite calibrar semejanzas y diferencias. Si quien presenta a un conferenciante dedica cuarenta y tres minutos a esa introducción, es una intervención larga. Estratosférica. Irrespirable.

Cuatrocientas treinta y cinco palabras necesita esta narración de Nicolás Zambrana. Contrasta con lo lacónico del título: «MG 42». Las dos mayúsculas hacen referencia a una palabra alemana: Maschinengewehr, es decir, «ametralladora», y el número a una fecha, al año 1942, cuando entró en servicio, en las fuerzas armadas nazis, en la Segunda Guerra Mundial. Tristemente. Los Aliados llamaron a ese bicharraco «la sierra mecánica de Hitler». Parece que tuvo descendencia en otro armamento.

«MG 42» rescata narrativamente —y humanamente— un momento casi anodino en la vida de unos soldados destinados en algún lugar tranquilo, hasta lejano, a donde la guerra nunca llega. El personaje central pide permiso a un superior para desmontar y limpiar una vieja ametralladora y ejecuta la operación con un esmero maquinal. O ritual. Y sospechoso. Con oscura delectación.

"¿Qué pasa? Que es mejor que no pase nada"

Esbozan la escena cuartelaria escasos personajes. El experto, metódico Araujo, disciplinado, obsesivo quizá, remansado por dentro al desacoplar el arma y volverla a su estado inicial como un verdadero entendido. Llama feminelas a los cepillitos de limpieza de armas de fuego. El sargento —lengua brava, autoritario pero tampoco tanto—, el cabo que telefonea (antiguo modelo de aparato, de pared: tal vez no existen aún los móviles y hay periódicos atrasados), varios soldados en una partida de dominó (no jugando a las damas ni al ajedrez ni con videojuegos). Y dos más de guardia, fuera, fumando en el patio, con las últimas luces y el silencio obligado de recogerse. ¿Qué pasa? Que es mejor que no pase nada.

Doctor en Derecho, abogado en firmas multinacionales de servicios legales, docente en varios campus españoles, especialista en arbitraje de inversiones, empresas y derechos humanos, Nicolás Zambrana es actualmente profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad KIMEP de Almatý, la ciudad más poblada de Kazajistán. Y cuentista despierto y personal, como revela en su colección El beso del lanzador de cuchillos y otros relatos de amor, nueve piezas en total, más un desconcertante pero inolvidable «Prefacio», que conquista al lector y marca el rumbo de las ciento sesenta siguientes páginas. Relatos como «Té verde», «Serenata» y el que abre y el que culmina ese libro merecen el sobresaliente.

Aquella definición de que «la paz es ausencia de guerra» o que la libertad viene a ser «ausencia de impedimentos» parecían completas pero excluían aspectos esenciales. Suena más entera la que asegura que «la paz es fruto de la justicia». Pero siguen poniendo escalofríos aquellas viejas armas usadas tantas veces.

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MG 42

—¿Puedo limpiar la ametralladora, mi sargento?

Cesó el sonido de las fichas de dominó y se oyó un «Joeerr» o incluso dos. El sargento se revolvió en la silla, miró a la concurrencia, miró a Araujo y se sacó de la pechera las llaves de la armería.

—Media hora, nada más, ¿eh?

—A la orden, mi sargento.

Araujo sacó la MG de la caja de madera. Se sentó en un taburete, rodeado de millones de pesetas en material, y descansó la pesada arma, suavemente, sobre su regazo. Seguía reluciente, sin una mota de polvo, bien engrasada y lista para descargar un infierno sobre un enemigo que no existía. Araujo se levantó con el arma y fue hasta una mesa donde alguien había olvidado un periódico atrasadísimo, traído desde España con el correo.

Araujo volvió a sentarse y comenzó el desmontaje: el culatín, el pistolete, la tapa del cajón de mecanismos, la teja, la palanca de montar, el muelle recuperador. Dejó la despojada carcasa junto al periódico y miró el conjunto con satisfacción, con paz. Todo, limpio. Todo, en su sitio. En la habitación de al lado, un furioso cabo ecuatoriano se desgañitaba al teléfono colgado en la pared, hablando con su pareja, que se había vuelto a Ecuador con sus dos hijos y con sus ahorros.

Araujo sacó a continuación el complicado cierre y comenzó también a desmontarlo, a imaginar con deleite cómo volvería a colocar en su lugar unas piezas que debían resistir una fricción insoportable. Se puso de nuevo en pie y tomó un cajetín con trapos, grasa y algunos cepillos y feminelas con púas de hierro, de diferentes tamaños. Comenzó entonces a dar suaves pasadas a cada trozo de metal, sin prisa, metiendo su regordete dedo meñique por cada intrincado agujero, una y otra vez. Una y otra vez.

—Venga, a recoger, que van a tocar a silencio.

Araujo se quedó quieto. Ni giró siquiera la cabeza para mirar al sargento.

—Araujo, que te meto otro rabo.

Araujo contuvo la respiración y montó la MG en un santiamén, con la mirada ida.

Lo podría haber hecho con los ojos cerrados. Luego tomó el arma con cuidado, abrazándola con mimo, el hierro casi rozándole los labios, y la depositó de vuelta en su caja, que cerró con un candado. Echó un vistazo alrededor: todo, contado y recontado; todo, bien apiladito; todo, esperando paciente una guerra que nunca llegaría, gracias a Dios.

—Gracias, mi sargento —dijo por fin Araujo, devolviéndole las llaves y dirigiéndose de regreso al patio, donde, a la luz de dos pobres focos, dos pobres soldados reían y apuraban un pitillo.

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(Relato inédito)

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