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Una camisa blanca para António Lobo Antunes

Una camisa blanca para António Lobo Antunes

No sé qué fue de aquella camisa blanca que compré en Coimbra para ir presentable a visitar a Lobo Antunes. Fue el día más caluroso de aquellos años, sin duda el más luminoso y la media hora que más sufrí por entonces esperando en la entrada sin sombra de aquel enorme portal de un edificio grandioso y como recién estrenado a que se cumpliera el momento exacto de la cita, durante esas sobremesas en las que el mundo bosteza, y más aún los cocodrilos.

Hubo que recibirme porque venía recomendado por el que había sido su primer editor en España, Jacobo Fitz-James Stuart, Jacobo Siruela para la literatura, en aquel agosto sin tregua, quizá a las cuatro y media, con una Lisboa al fondo, lejana, toda en pereza.

"Así me recibió aquel hombre de ojos azulísimos, cansado de ser António Lobo Antunes, bajo el peso de una vida demasiado vivida"

Con el cansancio de los insomnes, con la pereza de la media tarde de verano, con el gesto de esas obligaciones de compromiso. Así me recibió aquel hombre de ojos azulísimos, cansado de ser António Lobo Antunes, bajo el peso de una vida demasiado vivida, repleta, durante dos / tres años, tras la separación de su primera mujer, de encuentros sexuales más que amorosos (“las mujeres funcionaban para mí como antidepresivos”, confiesa a María Luisa Blanco en el libro, impagable e imprescindible, Conversaciones con António Lobo Antunes (Debolsillo), noches de timba (“iba a jugar al casino de Estoril todas las noches, todas las noches. Comprendo muy bien a Dostoievski”), amaneceres de niebla y traje desajustado, pacientes y más pacientes como psiquiatra, la selva armada, escribir como salvavidas y como enfermedad. Cuando le traté, la gloria llevaba años abrazándole, pero ya no le abrigaba.

Y siempre, al fondo, aquellos pequeños recuerdos infantiles de juegos y travesuras, voces apagadas y la cercanía de su abuelo paterno, también llamado António Lobo Antunes y al que siempre echó de menos, “un hombre religioso que me llevó hasta Italia para cumplir con mi primera comunión, un oficial de caballería que hizo la revolución monárquica, anduvo en prisión, fue desterrado y tuvo que comenzar de cero, de la nada”, al que no le gustaban los libros y que se había casado con una alemana de ojos azules.

"Vivía António Lobo Antunes en una soledad de aire acondicionado, en el centro de un sofá enorme de cuero y de perfil a la sombra de una biblioteca perfectamente ordenada"

Vivía António Lobo Antunes en una soledad de aire acondicionado, en el centro de un sofá enorme de cuero y de perfil a la sombra de una biblioteca perfectamente ordenada de dos pisos entre un silencio de hospital recién inaugurado y algo sepultado entre cuadros, litografías, papeles bien alineados y esa fría congoja de quien espera ser llevado al quirófano. Pero donde, ha comentado, nunca se aburría.

No fue hace tanto. En agosto de 2019. Estábamos en el norte, nadando, de siesta en siesta, por Figueira da Foz, bajamos a Coimbra y Oporto, y teníamos alquilada para días después una quinta cerca de Cascais, donde nunca llegamos porque Jacobo Siruela llamó sin margen alguno: “Mañana te recibe a las cuatro y media en su casa, apunta”. Algo así. De ahí la camisa blanca. De ahí sacar un billete urgente, la confusión del miedo de ir en tren, que resultó ser autobús; y perderlo. Las correas de la mochila, el sudor que iba empapando la camisa ya menos nueva, la confusión de las horas, preparar cuatro preguntas tópicas en unas vacaciones sin bolígrafo, la ascensión interminable por unos jardines abiertos, aquel telefonillo sólo apto para ingenieros, la angustia ante el “gigante de las letras portuguesas”, el mito de su mal carácter…

—¿No tendrá usted un cigarrillo?

Eso dijo. Y todo cambió.

"Nos ventilamos la cajetilla en hora y pico ante el silencio de cientos de autores de todas las lenguas"

Nos ventilamos la cajetilla en hora y pico ante el silencio de cientos de autores de todas las lenguas. Él, con pantalones vaqueros y una camisa blanca, pero con cuadros azules. Habló de su vida, de literatura y nada, lo que se dice nada, del libro que estaba a punto de publicar, De la naturaleza de los dioses (Random House).

La entrevista, más que nada monólogo, salió mes y medio después en el suplemento literario La Esfera de Papel de El Mundo que dirigía Antonio Lucas y de la que extraigo algunas frases o ideas: “trabajo todos los siete días de la semana, mañana y tarde”, “mi primer libro —Memoria de elefante— lo rechazaron durante tres años, yo ya tenía 36, y de repente publiqué en una editorial muy pequeña pero me llegó una carta de Nueva York de un agente que llevaba a Cabrera Infante y a Sabato, pero creí que era una broma y no contesté, así que me enviaron otra carta y ya…”, “conocí a Reynaldo Arenas, que me dijo que se iba a suicidar, y yo le dije que se matara, y se mató”.

Y seguimos fumando.

"Su entusiasmo con España, su apuesta por hermanar Portugal y España, no cesaba"

Y seguía contando historias que superaban la anterior, como que le escribió una carta a Céline y que, además, le contestó, aunque perdió la carta. También confesó la difícil relación con su padre, su trabajo como psiquiatra (muchos años después, ya jubilado, seguía yendo al hospital, donde atendía a algunos pacientes “pero ya como amigos”), el dolor sin cicatrizar de sus casi cuatro años largos en Angola como teniente médico con apenas 24 años, su trato con los soldados (“los hijos de la gente importante no iban a la guerra, por eso también creó muchas divisiones”, recuerda en Conversaciones…), la lectura imborrable de Pedro Páramo, que años más tarde comprendió, los suicidios, el asombro de uno al ver por primera vez el mar, la reunión anual que mantuvo luego con algunos de los supervivientes de aquella tragedia nacional. “Regresé a Lisboa de vacaciones una sola vez y aquí nadie hablaba de la guerra, como si no estuviera teniendo lugar. Cuando regresé definitivamente me decía que no había cambiado nada, y yo me ponía furioso porque ¡ya lo creo que había cambiado! Yo me acuerdo de partidos de fútbol en los que el balón eran cabezas humanas… Y con toda naturalidad se sustituían: Este balón ya no sirve, otra cabeza”. Sobre aquello, no hay que perderse su libro Cartas de la guerra (ni la película homónima, tan delicada, tan dolorosa, de Ivo M. Ferreira, que la adaptó, disponible hoy en Filmin).

Tan pronto elogiaba Oda a Venecia en el mar de los teatros, de Gimferrer, al que conoció (como a Marsé, a Vázquez Montalbán, a Ana María y Terenci Moix, a Javier Marías…) como recitaba versos de Rosalía de Castro (“Cuando pensó que te fuches / negra sombra que asombras…”). Su entusiasmo con España, su apuesta por hermanar Portugal y España, no cesaba (“¿no se siente usted aquí como en casa?”).

Y seguíamos fumando.

Y volvía al trabajo, al tesón. “La literatura se paga cara”. Y seguía, sin preguntarle, con el tema del Nobel (“en el Nobel me cagué siempre”), su ingreso en La Pléiade —el primer autor portugués en ser traducido por la Biblia francesa—, el reciente fichaje de Joao Felix por el Atlético de Madrid, el “no me gusta mucho Borges, fascista de mierda, ni Pessoa”. Y “claro que soy vanidoso”, “el libro nunca está acabado” o “lo que digo no es muy interesante”.

—Creía que ya no fumaba, que los médicos ya no fuman.

—Me da placer.

"Sólo se enfadó, o se molestó o no le gustó, cuando le comenté que su literatura no era fácil, que por otra parte él mismo había confesado alguna vez"

En algún momento me acordé de sus impagables textos que publicó en Babelia, después de haberlo hecho desde el ABC Cultural: puro deleite y que, no sé si todos (aunque por el tamaño se debieron añadir otros), se recopilaron en varias entregas de Libro de crónicas (Debolsillo), una gatera para adentrarse en su universo, a no ser que el lector se quiera adentrar de golpe en su piscina; si es el caso, nada como zambullirse con Exhortación a los cocodrilos, “la mejor”.

Decíamos que en Libro de crónicas el lector puede revivir, pongamos por caso, su infancia en el barrio lisboeta de Benfica. Un ejemplo, “Elogio del suburbio”: “Crecí entre el señor Paulo, que curaba con cuerdas y cañas las alas de los gorriones, y los Ferra-O-Bico, cuya tía se fugó con un gitano y leía el destino en las playas, embozada de negro como la viuda de un marinero que nunca hizo puerto”.

Sólo se enfadó, o se molestó o no le gustó, cuando le comenté que su literatura no era fácil, que por otra parte él mismo había confesado alguna vez. No contestó como Faulkner, pero casi. Jean Stein, en una jugosa entrevista para The Paris Review en 1956 (es decir, ya logrado el Nobel) le dijo:

—Hay quien dice que no entiende lo que usted escribe, ni siquiera después de leerlo dos o tres veces. ¿Qué les sugeriría?

—Que lo lean cuatro veces.

"Sí, no tenía pelos en la lengua, no se cortaba"

Vino a decir Lobo Antunes que si él se dejaba el alma en cada novela (“que escribo despacio y con dificultad”) en cada revisión, si tantas horas dedicaba, si rompió o estrujó los guiones o los paréntesis, si fue osado en los tiempos verbales, si iba o dejaba de venir en las páginas, si se enredaba, esperaba que el lector pusiera también de su parte en justa correspondencia. Sí, no tenía pelos en la lengua, no se cortaba: escribió esto sobre su país en un texto titulado Última crónica, no sé si pensando también en Saramago, a quien no tenía en alta estima: “Siento un desprecio absoluto por la mayoría de las entidades oficiales y metaoficiales de mi país, gobernantes, políticos, universitarios, asociaciones de literatos, críticos, etc. Curiosamente, encuentro en el extranjero una comprensión y una calidez inteligente que no recibo en mi propia tierra, porque las personas aprecian aquí los buenos malos escritores, es decir, los que dicen, con más o menos habilidad, lo obvio (…). No pertenezco a ningún partido, a ninguna escuela, a ningún bando: soy libre”.

Y me acompañó hasta el portal, al sol sin clemencia. Apretó bien la mano y me volvió a mirar, sin parpadear, a los ojos desde sus ojos azulísimos de su abuela alemana. No me acuerdo, la verdad, si nos fumamos en la calle el último cigarrillo antes de despedirnos o si ya no quedaba ni uno. La camisa era otra.

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