Pedro Corral (San Sebastián, 1963) nos conduce al número 13 de la madrileña calle Costanilla de los Ángeles, entre Ópera y Santo Domingo, y muestra a Zenda la fachada de un edificio infestado por la viruela de la Guerra Civil, repleta de cicatrices de disparos hechos con armas de diferente calibre. Al periodista, escritor e investigador de nuestro último holocausto cainita le atrae la búsqueda de restos: “Como suele decir mi mujer, tengo un detector en la nariz”. Acaba de publicar Cómicos en guerra (La Esfera, 2026), un ensayo fluido, documentadísimo y exento de sectarismo en el que convergen, entre muchos otros, García Lorca y Muñoz Seca, los antepasados de “Los Payasos de la Tele” o un tramoyista que le coló un bulo al periódico que dirigía Chaves Nogales. “La realidad de la guerra que he descubierto en otros ámbitos”, nos dice, “en el del espectáculo, fue llevada al paroxismo”. Sobre ella conversamos en el Café Varela.
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—Señor Corral, ¿por qué le interesa tanto la Guerra Civil?
—En mi casa, mi padre tenía una gran biblioteca de la Guerra Civil. Cuando yo tenía siete años, descubrí un libro que se llamaba España en llamas. Incluía textos seleccionados de los protagonistas de la Guerra Civil y fotografías. Claro, a esa edad, lo único que captaba eran las fotografías, y me quedaba embobado, asombrado. Años más tarde, descubrí las huellas físicas en los escenarios de la Guerra Civil. Me atrajo muchísimo la búsqueda de restos. Como suele decir mi mujer, tengo un detector en la nariz. Precisamente, buscando documentación para hacer una visita a Teruel, me encontré con una historia que aparecía en una nota al pie de un libro de Salas Larrazábal, Historia del Ejército Popular de la República. Se hablaba del fusilamiento de cuarenta y seis soldados de una brigada republicana. Eran los que habían tomado Teruel veinte días antes. Me llamó la atención ese episodio, y empecé a entrar en los archivos, entrevisté a una serie de veteranos…
—Y lo volcó en su primer libro.
—Eso es, en Si me quieres escribir. Luego publiqué Desertores, sobre el fenómeno de la deserción. Un fenómeno que aquí teníamos borrado: los dos bandos se habían encargado de borrarlo a través de su propaganda. Todo era entusiasmo, adhesión inquebrantable, en las dos causas. Sin embargo, la realidad de la guerra dibujaba otra cuestión: la falta de compromiso, la falta de belicismo y de cainismo de la gran mayoría de los españoles, que fueron arrastrados a la fuerza a un conflicto civil.
—Aquella guerra, ¿la perdimos todos?
—La Guerra Civil la perdimos todos, pero unos más que otros. Evidentemente, hay un bando perdedor que sufre represión, cárcel, exilio, ejecuciones…, y, durante cuarenta años, buena parte de esas personas siguieron exiliadas hasta la llegada de la democracia. Pero una guerra civil la pierde todo un país: es un desastre colectivo en el que todos pierden. Por ejemplo, ¿qué le dices a la viuda del fiscal general Valentín Gamazo, que perdió a su marido y a tres hijos? Dudo que se pueda considerar a esa mujer de un bando vencedor después de haber perdido a su marido y a sus tres hijos, asesinados en una sola mañana.
—Entre muchos otros, la perdieron Muñoz Seca y García Lorca.
—No eligieron bando: lo eligieron sus verdugos por ellos. ¿Muñoz Seca, franquista? ¡Si lo detienen en julio del 36, Franco todavía no es nadie! Bueno, sí, un señor que se ha sublevado, pero no será Jefe del Estado hasta octubre del 36. Lo mismo sucede con Lorca.
—Escribe sobre Muñoz Seca: “Ni desde el mundo de la política ni del de la cultura se hizo nada para interceder por el dramaturgo, salvo una excepción”.
—Eso es: Joaquín Dicenta hijo, Joaquín Dicenta Alonso, el autor de Nobleza baturra, pide autorización a la Federación de Espectáculos de la UGT y a la SGAE para interceder por Muñoz Seca. Ambos le dicen que lo haga por su cuenta, como una cosa personal. Dicenta se va a entrevistar con Miguel Muñoz Martínez, el director general de Seguridad. Lo tiene atestiguado en dos declaraciones. Muñoz Martínez le contesta que está más seguro en la cárcel. Precisamente, de la cárcel va a salir con una orden oficial, como de libertad, para ser asesinado en Paracuellos.
—Con el conocimiento de Largo Caballero.
—Completamente. El Gobierno sabía lo que estaba sucediendo. Además, lo triste es que Muñoz Seca es del 28 de noviembre; las sacas empezaron el 7; se detienen el 9 con el bueno de Melchor Rodríguez, pero a este le cesan por orden del ministro de Justicia, Juan García Oliver. El propio Melchor Rodríguez cuenta que García Oliver le dice: “¿Por qué has parado las sacas?”. Entonces, Melchor Rodríguez pone su cargo a disposición y dice: “No quiero seguir como inspector de prisiones”. Le van a nombrar nuevamente el 4 de diciembre, pero ya han sucedido otras sacas desde el 18 de noviembre hasta el 3 de diciembre. O sea, que sí: el Gobierno tenía conocimiento.
—Cuénteme sobre el batallón que pretendía recuperar el cadáver de García Lorca y tomar Granada.
—Ceferino Rodríguez Avecilla era un autor del Sindicato de Autores y Compositores que creó Dicenta. Dicenta lo creó para dar carné de UGT a autores que, por ser de derechas, se sentían amenazados en el Madrid revolucionario. Ceferino Avecilla, que es uno de los que se apropia de la SGAE, forma un batallón con ese propósito: participar en la posible liberación de Granada y recuperar los restos de García Lorca. Todo quedó en nada. Incluso algún crítico izquierdista firmó algún comentario muy ácido riéndose de estos derechistas que, en el fondo, no creían en su propósito.
—¿Cuánto caló en el mundo del espectáculo el cainismo general?
—La realidad de la guerra que he descubierto en otros ámbitos, en este, fue llevada al paroxismo. El libro es bastante teatral. ¿Qué papeles había? El que está comprometido a fondo con una causa, el oportunista que se pone la chaqueta que sabe que se tiene que poner en ese momento para luego quitársela, el indiferente, y, entre todos ellos, la lucha por la supervivencia. Es la raíz y la razón principal de muchos comportamientos. Inclusive de los que fueron victimarios, que lo fueron por el miedo a que ellos fueran víctimas.
—Sostiene que el del espectáculo era un mundo conservador.
—Al contrario de lo que podríamos pensar hoy, el mundo del espectáculo era tenido por conservador, burgués, reaccionario. Lo dicen los críticos izquierdistas en la prensa frentepopulista: “Tenemos que limpiar el mundo del teatro, que está lleno de facciosos y de carcas”. El propio Joaquín Dicenta, en su informe para los miembros de la SGAE, dice: “Nosotros, como escritores, y en virtud de la propiedad intelectual, éramos propietarios. Estábamos muy mal vistos por la clase obrera. Nos veía como enemigos”. Eso es impresionante. Hay que acercarse a la realidad de la guerra con esa perspectiva. ¿Que luego hay dramaturgos izquierdistas? Sí. Ahí están Alejandro Casona con Nuestra Natacha, que es una obra republicanísima; el teatro de propaganda de María Teresa León, Rafael Alberti, Santiago Ontañón o Germán Bleiberg…, pero, realmente, el mundo del espectáculo venía de una concepción, como dirían los revolucionarios, burguesa del mundo: el entretenimiento, el ocio, los sainetes…
— Más allá de la ideología, ¿hubo en este sector asesinatos por envidias, ajustes de cuentas…?
—Sí. Hay un caso muy señalado, además, por compañeros del chequista que se toma la venganza, que es el de José Campúa, un pionero del reporterismo gráfico, español en la Guerra de África, director y fundador de Mundo Gráfico, una de las grandes revistas ilustradas de los años veinte y treinta. Un actor argentino, Francisco Carolo, le pidió a Campúa, antes de la guerra, un favor para una artista amiga suya. Campúa no accedió. Entonces, según un compañero chequista de Carolo, este fue a por José Campúa por venganza, por no haberle hecho ese favor.
—También hubo quienes se jugaron el cuello para proteger a personas de la otra cuerda. Carlos Oca del Valle, por ejemplo.
—Un personaje que me encanta. La Junta de Espectáculos que llevaba la gestión de todos los teatros incautados de Madrid le da a Oca del Valle la gerencia no sólo de la Comedia, sino también del Ideal. Llega un momento en que un autor dice: “Era de todos sabido que en la Comedia había muchos actores derechistas, si no todos”. Oca del Valle había convertido el teatro incautado en un refugio de actores derechistas: para que pudieran comer, para que se sintieran protegidos y tal. Este Oca del Valle tiene una singularidad: un testimonio de descargo de Rafaela Aparicio. Rafaela Aparicio era una joven actriz derechista, todo el mundo sabía que era de derechas, y fue contratada por Oca del Valle para trabajar en la Comedia y poder subsistir. Ella, en un momento difícil, durante la represión de la posguerra, levantó un testimonio de descargo de un acusado de rojo, de incautador de un teatro, de haber participado en no sé qué salvajadas…
—Las acusaciones eran falsas.
—Nada era cierto, y ella firma una declaración jurada, valientemente, diciendo: “Oca del Valle me contrató sabiendo que yo era de derechas, es un tío excepcional”, etcétera. A pesar de haber sido un hombre bueno, a Oca del Valle le cayeron algunos años de cárcel. Luego pudo seguir su vida en el teatro con su propia compañía después de la guerra.
—Ha mencionado a Rafaela Aparicio. Hay muchos artistas que, a la tropa de mi generación, nos resultan totalmente ajenos, pero otros nos suenan: Valentín Tormos, la propia Rafaela Aparicio, los antepasados de “Los payasos de la tele”…
—Forman parte de nuestra vida. Tengo la sensación de haber sido director de teatro con este libro. Les he hecho pasar al escenario y que me contaran su vida en la guerra. ¿Qué les he pedido, figuradamente? Que me contaran las cosas con rigor. Que todo lo que cuenten esté documentado y probado por otros testimonios. Hay gente conocida, desconocida, tramoyistas, maquilladores, coristas… Al final, tengo en el escenario un retablo humano de la Guerra Civil que se desborda.
—Hablando de tramoyistas, cuénteme sobre el tramoyista José Lorente.
—¿A quién se le ocurre que el personaje del “Romance del fusilado” de Vicente Aleixandre en El mono azul, cuyo nombre aparece en el romance, José Lorente Granero, pueda esconder una historia absolutamente distinta a la que cuenta el romance, y a la que contó él en el diario Ahora?
—Diario dirigido por Chaves Nogales.
—Me doy cuenta de por qué Chaves Nogales sale de aquí: ya tiene un aviso del PCE. Molero le acusa de haber atacado la “imagen sagrada” del Partido Comunista. La cuestión es que Lorente Granero, y el periodista que le entrevista, José Quílez Vicente…
—Fabrican un bulo.
—Le he dejado todos los elementos al lector para que decida, pero vamos: ser capturado, ser mal fusilado, cuando le da el tiro de gracia el teniente Castillo…, que ya te digo que no había ningún teniente Castillo en el bando nacional en el Alto del León ese día, porque sólo había dos tenientes Castillo: uno al que le habían hecho preso en Málaga por sublevarse, juzgado y condenado en Málaga por el Frente Popular, y el teniente Castillo que es asesinado el día anterior al asesinato de Calvo Sotelo, por el que luego van a buscar a Calvo Sotelo. No había más tenientes Castillo en el anuario militar en 1936. No había ningún batallón 18 de ametralladoras. Eran cuatro y no tenían esa numeración. Dice que llovía el día que le fusilan; el 26 de julio no llovió en Madrid, hacía un tiempo veraniego…, pero ahí está. La historia está tan bien inventada…
—Menudo marrón para Aleixandre.
—Lo hizo para quedar bien con el Frente Popular, pese a que fueron milicianos del Frente Popular quienes fueron a su casa a matarlo, como él mismo cuenta. Es un poema, digamos, de ocasión…
—Volvemos a la supervivencia.
—En efecto. Por cierto, luego Franco premia a Lorente Granero. El 18 de julio se conmemoraba la Fiesta Nacional del Trabajo y le dio un premio por ser un gran tramoyista. Me recordó mucho a la historia de Gila. Tiene unas discordancias con la realidad muy brutales.
—Dos para acabar. ¿Flota en el aire polvo de aquel lodo?
—Alguien querría que fuera así. Ha habido una utilización política de la Guerra Civil absolutamente nefasta; diría que hasta miserable. Es una absoluta falta de respeto a los que sufrieron la Guerra Civil y, después de tantos años, acordaron mirar hacia adelante para que las nuevas generaciones no tuvieran que sufrir las consecuencias de aquel desgarro. Es un oportunismo miserable, no sé qué quieren sacar en limpio del polvo, del lodo, de la ciénaga, de una ciénaga sangrienta. Esa compasión hacia todas las víctimas, esa mirada de “paz, piedad, perdón”, se ha olvidado. El gran acuerdo de la Transición fue no utilizar la Guerra Civil como arma política. Y hubo un señor que decidió lo contrario.
—¿El consultor que compareció en el Senado?
—El comisionista confeso. Es tristísimo. ¿Temas de reparación y desagravio? Todos los que quieran. Soy el primero en defenderlos. La exhumación de las fosas debió hacerse mucho antes.
—Y ese polvo, ¿cómo se puede limpiar? Si es que se puede limpiar…
—Poniendo otra vez el acento en lo que hicieron los propios protagonistas de la Guerra Civil, recuperando el testimonio de todos ellos, que son casi unánimes en señalar que aquello fue una barbaridad, que de aquello no se ganó nada, fue el desastre para todos.






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