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La espera

Sentada bajo el roble —ese testigo mudo que ha visto pasar generaciones de miedos— observo cómo el mundo se desmorona. Los vientos de tempestad siguen soplando. Ya no se trata de la guerra abstracta de las pantallas de cristal, ese espectáculo lejano que consumimos con la cena; ahora la amenaza tiene peso, tiene olor. Es algo que camina hacia nosotros. Viendo la tercera temporada de Todas las criaturas grandes y pequeñas aprendo que el anuncio de una guerra mundial sólo tiene la trascendencia del paréntesis que ocupa entre el parto de una vaca y el diagnóstico de la tuberculosis bovina.

"Las series de época continúan recordándonos que incluso en vísperas de una catástrofe global la gente tiene que seguir ordeñando, cocinando, enamorándose y pagando facturas"

Las series de época continúan recordándonos que incluso en vísperas de una catástrofe global la gente tiene que seguir ordeñando, cocinando, enamorándose y pagando facturas. Quizá por eso cuesta tanto asumir la magnitud del momento: porque la historia no avisa, simplemente se cuela entre las grietas de lo cotidiano, hasta que un día, sin previo aviso, ya lo ha cambiado todo. Hasta que el escenario de la contienda no se adueña de la realidad es algo que pesa, que condiciona, pero la tragedia no es tan inminente como se espera. La vida cotidiana es la última trinchera. La catástrofe no avisa con trompetas; se desliza por las grietas de lo ordinario hasta que, de pronto, el paisaje que conocíamos ha dejado de existir. O quizá eso era en las guerras de otros tiempos.

Dicen que un misil nuclear ruso tardaría cinco minutos en convertirnos en ceniza. Cinco minutos. Es un tiempo ridículo, apenas lo que tarda en hervir el agua para hacer café. Ante esa velocidad, la preocupación se vuelve un lujo inútil. Ya lo cantaba Doris Day en El hombre que sabía demasiado, «Qué Será, Será».

"Estamos conectados por los nervios de una dependencia mutua que nos hace frágiles. Si uno sangra, todos nos desangramos"

Como a mí el drama sólo me gusta en los libros o encima de un escenario, prefiero pensar que todo esto se va a quedar en una segunda Guerra Fría, aunque más interdependiente y menos ideológica. No estamos ante los bloques de hierro de la vieja Guerra Fría, con sus rituales diplomáticos y sus fronteras de alambre de espino. Esta es una guerra difusa, una contienda de fantasmas que viaja por cables submarinos y algoritmos invisibles. Es más inquietante porque es íntima: el enemigo no es solo un tanque, sino un carguero que bloquea un estrecho, un código que decide qué debemos pensar o un dron que pierde el rumbo. Estamos conectados por los nervios de una dependencia mutua que nos hace frágiles. Si uno sangra, todos nos desangramos.

Por eso quizá nos aferramos a la idea de que esto es “como antes”, aunque sepamos que no lo es.

Tal vez esta nueva contienda —más difusa, más interconectada, más absurda— no llegue a convertirse en el incendio global que algunos temen. Tal vez se quede en ruido, en postureo geopolítico, en una competición de egos y recursos que nunca termine de estallar. O tal vez no. Pero como decía Doris Day, y como repito mentalmente cada vez que abro las noticias, whatever will be, will be.

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