Inicio > Libros > Adelantos editoriales > Big Swiss, de Jen Beagin
Big Swiss, de Jen Beagin

Esta novela habla del deseo como trampa y refugio, y lo hace a través de la historia de una mujer que se gana la vida transcribiendo las sesiones de terapia sexual de otros. Un día, mientras escucha las confesiones de una mujer, siente que algo se remueve en su interior.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Big Swiss (Lince), de Jen Beagin.

***

1

Greta la llamaba Big Swiss porque era alta y de Suiza, y a menudo vestía de blanco de pies a cabeza, el color de la rendición. Su pelo rubio era tan fino como el vilano de un diente de león y parecía que fuera a salir volando de su cabeza si soplaba una fuerte brisa. Tenía un hueco entre los dos dientes delanteros, pero sin el gracioso encanto que solía acompañarlo, y sus ojos azul pálido eran penetrantes, como los de la líder de una secta. Llamaba la atención allá donde iba, incluso la de los niños y los perros. Su belleza era como la misma Suiza, impresionante pero estéril, y su estoicismo teutónico hacía que los que la rodeaban parecieran libertinos emocionales o, usando un término más psiquiátrico, putos casos perdidos.

Pero todo esto eran puras especulaciones por parte de Greta, que nunca había conocido en persona a Big Swiss y probablemente nunca lo haría. Tampoco había viajado nunca a Suiza. Había visto fotos y no parecía un lugar real. Big Swiss, sin embargo, era muy real. Greta la conocía por sus iniciales (FEW), su fecha de nacimiento (23-05-90), su identificador de cliente (233) y su voz, grave, potente y un poco triste. Tal vez porque Big Swiss era muy inexpresiva o porque Greta no podía verle la cara, su voz evocaba un montón de tonterías. Como los pezones de un perro. Como agujas de pino mojadas. Como la propia Greta, escondida en un armario, rodeada de abrigos de visón. Por lo demás, tenía una cualidad táctil distintiva que Greta aprobaba. Era una voz con la que podías engancharte el jersey, o quizás astillarte un diente, pero también era lo bastante dulce como para chuparla, para dormir con ella en la boca.

En ese momento, Big Swiss estaba hablando de su aura, lo que habría sido insoportable en cualquier otra voz. Al parecer, según Big Swiss, las auras no solo varían de color, sino también de tamaño, y la suya era «del tamaño de una barcaza». Entraba en las habitaciones antes que ella y, o te quitabas de en medio, o te acribillaba; tú elegías. Big Swiss también sufría. Su aura le impedía estar más de veinte minutos en una habitación con techo bajo, y ni en un millón de años habría podido vivir en un sótano. Se sentía incómoda con cualquier cosa que se le acercara a la cara, incluidas las caras de los demás. Dormía sin almohada. No le gustaban los paraguas. Por otra parte, no podía comer nada que no estuviera bañado en salsa picante o algún otro condimento intenso, como el Gentleman’s Relish, que contenía pasta de anchoas. Le ponía sal a todo, incluso a las naranjas. Le costaba estar en su cuerpo, por eso le gustaba estar a la intemperie y siempre estaba quemada por el sol, despeinada por el viento o mojada por la lluvia.

«Tu aura me está provocando una herida en la cabeza», habría dicho Greta si hubieran estado en la misma habitación. «Estoy aferrada al costado de la barcaza, sangrando por el cuero cabelludo».

Pero Greta y Big Swiss no estaban en la misma habitación, ni siquiera en el mismo edificio. Greta estaba a kilómetros de distancia, sentada ante el escritorio de su propia casa, llevando solo auriculares, guantes sin dedos, un kimono y calentadores. Su trabajo consistía en transcribir la voz incorpórea, grabar sus palabras exactas, junto con las de la persona con la que hablaba Big Swiss, un coach sexual y de parejas que se hacía llamar, sin un ápice de ironía, Om. Su verdadero (y perfectamente decente) nombre era Bruce, y Big Swiss era una de sus muchas clientas. Casi todo el mundo en Hudson, Nueva York, donde vivía Greta, había contado sus penas en el sofá de este hombre. Estaba escribiendo un libro, por supuesto, y había contratado a Greta para transcribir sus sesiones. Hasta el momento, Greta había realizado unas tres docenas de transcripciones, por las que él le pagaba veinticinco dólares la hora.

En su anterior trabajo, Greta clasificaba y contaba pastillas, las metía en frascos y, cuando el paciente recogía la medicación, le hablaba de sus zurullos. «Soy técnica farmacéutica», decía Greta suavemente. «No una enfermera». Cambiaban de tema. Antes de que ella pudiera detenerlos, soltaban algo como esto: «Mi marido me pegó durante treinta años. He sufrido varias conmociones cerebrales y no tengo hijos que me cuiden. ¿Podría darme esta receta de Rivotril ahora mismo y hacerme un descuento?». En casos como este, Greta había recurrido a menudo al farmacéutico, un alcohólico amargado llamado Hopper. «Soy técnico farmacéutico, no psiquiatra», susurraba. «Y la receta de esta señora es para una sola vez. Ocúpate tú de ella». Hopper era relativamente joven (cincuenta y dos años), sufría de hipertensión y problemas renales, y tenía compuestos químicos tatuados en los antebrazos. No las típicas tonterías cursis, como la estructura química del amor, ni tampoco dopamina o serotonina. Prefería los tatuajes de moléculas de drogas (cafeína, nicotina, THC) y no servía para nada si las tres no estaban en su torrente sanguíneo al mismo tiempo, además del alcohol.

[…]

—————————————

Autor: Jen Beagin. Título: Big Swiss. Traducción: Marta Sevilla. Editorial: Lince. Venta: Todos tus libros.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios