Que al estreno de Torrente, presidente hemos ido por las risas es algo que a algunos todavía se les escapa. Sin excusas, sin elitismos. Porque, al final, la sexta parte de la serie del director Santiago Segura va de revalidar el humor guarro ausente de las grandes pantallas durante demasiado tiempo, tanto como de parodiar partidos políticos. Cuando toca meterse con alguien lo hace con cariño, incluso en sus peores vendavales de ironía, y los hay en abundancia (Segura compromete hasta a sus hijas en alguno de los cameos destacados de la cinta). Pero uno no sale del cine hastiado y nervioso por la parodia sangrante, por el dedo en el ojo al vecino (o nosotros mismos), sino con la impresión de haberse liberado de algo.
Torrente, presidente vuelve a certificar a Santiago Segura no solo como un cinéfilo avezado, capaz de introducir homenajes a Ciudadano Kane o al cine del destape en su sátira política española, sino como un artista conectado a la realidad, a sus nuevas y distintas formas de manifestarse en ese espejo del alma que son los medios de comunicación. Nos referimos a la ola de cameos procedentes de los platós televisivos, y también YouTube, redes sociales, música y otras esferas de la cultura popular. Expresidentes, colaboradoras del corazón y estrellas del cine norteamericano se dan cita en un todo aparentemente anárquico. Porque en un film que al fin y al cabo va de democracia, en un espectáculo que ha sido capaz de erigirse en plebiscito sobre el cansancio de la población por los recientes líderes de la piel de toro, todo el mundo (y todo el público) ha de tener cabida. Y esa misma impresión es la que los espectadores, incluso aquellos que habitualmente no van al cine, se han llevado de su campaña promocional.
¿Es la mejor secuela desde Torrente2?
La película pasa por ser la mejor secuela de la saga desde Torrente 2. Porque la oscurísima y profunda Torrente: El brazo tonto de la ley es insuperable, y también lo era su reverso espectacular ambientado en Marbella, de la que Segura repite algún que otro gag memorable. A partir de ahí, como en todas las sagas, todo es discutido y discutible, pero Torrente, presidente supone una dosis de energía incuestionable en la serie. Puede que el film avance precipitadamente en sus primeros compases (a partir de la memorable secuencia del debate televisivo se recupera), pero Segura se libra aquí de los mimbres de la parodia fílmica para recoger toda conversación de barra de bar imaginable de la última década. La puesta en escena no es refinada, pero de alguna manera todo encaja con el mundo en el que habita su protagonista. La película es entretenidísima.
El regreso del humor “guarro” y la sátira política
Y su motor, su energía, se deposita entera en algo tan español como la ambición de Torrente, en su voluntad de convertirse en la única voz del partido, convirtiéndose en una suerte de El precio del poder versión caspa antes de una última media hora de conspiración, persecución y cameos nostálgicos de antiguos ayudantes de la saga. Pero, como si de una versión españolaza se tratase de comedias como UHF o Permanezca en sintonía, es en sus ochenteros montajes televisivos, aquellos en los que Torrente se pasea por el aquelarre de los platós de tertulia, donde Segura se gana al público.
El resultado es un film capaz de erigirse en fenómeno social, y por eso mismo de reivindicar la capacidad de las películas para funcionar en escudo y espejo de nuestros males. Para demostrarlo, los títulos de crédito tras hora y media de moco, pedo y paja, donde la variada mezcla de personajes (políticos, presentadores, actores, amigos, músicos, youtubers, humoristas, colaboradores) se funden en un morphing a lo “Black or White” de Michael Jackson, demostrando que, como en aquel célebre videoclip, todos vivimos bajo el mismo cielo.



Hay una paradoja fascinante en «Torrente, presidente» que Juan Manuel González intuye sin llegar a decir del todo. El personaje más caspa, más soez, más inculto del cine español se convierte, casi sin querer, en el instrumento más afilado para desnudar la realidad política de España. Y no porque Torrente entienda nada de lo que ocurre a su alrededor, sino precisamente por eso, porque su mirada torpe y primaria termina siendo un espejo sin filtros de lo que todos vemos, pero muy pocos nos atrevemos a decir tan a las bravas. En mi opinión, ahí reside la clave de la película y también su principal acierto.
La genialidad de Santiago Segura no está solo en el humor guarro o en los cameos, sino en haber entendido que la mejor manera de hablar de ciertas cosas es hacerlo sin disfraces, sin la corrección que paraliza, sin el miedo a parecer grosero cuando lo grosero está ahí fuera gobernando tertulias y presupuestos. Torrente no es un político, es el subconsciente del votante español, esa voz que dice en voz baja lo que luego se convierte en papeleta. Y en esa torsión, en la manera de llevar lo incómodo a la pantalla sin pedir perdón, hay una lucidez que muy a menudo falta en discursos mucho más elaborados.
Además, tal como lo entiendo yo, está lo otro, la capacidad de la película para funcionar como fenómeno social más allá del cine. La secuencia de los títulos de crédito, con ese fundido que une a políticos, periodistas, youtubers y actores, no es solo un guiño ochentero bien traído, es la constatación de que todos, los que mandan y los que miran, los que salen en televisión y los que se ríen desde el sofá, formamos parte intrínseca del mismo espectáculo, la misma farsa,el mismo país.
Un día de estos iré a verla, no me la quiero perder. Y ojalá Santiago Segura, a quien admiro por haber construido un personaje que ya es parte de nuestra memoria colectiva, siga dando guerra durante muchos años más.
Torrente no tiene ideología, es un sinvergüenza, chabacano, repulsivo, etc., etc… La banderita, el escudo del Atleti y lo demás es folklore. Vendería a su madre sin ningún problema. Para mí, tiene un punto de honradez, y es que no se enmascara, le dan igual las apariencias, no va de lo que no es ni quiere venderte nada. Es esperpento, picaresca y gag de Martes y 13.
Santiago Segura ha hecho algo imperdonable en España: tener éxito comercial, y sin pasar el mensaje obligatorio.
John, me gusta cómo matiza. Tiene razón en lo esencial al decir que Torrente no es un ideólogo (¡por supuestísimo que no lo es!), es un sinvergüenza sin máscara, un esperpento que debe más a Martes y 13 que a ninguna doctrina, estoy de acuerdo. Ese punto de honradez que usted señala, el de no fingir lo que no se es, es tal vez lo único limpio que tiene el personaje.
Dicho esto, creo que ahí reside también la inteligencia de Santiago Segura, que es mucha y muy fina. Porque entender que el público está harto de discursos, de corrección, de mensajes obligatorios, y ofrecerle a cambio un espejo deformante donde reconocerse sin culpa, eso no lo hace cualquiera. Tener éxito comercial en España sin pasar por el aro de lo que se espera, sin pedir perdón, sin justificarse, es casi un milagro. Y nos guste o no, él lo ha conseguido seis veces.
Lo del “mensaje obligatorio” que usted menciona me parece la clave. Porque quizá el verdadero mensaje de Torrente sea precisamente ese, que no hace falta tener mensaje. Que a veces lo más subversivo es no querer vender nada, solo hacer reír. Y en un país donde todo parece tener que significar algo, eso, paradójicamente, termina significando mucho.
La sociedad española tiene, como todas, una (gran) parte de su población que no ha tenido acceso a según qué lecturas o sencillamente no las busca, pero creo que ver este tipo de cine, el que conecta con el barro y la caspa y la vida sin filtros, también es necesario. No para alimentar ningún tópico, sino para entender de verdad el pulso de la calle, ese que a veces se nos escapa cuando solo miramos desde la distancia de la alta cultura. Torrente, con toda su grosería, también cuenta algo de lo que somos como sociedad. Y reconocerse en ese espejo, aunque sea deformante, creo que tampoco está mal de vez en cuando.
Ya lo creo, Amanda. Es sanador mirarnos en el espejo del esperpento.