Es uno de los animales salvajes que inspira sentimientos más intensos y enfrentados: fascinación, rechazo, miedo, odio… Protagonista de mitos, relatos y leyendas que forman parte del acervo cultural y del imaginario colectivo desde hace milenios. Tan semejante y distinto de esas criaturas que hace unos 15.000 años se aproximaron al calor de las fogatas y lamieron las manos que les daban de comer. Distantes y esquivos pero presentes en los espacios naturales, aunque confinados en zonas agrestes y despobladas. Objeto de tensiones entre cazadores, ganaderos y conservacionistas, que el Estado intenta regular mediante cupos de caza y compensaciones económicas. Con ilustraciones a todo color y una visión panorámica y poliédrica, Mario Trigo dibuja un retrato del lobo ibérico y su relación con los humanos en el cómic La espera (Garbuix books, 2026), a partir de una experiencia que le marcó. Lo expresa en el subtítulo: «Algunas cosas que aprendí sobre la paciencia, la memoria, la naturaleza y ser padre, mientras intentaba ver un lobo en las montañas de León».
Como muchos de su generación (nació en 1980, en Torrelavega, Cantabria), Trigo fue desde niño un entusiasta seguidor de los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente, fallecido en marzo de ese mismo año en un accidente de helicóptero en Alaska. Cuando surgió la posibilidad de hacer un reportaje sobre avistamiento de lobos en Riaño, en los Picos de Europa, para la revista de viajes Altaïr, de la que era a la sazón redactor jefe, no se lo pensó dos veces. En septiembre de 2015 emprendió la expedición junto al naturalista Marc Alonso, la técnica en medio ambiente María Bueno e Iñaki Reyero, cofundador de Wild Watching, agencia de turismo centrada en la observación y fotografía de animales salvajes. Un largo viaje de 800 kilómetros.
No tardaron en ver a un gato montés en acción, pero los lobos se hacían desear. Al final, tras cuatro jornadas extenuantes, tenía que montar guardia al alba, y al crepúsculo recibieron la esperada recompensa a su paciencia y constancia. A través de potentes prismáticos y catalejos, a unos 800 metros de distancia, pudieron contemplar a una familia al completo en torno al tronco caído de un haya, los padres descansando y los lobeznos y lobatos jugando a su alrededor. «Sentí una emoción que todavía hoy, después de escribir La espera estoy intentando descifrar», confiesa Trigo. «La satisfacción de percibir que imágenes de mi fantasía, de tantas historias que había disfrutado se hacían realidad. El placer de ver con qué elegancia los lobos se funden con su hábitat natural». Para otros amantes de estos animales verlos en la naturaleza supone una especie de epifanía. «Como llegar a una meta», «como enamorarse», afirman algunos testimonios recogidos en el libro.
Las primeras páginas describen las características biológicas del lobo, un animal cuyo diseño, fuertes patas y amplia zancada, lo hace infatigable caminante. Cuando se ve el rastro de un lobo en la nieve parece que ha pasado solo uno, pero es una impresión engañosa, pues avanzan en fila india y todos apoyan la pata en las huellas dejadas por el individuo que abre la marcha, una inteligente estrategia de ahorro energético similar a la que utilizan las aves migratorias al volar en formación de punta de flecha. Trillo ahonda en otros rasgos de esta especie, que se estructura en familias dirigidas por la pareja reproductora, pero de una forma más fluida de lo que antes se pensaba. A diferencia de los osos, que se desentienden de los oseznos e incluso llegan a matarlos, ante la férrea resistencia de sus madres, los lobos machos son unos padrazos que participan en la crianza y cuidan de la hembra cuando esta los amamanta. Al llegar a la madurez, algunos individuos abandonan la manada para crear una propia, objetivo nada fácil. Son los llamados dispersantes.
Más allá de la biología y etología, Trigo se adentra en un terreno movedizo y en claroscuros, la proyección del lobo en la mente humana: mitos, leyendas y relatos. Las sociedades de cazadores y recolectores los respetaban por su fuerza y resistencia, pero desde los primeros pastores fueron vistos como enemigos peligrosos que había que perseguir y eliminar. De ese rechazo surgió la visión del lobo feroz, identificado por la Iglesia con los instintos más oscuros del ser humano. Tradiciones y cuentos infantiles como la Caperucita de los hermanos Grimm perpetúan esa imagen en versiones orales y escritas, pero también ofrecen una visión positiva, como la de Kipling en El libro de la selva, o los épicos relatos de Jack London. Y no hay que olvidar la inquietante figura del hombre lobo, el licántropo, la fusión más loca de dos especies que nunca se llevaron muy bien bajo el influjo de la luna. Sería imposible enumerar aquí los múltiples ecos del aullido del lobo que resuenan en nuestra cultura, desde historias reales e imaginarias a apellidos como López y Lope o expresiones del lenguaje: negro como boca de lobo, sonrisa lobuna, menos lobos… Aunque vivamos cada vez más alejados de lo natural, su influjo no se ha desvanecido. ¿En cuántas películas y series contemporáneas aparece su figura solitaria como símbolo premonitorio de un acontecimiento liberador o funesto?
En los años sesenta y setenta, en Europa y España llegó a un momento crítico, al borde de la extinción. Aunque su carne no es deseable y solo se consume en caso de extrema necesidad, siempre fue cazado por sus pieles, por motivos rituales, por proteger al ganado o por eliminar su competencia como consumado depredador. La situación pudo revertirse a tiempo gracias a la presión de científicos y divulgadores como Rodríguez de la Fuente. Hoy su población en el norte de la península se ha estabilizado, pero no se puede garantizar su porvenir. El grado de protección en ciertas zonas se ha reducido, igual que el presupuesto destinado a compensar a los ganaderos afectados. En una entrevista, Trillo comentaba que «un sector de la sociedad ha reaccionado contra el lobo de la misma forma que contra el feminismo». Esta involución explica sus cabezas decapitadas exhibidas en ciertos espacios. La maldición del chivo expiatorio.
El cómic de Trillo no trata solo del lobo. Como anuncia el título, abarca un ámbito más amplio de contenido filosófico, el sentido de esperar algo, bien sea un hijo, un ser querido, cualquier acontecimiento que se desea o se teme. «Quien carece del sentido de la espera es un esclavo, un obediente, un desmemoriado», según el ensayista Ramón Andrés. Aprovechando la proximidad geográfica, incluye un capítulo aparte, El agua y su silencio, dedicado a contar la dramática historia del pueblo de Riaño, inundado en 1983 junto a otros de la comarca pese a la oposición de gran parte de sus habitantes, que sufrieron una larga agonía, pues la presa ya estaba prevista desde principios del siglo XX y fue aplazándose. Una herida que sigue abierta.
Solo el 4% de los mamíferos que existen hoy en la Tierra, medidos en términos de biomasa, son salvajes. El 36% somos humanos y el 60% es ganado. Estas cifras, aportadas en el epílogo por la doctora en filosofía Marta Tafalla, dan idea de la necesidad de luchar para que ese mínimo porcentaje no se reduzca todavía más. La espera es una avanzadilla, un estandarte en esa lucha. Una forma amena de descubrir los misterios del hermano lobo y aprender a valorar su existencia como pieza esencial del equilibro ecológico. Un recordatorio de la necesidad de que nos sigan acompañando en esa incierta caminata que es el futuro, aunque lo haga guardando las distancias. Como lo ha hecho siempre. Como si de alguna forma intuyera, con su refinado instinto de superviviente, que los humanos no somos muy buenos compañeros de viaje.
—————————————
Autor: Mario Trigo. Título: La espera. Editorial: Garbuix Book. Venta: Todostuslibros.






Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: