Es una suerte que continúe habiendo en España personas preocupadas por la promoción de nuestros clásicos entre los lectores más jóvenes. Igual que Cruz Delgado y José Romagosa acercaron a los niños la figura de don Quijote de la Mancha a través de una serie de dibujos animados (TVE, 1979), e igual también que Paco Ibáñez consiguió que muchos jóvenes fueran por la vida tarareando poemas de Quevedo, Lorca y Machado, Rosa Navarro Durán lleva años introduciendo en nuestras aulas a los personajes más icónicos de la literatura universal. Ha adaptado más de cuarenta clásicos al lenguaje de los niños, gozando su trabajo de tanta fama entre los chavales que algunos creen que ella es la auténtica autora de la Eneida, la Celestina e incluso Romeo y Julieta. Pero Navarro Durán no se limita a enseñar a los más pequeños, también lo hace con los más grandes. Profesora emérita de la Universidad de Barcelona y especialista en el Siglo de Oro, ahora publica un libro, El festín de la palabra (Ariel), en el que muestra el origen de los dichos, locuciones y frases hechas que usamos en nuestras conversaciones sin saber que proceden de los libros fundacionales de la literatura española, es decir, de los escritos entre los siglos XII y XVII.
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—Todos hemos usado alguna vez expresiones como “no te creas todo lo que oigas”, “quien mucho escucha su daño oye”, “más vale sola que mal acompañada”, “nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar”… Lo deseable sería que conociéramos el origen de todas ellas (Disciplina Clericalis, Libro del caballero Zifar, Tirant lo Blanch, Coplas a la muerte de su padre…), pero me temo que no es así.
—Este libro es un intento de llevar los clásicos a todo el mundo. Y lo hago seleccionando unos “bocaditos” de literatura con capacidad para abrir el apetito de los lectores. Además, pretendo demostrar que los clásicos nos siguen diciendo cosas muy válidas en la actualidad. Lógicamente, la elección no ha sido fácil. Ha sido como ese chiste del hombre que trabaja en una empresa de judías separando las buenas de las malas y que le dice a un amigo que es agotador tener que tomar una decisión cada segundo. Pues yo igual: he tenido que escoger entre muchas obras de gran calidad, y al final me he inclinado por los “bocados” que proporcionan sabores reconocibles, familiares, al alcance de cualquiera con un poco de cultura. Todo el mundo conoce, al menos de oídas, La vida es sueño, el Quijote o El perro del hortelano. Aunque es cierto que he añadido algunos títulos menos conocidos, como el Libro del caballero Zifar o El Abencerraje.
—Hay algún “bocado” por el que te inclinas especialmente…
—Me gusta mucho la historia de la avecilla que aparece en la Disciplina clericalis, de Pedro Alfonso. En ese relato un hombre atrapa un pájaro que, a cambio de ser liberado, le regala tres consejos: “no te creas todo lo que se te diga”, “lo que es tuyo consérvalo siempre” y “no te lamentes por lo que hayas perdido”. Pero después el pájaro se burla del hombre haciéndole creer que escondía una amatista en las entrañas y que habría sido más inteligente matarla y destriparla. El hombre se echa a llorar y el ave a reír. Porque, lógicamente, lo de la amatista era mentira, como ya anunciaba el primero de los consejos que le dio: “No te creas todo lo que se te diga”. Siempre llevo esa historia en la mente, porque te enseña que no debes lamentarte de lo que has perdido.
—¿Percibes la presencia de los clásicos en el vocabulario de la sociedad contemporánea?
—Ahora mismo no. Creo que nuestra humanidad está siendo cercenada. De hecho, cuando camino por la calle y veo a toda esa gente con la nariz pegada a la pantalla pienso en Caronte o los contempladores, diálogo de Luciano de Samósata en el que se nos dice que hay unos hilos que penden del cielo y que nos mueven como marionetas. Ahora pasa exactamente eso: las pantallas nos dictan qué debemos hacer. Por suerte, las enseñanzas que nos dan los clásicos siguen estando ahí, aun cuando sea en una forma a veces distorsionada. La frase “más vale sola que mal acompañada”, por ejemplo, suele ser repetida en su versión masculina, pero en la obra de Joanot Martorell aparece en boca de una mujer. Es una sentencia que aparece en autores anteriores, pero a mí me interesa especialmente en su forma femenina.
—Existe esa idea de que los españoles de hace cincuenta años hablaban mejor. Pero yo siempre he dudado de esa afirmación…
—Efectivamente, es una afirmación falsa. Pero lo que sí que es cierto es que en España no se fomenta la oralidad. En otros países se fomenta entre los niños, pero aquí no se hace, y cuando los chavales llegan a la universidad tienen auténtico pánico a hablar en público. Eso es terrible para el lenguaje. Si no se ejercita la palabra, luego se habla peor.
—Pues los españoles tenemos fama de hablar por los codos. Mejor dicho: de chillar por los codos.
—Cierto, pero no en lugares solemnes, como por ejemplo la universidad. Tenemos fama de habladores, pero no en el ámbito público. Lo espontáneo se corta en lo profesional o institucional. Y si no hay práctica, el discurso se vuelve coloquial, entrecortado, ineficaz. Los padres deberían hablar más con sus hijos, propiciar un ambiente en el que se atrevan a expresarse. Recuerdo que hace años yo podía frenar los discursos altaneros de mis interlocutores masculinos elevando mi registro de habla. Cuando ellos percibían mi dominio del lenguaje, cambiaban inmediatamente de tono. Es vital dominar el habla. De hecho, en muchos países latinoamericanos se nota que fomentan la oralidad; sus gentes hablan con una fluidez envidiable…
—En sus Confesiones, San Agustín recordaba que en la escuela odió el griego porque trataron de imponérselo a base de castigos y azotes, mientras que amó el latín porque nadie le obligó a aprenderlo. ¿Debemos imponer los clásicos a nuestros niños?
—Mis adaptaciones nacieron precisamente de ese afán por acercar los grandes clásicos de la literatura universal a los niños y adolescentes. He sido muy feliz en mi profesión, y ahora mi obsesión es abrir los tesoros de nuestra literatura a todo el mundo. Recuerdo una vez en que un niño de siete u ocho años me preguntó qué golpe había dolido más al Lazarillo. Le dije que el garrotazo del clérigo debió de ser muy doloroso y él me replicó que el jarrazo tenía pinta de doler más. Me emocioné. Para ese niño, el Lazarillo era alguien tan real como lo es para mí. En otra ocasión, expliqué a los alumnos de un colegio que había escrito una adaptación del Quijote porque Cervantes se me había aparecido en sueños diciéndome que estaba muy triste porque los niños no podían leerlo, y un niño filósofo se me acercó y me preguntó si intuía por qué me había elegido Cervantes a mí. No supe qué responderle, y todavía hoy llevo la pregunta en mi corazón.
—¿Qué consejos darías para conseguir que los niños se habitúen a la lectura?
—Es curioso que me hagas esa pregunta, porque últimamente los niños no me piden consejos para aficionarse a la lectura, sino para escribir. Hay una epidemia de escritores, pero no de lectores. Y claro, ¿cómo se va a escribir si no se ha leído antes? Si no tienes libros dentro, no podrás escribir nada de valor. Aun así, reconozco que leer no es fácil. Recuerdo que, cuando era joven, estaba de moda aprender a fumar y, como me gustaba mucho Humphrey Bogart, tomé a Lauren Bacall como modelo vital. Empecé a imitarla fumando como ella, pero lo dejé enseguida porque aquello era horrible. Era un vicio que requería un esfuerzo inicial, igual que ocurre con la lectura. Yo siempre doy el mismo consejo: empieza un libro que te hayan recomendado, y si no logras acabarlo no te preocupes; coge otro, y otro, y otro, hasta que encuentres uno que te enganche.
—También hay una epidemia de influencers fardando de la cantidad de libros que leen. ¿Eres de las que piensa que lo importante es leer, independientemente de la calidad de lo que lees?
—Competir por el número de libros es absurdo. Uno no disfruta más por leer cincuenta títulos que por leer dos. Lo que importa es habitar el libro, reflexionar sobre él, aprender de los personajes… siempre que la obra sea buena. Si te aficionas a libros mediocres, no aprenderás nada. Cuando empiezo una obra y detecto que las comparaciones no tienen sentido, o que está mal escrita, la dejo y busco algo mejor. Además, toda lectura deja un poso y llena el mundo de referentes. Cuando dos lectores van por el campo y ven un caballo viejo, ambos piensan en Rocinante. Ese mundo de referencias compartidas une a la gente. Por eso son tan importantes los clubes de lectura, que propician la conversación en torno a algunos libros. Una vez fui a un colegio en el extrarradio de Terrassa donde los niños celebraban «tertulias dialógicas»: habían leído mi adaptación de la Eneida y, tras hacer un círculo, intercambiaban las ideas que les había suscitado. Esos niños siempre estarán unidos.
—Insistes mucho en que los españoles no sabemos realmente quiénes son ni el Quijote, ni la Celestina, ni el Lazarillo.
—Es que hablamos de ellos sin haberlos leído. Del Lazarillo prefiero no hablar, porque me puedo pasar toda la tarde desmontando los tópicos que se repiten erróneamente sobre él. Con el Quijote pasa algo distinto: tenemos una idea muy superficial de él. Basta decir que mucha gente mira las esculturas que hay por toda La Mancha y piensa que lleva un cuenco en la cabeza. Sin embargo, los niños a los que yo les acerco los clásicos saben perfectamente que llevaba una bacía, una bacía de barbero. No es tan difícil enterarse de la verdad; solo hace falta el esfuerzo de leer.
—Estoy obligado a preguntarte por La vida de Lazarillo de Tormes. Siempre se había dicho que era una obra de autor anónimo, pero tú demostraste que había sido escrita por Alfonso de Valdés. Supongo que esa afirmación cayó como una bomba en el mundo académico…
—No solo propuse un autor, sino que cambié por completo el sentido de la obra y su datación. Y todavía hoy me llueven críticas por todas partes. Pero ojo, no hay que pensar que me atacan por el hecho de ser yo una mujer; si fuera un hombre las reacciones habrían sido las mismas. Ahora ya no temo a los “tiburones” del mundo académico; he asumido que soy una “filóloga de alto riesgo” y que debo defender la verdad. La felicidad que me han dado los veintitantos años que llevo investigando el auténtico sentido de La vida de Lazarillo de Tormes compensa con creces cualquier insulto o cualquier intento de desacreditar mi teoría. Como dice el emperador en una comedia de Calderón: “No importa que no lo crean, yo sé que es verdad”.





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