Una editorial preguntaba: ¿quién te acompaña mientras escribes?
No ha de ser casualidad que la misma editorial publique, o vaya a hacerlo, un libro sobre la marabunta, en forma y número, de notas que nos acompañan en nuestros procesos creativos.
Por supuesto, la pregunta de arriba llevaba ya aparejadas respuestas de autores. Cortitas, nada de desafiar a la retentiva. Adecuadas. No sé si ciertas. En caso de serlo, los envidio. Ese orden, ese mundo con sentido, que sabe vestirse y puede que hasta desvestirse. Lo que es yo, aún ando perdido en lo de las cordoneras.
Allá donde vaya soy una orgía de polillas. Notas en cuadernos Inktraveler, Moleskine, servilletas, cuadernos adicionales comprados en cualquier chino, en la farsa de poder separar las temáticas, letras con permanente en mi piel, notas en el móvil, anotaciones mentales. Y siempre bolis. Cuatro, por lo menos. No sea que las ideas superen a la tinta. Me da pavor verme en mitad de un lugar y no tener un espacio en el que anotar. Esas palabras, al azar, que en muchos casos no construirán ni serán, son estromatolitos de quienes me acompañan mientras escribo.
En una terraza, en mi ciudad, en la que me dije que esa mujer era definitivamente para mí, o yo para ella, escucho a señoras mayores, cordobesas, que encarnan lo más cordobés, escandalizarse y comentar sobre las cosas que ocurren a dos mundos de distancia. Y me pregunto qué nos pasó. Por qué la brava mujer que conocí terminó convertida en rueda. Cómo es que estas señoras de las que no sé nada parecen más primavera, más vida, que aquella que se repite bajito en las radiales negras de mis venas. Esas en las que el pulso ya no cambia, porque el corazón olvidó latir.
En el cuarto me aguardaba una copia de Cuaderno de la dama de otoño. Yo escribí el mío propio, antes de saber de la existencia de este. Al encontrar este, claro, me lo leí con fruición, desesperado. En esas páginas no había nada para mí, del mismo modo que no habría de aparecer en ese dormitorio que fue compartido la persona que ya no existe.
Sentado en la entrada del convento, posé mi mano sobre el suelo de la —no— capilla. No es un suelo cualquiera. Desde ese ángulo, una primavera lejana, la admiré capturar la vida secreta de las hormigas en un musgo que se abrazaba al empedrado del claustro. Mi mano, digo, se esfuerza por unirnos. Y yo que la interrogo, le busco las cicatrices nuevas, le miro las líneas, y pregunto cosas porque, al no tener boca, no hay modo de que me decepcione. Y sin embargo ahora… ahora lo hace, cuando se reencuentra con la superficie fría y pulida, con tonos de perro mil leches. Mi mano, de quien espero que obre el milagro, y así verla a ella pasar en carne y hueso frente a mí, tan luminosa, tan bicho. Esta jodida mano no es mas que una vulgar extremidad. Y no sirve ni de símbolo.
En la Corredera una niña chica se me acerca persiguiendo una paloma. Su mundo es la paloma, no hay nada por encima de su propia frente. De pronto se para y me mira. La cosa es rápida. Los tatuajes, la barba, parece que le impactan, luego me mira a los ojos y sonríe. Yo ya le estaba sonriendo. Ahora que el mundo parece seguro, encuentra otra paloma y continúa con ese juego que durará menos de lo que ella piensa. La madre sonríe también y se disculpa. Quisiera ser yo quien se disculpara, por sobreponer a mi bebé en su criatura viva y hermosa. Pero solo aparto la mirada, y dejo una lágrima, que se pierde por canaletas que nadie encuentra.
Miro el cielo bajo el que vivimos y reímos los dos. Bajo el que tanto me hizo sufrir. Me llega el olor del agua que mana por los canales subterráneos. Aquí nació Séneca, por aquí pasó la Via Augusta —no creo que fuera la Aurea, pero a estas alturas ya me vale bien poco—. Y solo falta ella. Pero ella es todo lo que le falta a este lugar. Suelo decir que me falta A. Es una mentira. Una mentira para aquellos que pregunten, que creen que de todo se sale, entiendan. O al menos no me miren como a una pobre alma condenada, como a un crío chico que no ha entendido que de la vida siempre nos estamos despidiendo. Es una respuesta para cuando me pregunten por qué vuelvo. Para que no sepan que soy un espectro cuyo cuerpo aún no lo asimila.
Yo de la vida ya me despedí. Lo que me queda es el arte del fingir, que tan bien se me da, y ojalá que no fuera así. Podría fracasar y asumir el resultado del derrumbe absoluto, sin cobijos detrás de nombres, de poses y aires que respiro sin quererlo realmente.
Los brazos quieren adoptar todo el tiempo una postura que desconozco. Pero obedecen a un flujo más hondo que aquellos que conozco, como salido del fondo. Yo debiera estar sosteniendo un bebé. No un manojo de penas. No debería ser el que recuerda flores que ahora se marchitan entre escombros. Unas flores que dicen que las palomas que las vuelan vivirán menos y no serán tan quejumbrosas. Y me doy vergüenza de mí mismo. Pero es que este amanecer cordobés resulta ser y decir tan poco sin quien lo hizo nuestro.
Me despierto de madrugada. ¿Puede una persona soltera adoptar en España? Le pregunto a Google. Sí, al parecer. Enseguida borro la búsqueda. Adoptar qué. La vida que quise vino de un cuerpo concreto, de un espíritu concreto. Escaso bien le haría a otra vida por esperar que llenara los espacios que ella dejó desvestidos y en permanente sombra. Con un acto violento sin nombre, que solo da que escalofríos.
Ya no afirmo. No tengo seguridad. No sé de posiciones que defender. El sol aquel que vino a mi vida se volvió ácido hialurónico, vanidad herida, miedo a las arrugas, silicona, rencor, andamios de papel, falsedad. Fallo en su más puro estado. Y yo, como un niño chico que descubre que los Reyes Magos son los padres, dejo escurrirse toda mi fe, porque esos ojos que fueron literatura ahora son pestañas falsas, porque ese pecho bravo que no necesitó nunca de ídolos ni figuras ahora se cuelga símbolos geométricos viejos. Y me sigue llenando de decepciones. Aun después de acabar con nuestro bebé.
Los hombres, dice, son cuerpos que llegan a nuestras vidas para hacerles un escrito y luego partir. No parafraseo. Me da pereza. Me da desprecio. La estupidez nunca me resultó amiga, la decepción tampoco. Cuando se aúnan en quienes tuvieron mi respeto… suspiro. Esta clase de sentimiento no puede llegar a mis trabajos; es una de las muchos lenguas oscuras que impongo a blocs níveos que jamás releeré, o que se anquilosan en la memoria, y que nunca desecho. Porque, he de ser honesto, nunca olvido. Me siento, en cambio, afortunado de poder perdonar. De lo contrario creo que llovería fuego. Que buen ejemplo de manual soy de que perdón y olvido habitan barrios diferentes. Tan puto distintos.
El pudor, su ausencia, es otra cosa que me acompaña al escribir. Dejo eso para quienes no escriban, lo dejo para esos cuyo oficio les implique y signifique daño de un modo distinto. La vergüenza, el pudor, no son lo mío. Son incluso un obstáculo. Sin embargo, al ser tan cosa humana, humana moderna, es válido señalar su falta durante mi proceso.
Tengo un síndrome. Una especie de Tourette retenido a la red más honda de mi mente, que no se manifiesta de cara al exterior salvo que le dé permiso. Me acompaña, me entristece, me cansa, me agota. Veo patrones de cosas que solo significan para dos. Son escaras que despiertan recuerdos y pensamientos que no me hacen bien. Los detecto como una tiñosa la carroña en la carretera. 6352, de combinación fácil, (9, mi número, 7 el de ella) es la matrícula que me lleva de regreso desde Córdoba. De regreso a dónde puede ser un detalle clave, que falta aquí. Esto es si hubiera un dónde. Pero ya no lo hay. En algún momento, como para tantos, en mi familia hubo nómadas, o gitanos. Parece que revierto a esa fase. Aunque no por voluntad propia. No sé si me he vuelto culo de mal asiento. Creo que más bien no quiero asiento ninguno. Y como una anguila capaz de respirar algo de tiempo fuera del agua, me sacudo de forma ameboide, hasta que me paralice, sofoque, y por fin deje este deambular de criatura que no entiende de los rotos, que no se hace a ellos. Y que, por tanto, en base a Darwin, su tocha, la promiscuidad de los genes y el empeño de la vida por ser molesto antojo que es, me destinan a material defectuoso para engendrar un bebé que ya murió. Tal vez en la matrícula del autobús se encierre la explicación a por qué mis gustos, mi tolerancia al maltrato e incluso mis receptores de feromonas me predispusieron, y lo seguirán haciendo, a una pareja que por genética, ambiente o ambos es ajena a la entrega necesaria para traer vida. Ajena a la disculpa, al cuidado, a la entrega con que se entregan los pingüinos de por vida.
Me ven reír. Los de fuera. Como dije en otra ocasión, he cambiado las lágrimas por risas. Ahorran muchas explicaciones. Demasiadas personas, que no tienen tendencia a los piropos me dicen que estoy muy guapo. No guapo, que ya requeriría una importante graduación visual. Sino muy guapo, que llama directamente al tratamiento neuroquímico. Respondo que la melancolía siempre me sentó bien, y cuando me visto de muerte y tragedia me sale una pátina que debe ser irresistible de follar. Pero es todo una trampa. No hay nada detrás de ese supuesto atractivo. La pena, la melancolía, los silencios y los tatuajes son defectos. Y lo cierto es que uno ya no habita la esfera en la que la belleza valga un carajo.
Perderse en las nieves, en las noches. Vagar, lo poco que pudiera, en lo alto de un pico. Quizás perdonarme en un momento, como un rayo púrpura, que dure tan poco que no entendamos que existe. Esto antes de sucumbir de hipotermia, o pisar una cama de polvo de nieve. Polvo de nieve que oculte, como la tinta de mi piel, que debajo no se extiende ya nada.
Volví y un bello gato negro me recibió como si le trajera oxigeno. No se me despega. Me da un amor que no da a nadie más. La criatura apenas sí me conoce de hace unos meses. Esto, es inevitable, me lleva a preguntarme por mis críos. Por mi Vin, mi Ari. Ellos, a los que he criado. Ellos, que son tan parte de mí. ¿Qué es de ellos? ¿Cómo hacerles saber que no me verán más?
¿Que quién me acompaña mientras escribo? Me acompañan dedos largos y gélidos, que me traen de todo menos lo que quiero. A los que no importa lo que necesito. De quienes me libro pegándolos al teclado. Aunque sea en vano, porque son ácaros, son lo único fértil que surgió de ese vientre al que dejé arrebatarme cualquier asomo de primavera. Mi piel es la suya, y la suya tan plástica ha vuelto la mía una triste moldura de parafina.
Vivo anclado a un oficio que no es la verdad, ni su búsqueda. Soy un artesano de la duda, y la memoria mi única herramienta. Escribo rodeado de todo lo que me trae duelo, y no sé ya el modo de librarme de ello.


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