Inicio > Blogs > Circunvoluciones > Soy un ser analógico

Soy un ser analógico

Soy un ser analógico

Nací así. Después la vida me impuso la digitalización. Yo soy de los que iba al banco, donde hacía cola e intercambiaba chascarrillos. Cuando me tocaba, un empleado al que conocía por su nombre me entregaba dinero. También me facilitaba información. “Ojo, que la semana que viene te vence tal cosa”. O “tenemos ahora unos créditos muy buenos”. Yo se lo agradecía —“muchas gracias”— y me iba. Entonces era costumbre dar las gracias, los buenos días y hasta la hora si hacía falta. El fulano y un servidor, que no éramos amiguetes, echábamos una caña de vez en cuando y una cana al aire aún más de vez en cuando.

"Entonces llegó la digitalización. Desde aquel instante cargo con un zapatófono que, si sirve para todo, no vale para nada"

También soy de los que ocasionalmente se pasaban por una tienda de fotos. “A ver si andas con ojo con el foco”, me avisaba el de la tienda cuando volvía a recoger los positivos. En aquella tienda vendían película virgen, álbumes para positivos, cámaras, accesorios y un sinfín de cacharrería. De joven me encantaba fotografiar. En Edimburgo llegué a tener un laboratorio precario en el pasillo; lo montaba y lo recogía cada vez que lo usaba, pero el tufo del revelador era imposible de recoger. El apartamento olía a rayos y mi madre botaba pestes en gallego. “Ai, rapás, mira que eres zalapastrán, botafumeiro, caracalla, cómo cheira toda a casa con as tuas farfalladas”. También aprendí a hacer cine y llegué a manejar con soltura una moviolilla checa de segunda mano; databa de los años sesenta y había viajado en barco desde Odesa camuflada en el equipaje de mi padre. Un trasto de hierro —genuina tecnología soviética— para película de ocho milímetros y que chirriaba como un grajo al mover las bobinas.

Entonces llegó la digitalización. Desde aquel instante cargo con un zapatófono que, si sirve para todo, no vale para nada. Una maldición; yo, que me sabía de memoria las cabinas del pueblo, así como los pubs desde los que hablar mejor. “Una cabina es algo más que un teléfono”, aseguraba la Compañía Telefónica en España en los ochenta, cuando una cabina te podía salvar la vida.

Esto de ahora no es mejor. Ventajas tiene, a qué negarlo, pero el mundo analógico te concedía tiempo, y eso se ha terminado. Una pena, cuando anda todo lleno de bombas atómicas y chiflados al mando. Ahora es más necesario que nunca pensar cinco minutos.

—¡Eh! ¿Qué vas a hacer? ¡Piensa!

El tiempo es la materia prima del pensamiento.

"Para entonces ya sólo seré verdura de las eras: los seres analógicos somos una especie a extinguir"

Viene esto a cuento de que se me ha fastidiado la impresora. La puñetera se niega a conectar con su hermano el ordeñador y me siento perdido. Desesperado, porque habitualmente tecleo del tirón y después corrijo sobre el papel, que es mi tabla de salvación. Pero desde hace unas semanas no es posible y me temo que esta vez tampoco va a poder ser, así que, analógico y todo, una vez más me toca corregir sobre la dichosa pantalla. Espero, pues, que sepan perdonar los errores. Por un lado, erratas, fruto de mi torpeza. Por otro, faltas de ortografía y retorcidos errores de estilo, hijos de mi impericia. Pero sólo es un adelanto de lo que se avecina, así que vayan preparándose: dentro de nada hará falta un título de ingeniero de telecomunicaciones para salir de casa.

Para entonces ya sólo seré verdura de las eras: los seres analógicos somos una especie a extinguir.

Y yo, Unkas: el último de los mohicanos.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios