Esta edición reúne parte de la narrativa breve de Virginia Woolf a lo largo de treinta y dos años, desde sus primeros escritos hasta aquellos que darían lugar a su célebre novela La señora Dalloway. Además, el volumen cuenta con un prólogo de Antonio Muñoz Molina.
En Zenda reproducimos el arranque de uno de los relatos presentes en La marca en la pared (Nórdica).
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LAS AVENTURAS AGRÍCOLAS DE UN COCKNEY
(1892)
En este número comenzaremos una historia titulada «Las aventuras agrícolas de un cockney», escrito por la señorita Adeline Virginia Stephen y el señorito Julian Thoby Stephen.
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CAPÍTULO PRIMERO
Soy cockney de nacimiento, al igual que mi mujer, pero cuando nos casamos decidimos comprar una pequeña granja en Buckinghamshire y cultivarla nosotros mismos. Fue un paso muy imprudente, ya que no sabíamos nada de agricultura, pero estábamos recién casados y nos sentíamos fuertes y esperanzados. El día siguiente a nuestra llegada a la granja mi mujer me envió a ordeñar la vaca. Después de media hora de duro trabajo me las había arreglado para conseguir llenar media pulgada del fondo de la jarra que había llevado conmigo para tal propósito. Volví a casa pensando que eso era todo lo que daba una vaca normalmente. Harriet se rio de mí con bastante malicia. Volví a salir y tras darle media corona a un granjero le persuadí para que ordeñase la vaca. Después tomamos el desayuno y Harriet había hervido dos huevos que estaban tan duros como ladrillos y el mío era un huevo de nido pero tuve que comérmelo porque no había nada más, aunque me arrepentí más tarde de haberlo hecho. Soporté después una bronca de Harriet durante media hora por haber carbonizado la tostada. Más tarde fui a echar un vistazo a las vacas y me di cuenta de que se me había olvidado darles comida y agua así que volví a casa y saqué la tostada quemada que ya estaba untada con mantequilla y mermelada y se la di a la vaca pero se negó a comerla. Fui al pueblo a investigar y pregunté a unos jóvenes campesinos que lo único que me dijeron fue: «No sabe lo que come su madre». Sin dignarme contestar continué hasta la estafeta de correos donde obtuve la información que necesitaba.
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CAPÍTULO SEGUNDO
A la mañana siguiente me encontré a la vaca en un estado de inmovilidad absoluta y mientras estaba en la carretera de camino al veterinario tuvo un ataque y se negó a moverse. (Muchos chicos, por cierto, se rieron de mí por llevar a la vaca por la calle principal). Poco después del ataque la vaca abandonó la vida y la dejé en mitad de la carretera y fui al pueblo a pedir a un carretero que la retirase pero se me olvidó y fui citado al día siguiente por la Consejería de Sanidad y me multaron con diez chelines. Harriet me echó una bronca tremenda y al final me marché de casa molesto por su incesante parloteo. Proseguí mi camino hacia el río cuando vi un toro (o eso creía) con la cola erguida, los orificios nasales dilatados y ojos fieros viniendo directamente hacia mí. Corrí hacia delante pero me caí al río. Entonces, como despertándome de mis miedos, vi que solo era un ternero, que estaba mucho más asustado que yo, corriendo hacia el río para beber. Hui a casa y subí a mi habitación por la parte trasera y me cambié de ropa. Estuve allí hasta la hora de cenar ya que no deseaba que Harriet me viera y se riese de mí por tener miedo de una vaca.
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CAPÍTULO TERCERO
El día siguiente era domingo y salvo por el hecho de que Harriet no me dirigió ninguna palabra desagradable en todo el día no me ocurrió nada que merezca la pena recordar. El lunes fui a ver una exhibición de perros porque creía que a ningún granjero debería faltarle un buen perro guardián. Ya que había escuchado que se celebraba una exhibición en un pueblo cercano me subí en un viejo, frágil y jadeante burro e hice el camino lo mejor que pude. Creo que fue una extraordinaria hazaña ecuestre porque solo me caí cuatro veces. Cuando llegué a la exhibición me disgustó comprobar que esperaban que pagase seis peniques para entrar. Tenía lo justo para pagar los seis peniques y el precio del perro. Compré uno que el dueño me aseguró era un collie de pura raza. De camino a casa paré donde un amigo para cenar y para enseñarle mi perro porque se suponía que tenía muy buen ojo para los canes. Tras explicarle que me habían dicho que era un collie de pura raza puso una cara muy expresiva de contención, burla y pena y la única palabra que pronunció fue: «¡Estafa!». Estaba profundamente disgustado y tuve que aceptar cuanto antes que me habían engañado vendiéndome un perro callejero, pues eso es lo que era. Decidí no contarle nada a Harriet de mi fracaso y decirle que era un collie de pura raza porque sabía que ella no podría distinguir un perro callejero de un collie. Cuando llegué a casa me fui directo al salón con el perro a mi lado, que se subió al regazo de mi mujer inmediatamente, le puso las pezuñas delanteras en los hombros y le lamió toda la cara. A ella el perro le disgustó desde el principio y se negó a tenerlo en casa. No estaba muy contento pero le dije que podía dormir en mi habitación si él quería ya que eso no la molestaría. Se puso bastante a la defensiva y dejó claro que no se haría responsable si mi habitación se convertía en una pocilga.
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Autora: Virginia Woolf. Título: La marca en la pared. Traducción: Magdalena Palmer y Ainize Salaberri. Editorial: Nórdica. Venta: Todos tus libros.


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