Imagen de portada: ‘Landscape with Factory Chimney’, de Vasily Kandinsky (1910).
En la Escuela de Imaginadores nos gusta resistir. Sabemos que los tiempos van en la dirección contraria, que vivimos en la era del estímulo inmediato y de la escasa capacidad de atención. Pero la literatura es otra cosa. No podemos ceder a todo, y por eso seguimos apostando por los formatos largos, por la lectura sosegada incluso frente a las pantallas. Necesitamos tomarnos un tiempo para poder encontrarnos y justo este es el tema del relato que traemos hoy a Zenda.
El imaginador Joaquín Mosquera (Madrid, 1979) es doctor en Arquitectura por la UPM, obtuvo la Beca de la Fundación Caja Madrid para investigar en la Universidad de Columbia (Nueva York), y en la actualidad es profesor titular en la Universidad Francisco de Vitoria y socio fundador de idearch estudio. Su otra vocación es la escritura. Con el relato «Chimeneas que se enredan en cabezas grises» nos muestra algunos meandros oscuros de las realidades urbanas, y aborda lo laberíntico del trauma y la memoria.
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Chimeneas que se enredan en cabezas grises
Entre asfalto, rugidos de vehículos que pasan veloces a su lado y bocinas que resuenan a lo lejos, el olor a alquitrán se eleva para inocularse en sus vías nasales. El hombre de la camiseta negra anda despacio, le cuesta mover los pies, y no tanto porque esté débil, que lo está, sino porque en realidad parece no tener dónde ir. Mira molesto. A los lados. Arriba. Quizás sea el polvo, o el óxido de nitrógeno que se escapa de los tubos de escape. Entonces una colilla sale volando de algún coche, y rebota en el suelo, ligera, mientras suelta una todavía centelleante ceniza, que pasa por debajo de otro coche. Se pierde, debajo, detrás.
Aquella tarde lloviznaba, de manera constante, difuminando el fondo de la ciudad en la neblina. Era un lugar extrañamente refinado, elegante incluso, pensó al entrar, con paredes aterciopeladas en rojo carmín y tachuelas doradas, casi más digno de una película como Casablanca que de un barrio suburbial como aquel. Pero necesitaba una copa, después de un día de andar sin rumbo, y sin horario, en una de esas derivas urbanas, como le gustaba llamar en su círculo de fotógrafos, algo que le había generado cierta fama en su última exposición en la galería Marlborough. Sonaba, de fondo, la canción Un Rayo de Luz, del grupo McEnroe, con esa voz profunda y aquel tono melancólico y lento que caracterizaba al cantante… Estaba sentada en la barra, sola. Desde el principio le pareció atractiva, con una belleza y una seguridad de esas que a él le hacían sentir incómodo en algunas mujeres, incluso inferior, como si estuvieran a kilómetros de distancia, y el mero hecho de que le hablaran le tuviera que suponer un motivo de agradecimiento, casi de sumisión. Por eso le extrañó que se acercara, quizás porque era el único que había en el bar, pensó, además de ella, claro, y el camarero que, aburrido, no dejaba de mirar el móvil al fondo de la barra, esperando, sin esperar, a que alguien le llamara.
—Me recuerdas a alguien —le dijo.
—Ah, ¿sí? —le había contestado él sorprendido.
—Hay algo en ti, no sé decirte, será cómo te sientas, o bebes, o esa mirada evasiva, yo qué sé.
Sin saber si todo era parte de una gran broma, o si había encontrado de verdad algo en él, un murmullo salió de su boca, en forma de palabras que incluso ni la chica puede que entendiera.
—Eres tan cute —continuó ella entonces. Le pasó la mano por el pelo, introduciendo los dedos, como un peine, retirándoselo de la frente hacia atrás—. No te dejaré escapar —le susurró al oído, con palabras suaves mezcladas con el ritmo lento de la música.
Y sin saber que ya desde tiempo atrás estaba perdido, pensó que se perdería con ella donde dijera, hasta las profundidades del infierno si se lo ordenara, donde ese rayo de luz que ya no sonaría en los altavoces sería incapaz de penetrar.
—Una vez conocí a un hombre como tú, perdido entre estas calles olvidadas. Tenía la cara pálida, y unos profundos ojos negros, como planetas que flotan ingrávidos, perdidos en una galaxia que oculta mundos enteros en su interior. Recuerdo que movía nervioso las manos, sin parar, haciendo figuritas extrañas con papeles, o servilletas, que luego te ibas encontrando por cualquier sitio, encima de una barandilla, o un banco cualquiera.
A la vez que se fijaba en su cámara, apoyada sobre la barra, le dijo que a veces se lo encontraba, andando por cualquier sitio perdido, después de días sin verle, con la mirada vacía, débil, como si lo único que hubiera hecho durante todo ese tiempo hubiera sido andar entre estas carreteras y canales con la cámara a cuestas. Igual que él. Y le habló de una teoría, para ella incomprensible, que mezclaba la realidad y la ficción. Decía que era algo así como una unión de presente y recuerdo, una mezcla perfecta del tiempo… y del espacio. Como si él mismo fuera a fusionarse con lo que fotografiaba, formando parte de sus propias imágenes.
—Yo le advertí —continuó—. Le dije que eran meras fantasías, que todo eso era imposible, que le iba a matar, o a volver loco… Un día desapareció. Nunca le volví a ver.
Y mientras ella hablaba, él la escuchaba en silencio. Pensaba cómo a través de su cámara le gustaba sumergirse en las aguas grasientas de los canales, o en sus humos flotando en el aire, y de alguna manera él también era aire, agua, y hormigón. Le gustaba fotografiar esas catedrales modernas para coches, sumergirse en sus ruidos, y en el de los trenes que volaban por encima, con el traqueteo ensordecedor. Trataba de captar su movimiento, preparaba cada foto, con el suave tacto de las ruedas del objetivo al girar, y el botón que hundía con su yema mientras el sonido del espejo interior le producía un placer infinito, fundiéndose en aquellas infraestructuras que se movían a su alrededor, girando sin fin.
—Ten cuidado tú también —sentenció la mujer—. Corres el riesgo de perderte, como él, y no encontrar el camino de vuelta.
El descapotable rojo se pierde entre el tumulto, a lo lejos, mientras piensa que ya hace mucho que no habla con ella, desde aquella última noche en la habitación del motel en el que siempre se encontraban, donde acabaron despidiéndose a gritos, con demasiadas copas y sustancias encima. Y siempre pensó que podría haber sido diferente, que podría haber salido corriendo tras ella. Se la hubiera encontrado al fondo del pasillo, con lágrimas en los ojos. Ella se hubiera abalanzado hacia él, para abrazarse entre sollozos entrecortados, como tantas otras veces, para entrar juntos de nuevo a su pequeño reducto de paz dentro del caos. Pero con esos últimos gritos, y su sombra a contraluz en el pasillo, ella desapareció para siempre tras el ruido de un portazo. Yo remaré siempre hacia ti, tararea él a menudo, el estribillo de aquella canción del bar que se le quedó grabada, como si desde aquel primer encuentro aquellos riachuelos entre carreteras les separasen para siempre. Sin importar si la fuerza es tuya o mía, sigue cantando, a continuación, como un suspiro desesperanzado, derrotado. Ahora sabe que efectivamente, por mucho que quisieran remar juntos, él siempre estaría en una ribera, y ella en la otra... Pero esa duda le da esperanza, un fino rayo de luz que atraviesa la densa nube gris que ahora le sobrevuela. Y, ante todo, ella todavía existiría, quizás, aunque profundos riachuelos les mantuvieran separados en aquella ciudad de caos y desorden.
*
Es por la tarde cuando el hombre de la camiseta negra llega a la plataforma metálica, rodeada de una barandilla hecha de finas láminas verticales de acero, envueltas en óxido, ya corroídas por la humedad. Por encima de él, dos largas autopistas elevadas se apoyan en gruesas columnas de hormigón, altas como torres, oscurecidas por años de humo y suciedad. Se deslizan hasta perderse mucho más allá entre el caos de bloques industriales de tejados metálicos y nubes de contaminación que las borran en la profundidad de la vista. Al otro lado del riachuelo hay fábricas, un paisaje de industrias, de esas con formas exageradamente perfectas, enormes. Hay grandes esferas, con bandas rojas y blancas, ya grisáceas por el paso del tiempo, y escaleras que las rodean en peldaños infinitos que llegan a esbeltas chimeneas, que en su punta vomitan sin parar vapores blancos, que tapan el cielo, y el sol, ya sucio y apagado en su ocaso.
Saca una fotografía de su bolsillo, la observa. Están las mismas esferas, con bandas, y el humo saliendo por las chimeneas. Será el mismo sitio, piensa mientras observa a su alrededor. Vuelve la mirada a la imagen. Ahí está ella, apoyada en una barandilla, al otro lado del riachuelo, con su melena dorada que siempre trataba de retratar en un contraste de brillante luz dorada, como un reflejo de un rayo de un sol surgido entre tanto caos grisáceo, sin color. Pasa el dedo por la superficie del papel, como queriendo tocarla, y al levantar la vista, su figura aparece tras una de las grandes columnas. Está lejos. Se apoya de la misma manera que se apoyaba ella tiempo atrás cuando la fotografió. El hombro toca la piel de hormigón, su cadera se gira en forma de arco y su coleta se mueve en un suave vaivén. Él levanta una mano, intentando decirle que está ahí, todavía, que no se vaya. Ella se queda mirando en su dirección, en realidad sin mirarle, pero sin apartar la mirada, sin más gestos, seria. Trata de andar cada vez más rápido, nervioso, buscando algún puente que le permita cruzar. Pero no hay nada, solo aguas que discurren tranquilas, separándoles. Se detiene en un pequeño rincón, desde donde puede verla, algo lejos, sin poder continuar.
Una sombra se mueve a su lado, casi a sus pies. Él se gira. Una manta oscura cubre lo que parece un cuerpo tumbado sobre un banco de piedra, que se mueve, inquieto. Se oye un murmullo escondido debajo. Nervioso, le empuja con la punta del dedo, solo un poco, consiguiendo nada más que un ruido de indiferencia.
—¿La ves? —le pregunta—. ¿Tú también la ves?
*
El hombre del banco parece moverse. Se incorpora sentado en silencio. Casi le ve la cara, escondida entre los pliegues de la manta oscura que le envuelve la cabeza y la barba que le llega hasta unos ojos negros que parecen no mirar a ningún sitio. Están fijos hacia el suelo, hacia algún punto perdido de la retícula de baldosas de piedra. Saca algo del bolsillo, un papel que empieza a doblar ágilmente con sus huesudas manos, antes de empezar a hablar.
—Desde que construyeron estos puentes ya nadie cruza, ni se para por aquí abajo —dice, sin contestarle—. Esto se ha olvidado, se ha dejado para que la suciedad y el óxido acaben corroyéndolo.
—Supongo que llegan más rápido, vayan donde vayan.
—Me imagino, pero en estas calles antes podías andar. Había niños incluso, a veces —sigue hablando mientras sus dedos trabajan sin descanso.
—Por aquí no queda nadie ya, la de siempre, la que hacía de este barrio nuestro espacio. Todos se han ido, en un goteo constante.
—Estas autopistas nos han arrollado, nos han pasado por encima para aplastarnos bajo el peso de sus bloques de cemento. Mira los comercios. Los pocos que quedaban fueron todos cerrando —pasan unos segundos en silencio, mirando al frente los dos, antes de continuar el hombre de la capa—. Incluso aquel bar escondido que llevaba desde siempre. Nadie recuerda cuándo desapareció, y ya se ha quedado en el recuerdo de unos pocos.
—Yo también lo conocí —responde él.
Y según dice eso se escucha, a lo lejos, un ruido rasgado, un graznido penetrante y amenazante.
—Las gaviotas —continúa él—, las únicas que se atreven a adentrarse en estos ríos inmundos.
—Al menos no nos hemos convertido en esos —le dice mirando a lo alto, hacia los coches—, que cada mañana se levantan a primera hora para sumergirse en la vorágine de estas carreteras, que les absorben cada día y les chupan la sangre, poco a poco, secándoles por dentro.
—Yo nunca quise ser así —recuerda balbuceando mientras observa las manos del hombre plegando el papel, una y otra vez—, aunque todos me decían que estaba loco, que buscara algo estable, con lo que vivir cómodamente. Nunca quise eso, atarme a nada. No iba conmigo. Siempre he creído que faltaban vidas dedicadas a una cosa, con pasión, y entrega, que entiendan que todo lo demás es ruido, interferencias que nos impiden realizarnos. Supongo que siempre preferí ir por libre —murmura, ya casi para él, encogiéndose de hombros, mientras se acerca, otra vez, a la barandilla, con pesados pasos llenos de desesperanza.
—Te pareces a mí —contesta el hombre de la capa mientras se levanta, despacio, para comenzar a alejarse, perdiéndose en una suave neblina que le envuelve—, buscando siempre algo que jamás alcanzaremos, promesas y teorías absurdas.
En su mano aparece la figura de un pájaro de papel mientras la voz del hombre se aleja, difuminándose detrás de una reja, perdiéndose entre sus tejidos de acero. Él se gira para fijarse otra vez en ella, que sigue inmóvil, apoyada, a lo lejos. Pero ve cómo una fina línea de sangre discurre por su frente y le cae por la mejilla, casi hasta al mentón. Solo mira absorta mientras el líquido rojo se desliza lentamente por su piel. Una leve sonrisa parece levantarle, como un pequeño pellizco, la comisura en un lado de los labios. Entonces se gira, despacio, y se desliza, suave y ligera como si algo, o alguien, la estuviera sosteniendo en el aire, para desaparecer detrás de la estructura de hormigón.
Desde la misma plataforma metálica levanta ahora la mirada. Observa coches pasando a gran velocidad en aquellas carreteras, cruzando el cielo, ignorantes del mundo que dejan debajo de su asfalto, donde discurren vidas paralelas como la suya, ahora.
—Mira en qué me he convertido desde entonces —murmura mirándose hacia abajo, a su cuerpo ahora redondo y gordo—. En un ser apartado, olvidado… Yo, que era reconocido. Y todos me miraban con envidia, mientras oía los susurros de admiración a mi paso… Pero algún día volveré —sigue hablando solo, mientras empieza a caminar—, y me auparán con mis fotografías en el Olimpo de los artistas.
*
El hombre de la camiseta negra pasa por delante de unas gradas de tramex metálico. Bajan pocos metros hacia una playa de piedras grises, salpicada de latas oxidadas y trozos de ropa. No tiene más de diez metros de largo, y acaba en el riachuelo, donde flota una fina capa de grasa, entre trozos de basura que suben y bajan, suaves y tranquilos, sin una corriente que los arrastre. El ruido de los coches no cesa a su alrededor, de manera constante. Entonces se para, con las piernas ligeramente abiertas, y observa, mientras con las ennegrecidas manos se rasca la barba, ya demasiado larga, y sucia, y enredada, que forma tirabuzones de un color gris muy oscuro. Es allí donde empezó todo, piensa. Sin saberlo, había llegado a aquel puente, sobre el bar en el que el abismo se había abierto aquella noche en la que se conocieron, un no-lugar transformado en su epicentro, para desde ahí tragarle en sus aguas profundas de oscuridad perpetua en la que ninguna cámara podría captar nunca, desde entonces, ningún rayo de luz.
A pocos metros, en la base de las gradas, ve a un grupo de chicos, que le parecen no hacer nada más que saltar, hablar, reír, gritar, y dar patadas a cualquier cosa, lanzando lo que sea al río, y montando en sus patinetes que chocan con el suelo metálico, haciendo agudos y molestos ruidos. Él está parado en lo alto de las gradas, a no más de cinco o seis metros, cuando uno se gira en su dirección, y le da un toque con el codo a otro, mientras murmura algo. Le miran, y algo se dicen que les produce una carcajada, pero él no se entera, no sabe si se dirigen a él, y permanece quieto, como esperando, quizás pensando que pueden ayudarle, o darle alguna de esas pequeñas grasientas patatas fritas que uno saca de la crujiente bolsa azul, o un sorbo de esa lata de color rosa intenso y letras negras que sostiene el chico del pelo liso, largo y peinado hacia atrás. Se da cuenta de que ya hace varios días que no tiene hambre, ni sed. Pero quizás podría sentarse con ellos a charlar, solo eso, charlar, que ya hace mucho también que no habla con nadie, y seguro que podrían contarle algo, incluso reír, eso, reír.
Algo llama su atención un poco más adelante, en la playa. Una gaviota da varios pasos, sumerge su cabeza entre las piedras, moviéndola de lado a lado, como queriendo buscar algo. Entonces la levanta, mirando a su alrededor. Una larga tira de plástico le cuelga del pico. En un gesto rápido lo abre para introducirla en su interior. El hombre se sienta en la base de las gradas. Se encuentra mareado, todo le da vueltas. Mira a lo lejos, hacia las chimeneas que se elevan, y se estiran, deslizándose suaves, curvándose. Las carreteras le rodean, y los puentes, formando largas elipses que se mezclan, entrecruzándose en el aire como si fueran cables eléctricos flexibles haciendo nudos imposibles. Mira extrañado la base de una autopista que se curva en exceso, se tuerce y se enrosca sobre sí misma, acercándose hacia él, amenazándole, como una soga que se dirige hacia su cabeza. Saca la cámara del bolsillo. Levanta las manos levantándose levemente, con las rodillas algo dobladas, una pierna un poco adelantada, en posición clásica, “no como ahora”, piensa, “que tienen esos aparatos, y las cámaras se han olvidado, las de verdad”. Y él sabe que no es lo mismo, que hay que pensar bien cada foto antes de hacerla, y buscar el encuadre y medir la distancia, y la luz. Así que ahora se ve levantando las manos, preparándose para hacer la foto a aquella carretera que se desliza como una serpiente enroscándose en el aire.
Y justo en el instante en el que va a presionar el botón, aquella lata rosa sale volando, en un preciso movimiento del chico de la melena, y le llega rodando hasta los pies. Entonces se mira las manos, y no hay nada, solo aire pesado y denso entre sus palmas, como si pudiera amasarlo. Porque ahora se acuerda, sí, ya se acuerda, que hace tiempo que perdió su cámara, la que tanto le gustaba, o se la robaron, seguro, en aquel motel, de esos a los que no le gusta ir, porque huele mal, y hay mala gente, y te roban por la noche. Siempre estuvo seguro de que la había dejado en el bolsillo del abrigo, y se lo dijo, se lo dijo, a aquel conserje que le miraba con cara incrédula, “Estoy seguro”, le dijo, “aquí la dejé”, le insistía mientras se señalaba el abrigo abajo, al fondo de un bolsillo, tan profundo como la cueva en la que su mente se sumergía, cada vez más, para desconectarse del mundo, ya sin su cámara.
El mareo de su cabeza es demasiado. Cierra los ojos, se frota la cara, y los vuelve a abrir. Le sale un gemido de sorpresa al ver la chica otra vez. Es ella que esta vez ya sí se acerca como, flotando estable, leve, a pocos centímetros por encima de la playa. Pareciera que sin tocar el suelo con sus pies, y nítida entre todo lo borroso que le rodea. Perfectamente visible ahora, al fin una cara conocida, piensa, pero parece cambiada, hay algo diferente en ella. Una sonrisa asoma entre la maraña de pelos de la densa barba. Reluce, sigue pensando, eso es, es como si la piel le brillara bajo un halo de luz.
—Ya estoy aquí, baby— dice ella.
—Menos mal que has venido… Llevo persiguiéndote todo el día. Años, en realidad —le contesta él.
—Nunca me he ido, a pesar de todo. De lo que pasó. De que me echaras de tu lado —continúa ella mirándole fijamente a los ojos.
—Pero… ¿cómo iba yo a saberlo? Fuiste tú la que se largó, y nunca volviste.
—Estuve esperando horas en la puerta, a que salieras. Hubiera bastado una rendija para decirme que me querías dentro. Y hubiera abierto la puerta a patadas, saltado sobre ti, a tus brazos.
Sus palabras son para él un soplo de aire fresco entre aquel paisaje muerto que le rodea, del que forma parte, y las siente como un silbido suave, como una flauta cuyas notas se escurren entre los dedos que salen de sus finos labios, como delgados cables de acero de los que cuelgan de las torretas que les rodean, y se tensan y se curvan mientras le hablan y se humedecen cuando sale esa pequeña lengua mecánicamente cada cierto tiempo, para hacer que reluzcan y reflejen como un mar infinito de agua salada que le gustaría sorber, y tragar, y ser pez, y meterse dentro de ella, y sumergirse dentro de ella, ser su voz y resonar con ella cuando habla pasando por sus dientes blancos, que son rocas y acantilados sobre los que estallan los vivos mares de sus palabras como en tormentas perfectas y olas que acaban siendo espuma al romper.
—Al final conseguiste lo que querías, alcanzar la fusión, según tu teoría —le dice ella—. Ya soy parte de esto, de ti, y de tus carreteras, tus puentes.
—No sé… No entiendo nada… ¿Esto es real? Si de ti solo conservo esta foto…
Y mientras agarra con fuerza aquel papel ya desgastado, levantándolo en el aire, ella continúa:
—¿Acaso importa? Aquí me tienes, igualmente.
Pero él ya está en otro sitio, lleva mucho tiempo en otros muchos sitios, donde se guardan los recuerdos olvidados, aquellos que fueron introducidos a la fuerza y que rescatarlos genera tanto dolor como cuando fueron insertados. Y se da cuenta de lo ligero de su existencia, y lo inútil de nuestros esfuerzos por pervivir grabados en fotografías de otros, en imágenes que nada significarán ya para el que las mire… Si al final desaparecerán, desvaneciéndose hasta acabar en el más puro blanco del papel.
Vuelve la mirada. Ella ya no está. Incrédulo, gira la cabeza a los lados, nervioso. Ha desaparecido. En ese preciso instante, nota una presión en el cuello, oprimiéndole los músculos. Mira al cielo, a las largas líneas de las autopistas que ahora se enroscan sobre sí mismas, deslizándose para llegar suavemente hasta él, y tensándose alrededor de su tráquea, empezando a quitarle el aire. Entonces oye un chirrido a lo lejos, un sonido agudo que acaba en un fuerte ruido metálico, un entrechocar violento de metales acompañado de un humo blanco que se eleva entre las carreteras.
Será así la muerte, se pregunta mientras todavía sostiene aquella imagen en la mano, mirando hacia donde parece que viene aquel violento sonido. Quizás viene y se aparece en forma de antiguos momentos que nos han llenado esta vida y han quedado grabados en nuestra memoria, como sales de plata sensibles a su luz, y que se nos aparecen por última vez para recordarnos nuestros errores. Será la misma que vino a verla a ella, piensa, aquella noche poco después del portazo que cerró cualquier rendija entre ellos, la misma en la que su cuerpo ligero salió despedido del Ford rojo descapotable para estrellarse en el asfalto, en ese mismo punto perdido de aquellos nudos de carreteras que le siguen asfixiando.
Detrás de uno de los enormes pilares de hormigón ve un reguero de sangre oscura que discurre lento, como un denso río, entre las juntas de los adoquines cuadrados. Se agacha con esfuerzo, apoyándose en las rodillas, alarga una mano para mojarse las yemas de los dedos, y deslizarlos entre sí suavemente, sintiendo el tacto sedoso del líquido caliente.
Y aunque sabe que esa muerte le persigue, en el fondo siente que ya hace mucho que se perdió en sus túneles, y que sus larvas le han ido debilitando, dejándole vacío por dentro, como un tronco con carcoma que se resquebraja con solo apretar el puño.


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