Imagen de portada: ‘Roses’, de Vincent Van Gogh (1890).
Hay escritores versátiles y hay escritores de un solo libro, de un solo relato que escriben y perfeccionan una y otra vez. El autor de la Escuela de Imaginadores que hoy presentamos en Zenda pertenece a los primeros, se trata de uno de esos escritores todoterreno capaz de enfrentarse a cualquier reto, a cualquier estilo y a cualquier género. El imaginador Roberto Carlos Gallego (Málaga, 1974) es profesor de Filosofía, ha merecido premios de ámbito nacional como Tierra de Monegros, Athenea o Vigía de la Costa, y recientemente ha publicado el flamante libro de relatos Geometría del desorden y otras perturbaciones (ed. Bulevar de los libros). Y nunca nunca deja de sorprendernos. El problema de escritores así radica en la imposibilidad de leerlos en un solo texto, de encontrar una única lectura representativa. «El ramo», por ejemplo, es un relato limpio y filoso como un cuchillo, un relato que de tan carveriano te deja instalado dentro un enorme y doloroso vacío. Sin embargo, es directo, realista y preciso como podría haber sido inquietante, fantástico o excesivo.
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El ramo
Me desperté con el ruido del papel marrón y el agua en el fregadero. Desde la cama oí el cordel tensarse, el golpe leve de los tallos contra el cristal.
Ella no me miró. Estaba de espaldas, abriendo un cajón.
—¿Vas a tomar café? —preguntó.
—Sí.
Encendí la cafetera. Me moví por la cocina sin acercarme a la mesa. Abrí el armario de las tazas, cogí una y cerré.
Ella sacó unas tijeras y cortó el cordel. El chasquido sonó seco. Bajó el papel con cuidado, sin terminar de quitarlo. El ramo ocupaba mi sitio.
—No hacía falta —dije.
Se giró a medias.
—¿El qué?
—Nada.
Ajustó los tallos en el jarrón. Llenó de agua hasta la mitad. El cristal se empañó y una gota resbaló por fuera.
Me serví el café.
—¿Te vas a duchar? —preguntó.
Era temprano, pero ya estaba vestida. Traía las mejillas rojas. El aire frío aún encima.
—Luego.
—No. Ahora —dijo ella.
Bebí un sorbo.
—¿Para qué?
Señaló con la barbilla hacia el ramo. O hacia otra cosa, no lo sé.
—No puedes ir así.
—Yo no voy.
Lo dije sin levantar la voz. Ella tardó un momento en responder. Se apoyó en el marco de la puerta.
—Claro que vienes.
—No. No puedo.
Apretó los labios. Abrió el grifo y lo cerró. Un gesto rápido.
—No me hagas esto —dijo.
—No puedo —repetí.
—Entonces iré yo.
Esperaba una respuesta.
—No sé a qué hora volveré. Después pasaré por casa de mi hermana.
Me mantuve en silencio. De camino al dormitorio, en un susurro, añadió:
—Aquí no. Hoy no.
Me quedé en la cocina, con el ramo delante de mí. Seguía sin mirarlo del todo. Miraba el borde de la mesa, el agua en el cristal, una hoja verde doblada.
Fui al salón. Encendí la televisión, sin sonido; la apagué enseguida. Agarré el móvil, me fijé en la fecha y lo tiré al sofá. De vuelta en la cocina vi el ramo. Me molestó, como si hubiera alguien sentado en mi lugar.
Me metí en el baño. Me lavé la cara y alcé la vista hacia el espejo. No me afeité.
Cuando salí, ella estaba terminando de arreglarse. Cogió un par de pendientes y los dejó. Pasó el dedo índice por los nudillos. Luego volvió a cogerlos y los dejó otra vez.
—¿Vas a quedarte así?
Me miró los pantalones del chándal, la camiseta vieja.
—Es domingo. Nada más —dije.
Ella se detuvo un instante y bajó la cabeza. Se puso el abrigo oscuro y se quedó ante el espejo. No se arregló el pelo. Solo se miró, un segundo.
En el recibidor sacó el paraguas del paragüero, aunque no llovía.
—¿Quieres que te traiga algo? —preguntó.
—No.
Abrió la puerta y el aire del pasillo entró en la casa.
—Las flores —dije.
Ella dejó la mano en el pomo. Volvió la cabeza.
—Ah.
Fue a la cocina. Me asomé, sin entrar. La vi cogerlo con las dos manos, sujetándolo por el papel. El jarrón se quedó vacío. Ella olió el ramo sin acercarlo mucho. Lo sostuvo delante de sí, como si le molestara, y pasó junto a mí.
—Me voy.
Asentí.
La puerta se cerró con un clic. Permanecí un momento en el recibidor, mirando el paragüero vacío. Después fui a la cocina y puse el jarrón junto al fregadero. En la mesa de madera había quedado un círculo húmedo. Pasé un paño. El agua dejó otra marca, mayor. Volví a pasar el paño hasta que no quedó nada.
Me senté en el salón. La luz del día se iba desplazando por las paredes, sin prisa. Desde la calle llegaba el tráfico: pitidos, una sirena de ambulancia. Más tarde, voces de niños en el edificio. A las cuatro abrí el frigorífico, saqué un trozo de empanada y un yogur. De pie, di un par de mordiscos. Era de carne. No toqué el yogur; lo dejé en la encimera.
Regresé al salón y puse la tele.
A las ocho y media oí la llave. Ella entró despacio y cerró la puerta sin ruido. Llevaba el paraguas y una bolsa de plástico. El ramo no estaba.
—He traído tortilla —dijo.
Se quitó el abrigo, lo colgó y entró en la cocina. Metió la tortilla en el microondas. Sacó dos platos, dos vasos y los cubiertos. Lo colocó todo sobre la mesa.
—¿Has comido algo?
—Un poco de empanada. No tenía hambre.
Cenamos casi sin hablar. La tortilla estaba tibia. Ella llenó los vasos con agua y yo me bebí el mío enseguida. Me levanté, cogí una botella de vino tinto abierta y me serví en el vaso vacío.
—¿Quieres?
Negó con la cabeza.
—Mi hermana te manda recuerdos.
—¿Está bien?
—Como siempre. Ya sabes. Hablando del trabajo.
El microondas tenía una mancha de tomate en una esquina. Me fijé en ella. Pensé que la limpiaría después. Cuando terminamos, recogimos los platos. Ella los enjuagaba, yo los metía en el lavavajillas. Nuestros brazos se rozaron un par de veces, pero no hablamos.
En el salón encendió la lámpara pequeña mientras yo ponía la televisión.
Sonó el teléfono fijo. Di un respingo. Cuando bajé el volumen ella ya estaba de pie.
—¿Quién llama al fijo? —dijo.
No me miró. Se fue al pasillo y descolgó.
—¿Sí? —Esperó un instante—. ¿Hola?
Colgó con cuidado. Volvió al salón. Siguió de pie, con la vista puesta en el pasillo.
—No contestaron —dijo.
—Se habrán equivocado.
Se sentó en el borde del sofá, sin apoyar la espalda. Se frotó los nudillos con el pulgar.
—¿Quién puede tener el número? —preguntó—. Solo lo sabíamos… nosotros.
El «nosotros» se quedó ahí. No lo toqué.
—Será publicidad —dije—. No le des más vueltas.
La televisión seguía en silencio. Imágenes mudas.
Pasó un rato. Me levanté, fui a la cocina y volví con el vaso de vino. Me senté otra vez. Ella no se movió.
El fijo sonó de nuevo.
Esta vez el timbre me pareció distinto. Más brusco. Se levantó sin mirarme y descolgó antes de que yo pudiera decir nada.
—¿Sí?
Apretó el auricular contra la oreja.
—¿Quién es? —preguntó—. ¿Quién hay ahí?
Esperó.
—¿Quién es? —volvió a decir, más alto—. ¿Quién eres?
Me levanté. Crucé el pasillo. Ella seguía quieta, con el auricular pegado.
—Di algo… por favor. ¿Estás ahí?
La voz le salió rota.
Di un paso hacia ella. Le quité el auricular con cuidado. Colgué.
—Yo…
Se interrumpió con un sollozo. La abracé. Noté su piel fría.
—Ya está —dije.
Ella mantenía la vista fija en el aparato. La apreté contra mí. Apoyó la frente en mi hombro.
—Escuché una respiración —dijo, ya calmada.
—No digas tonterías.
La frase me salió seca. Me arrepentí en cuanto lo dije.
—Vayamos a la cama —añadí.
La llevé al dormitorio. Venía detrás, cogida de mi mano.
En la cama, se giró de lado, dándome la espalda, y apagó la luz. Yo me quedé mirando la oscuridad. Oí su respiración, irregular al principio. Luego más lenta.
Me giré hacia ella. Su espalda subía y bajaba. No la toqué.
Permanecí un rato así, escuchando la casa: un crujido en la madera, coches en la calle, el motor lejano de un ascensor.
Me levanté.
No encendí ninguna luz. Salí al pasillo, descalzo, y me dirigí a la otra habitación. La puerta estaba cerrada. Dudé unos segundos. Puse la mano en el pomo y lo giré, despacio. La puerta se abrió con un leve chirrido, como si se quejara de mí.
Entré.
Dentro olía a polvo, a ropa guardada. Todo a oscuras.
La cama estaba pegada a la pared. La intuí apenas, por el faldón claro de la colcha. Me acerqué y la destapé. Los peluches cayeron al suelo, uno tras otro, con golpes sordos. No los recogí. Me senté en el borde de la cama; el colchón crujió.
Me tumbé, de cara a la pared. Mis pies quedaban fuera. Subí las rodillas y me rodeé las piernas con los brazos.
La almohada olía a cerrado. Remotamente, a algo más. Esa idea me golpeó y me quedé sin aire un segundo.
Al principio se me escapó un quejido, muy bajo. Luego otro. Hipidos espaciados, como si fueran ajenos y vinieran de muy lejos.
Lloré. Quise parar.
Poco a poco la respiración fue cambiando. Se hizo regular. Las inspiraciones se volvieron largas, profundas.
Al rato me giré y me quedé boca arriba. Miraba el techo sin ver nada. La habitación era un hueco. No sé cuánto tiempo pasó. En algún momento me dormí.
No soñé.


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