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Cuando la palabra arde, llega el deseo

Cuando la palabra arde, llega el deseo

Las décadas centrales del siglo XX, bajo la dictadura franquista, estuvieron marcadas por la ausencia de libertad, la vigilancia ideológica y una represión que impregnó todas las facetas de la vida española. Una de las parcelas más vigiladas fue la relativa a la moral y las llamadas «buenas costumbres». La intimidad quedó constreñida por la doctrina católica oficial y por una presión social que convertía el deseo en sospecha y el placer en pecado. Nada escapaba al escrutinio de quienes velaban por mantener inalterable una moral pública rígida y asfixiante.

En aquel contexto, la literatura de temática erótica era prácticamente inexistente en los escaparates. Solo circulaban, de manera semiclandestina, ediciones extranjeras o antiguas que exploraban la sensualidad y la intimidad de sus protagonistas. Títulos como El Decamerón, El amante de Lady Chatterley, Historia de O, Trópico de Cáncer, Justine o Fanny Hill fueron prohibidos o severamente restringidos. No sería hasta el progresivo relajamiento del aparato censor, en los estertores de la dictadura, cuando comenzaron a difundirse con mayor libertad.

"El deseo, estimulado por la imaginación, se veía frenado por una amenaza invisible, y la distancia de seguridad triunfaba frente a la piel con piel"

Como suele suceder tras un largo periodo de opresión, la recuperación de libertades durante la Transición provocó una eclosión de curiosidad hacia lo prohibido. A partir de 1976, la pulsión contenida durante décadas encontró cauce en revistas, colecciones editoriales y premios literarios que reivindicaban sin ambages la dimensión erótica de la literatura. En 1979, la editorial Tusquets lanzó una colección especializada y creó el premio La Sonrisa Vertical, nombre elocuente que aludía expresamente al sexo femenino. Su impulsor y presidente del jurado fue el cineasta Luis García Berlanga, figura clave en aquella normalización cultural. Durante algunos años, el certamen atrajo tanto a autores emergentes como a nombres consagrados y de donde surgieron obras muy celebradas y de indudable calidad. Sin embargo, con la llegada del nuevo milenio la fiebre inicial se disipó y el interés decreció, en parte, posiblemente, porque la integración natural de escenas explícitas en novelas de todo tipo diluyó la singularidad del género como etiqueta autónoma.

Todo este recorrido histórico acudió a mi memoria cuando supe que los reconocidos escritores y periodistas, María José Solano y Jesús García Calero, habían publicado Geografía del deseo, volumen que reúne cuarenta y dos relatos escritos durante el confinamiento provocado por la covid-19. Como los jóvenes florentinos protagonistas de El Decamerón, los autores decidieron aprovechar el encierro y, en lugar de contarse historias, construir una correspondencia literaria que combatiera la soledad y les permitiese seguir en contacto y unidos. Ocultos, de forma muy literaria, bajo los seudónimos de J. C. Pursewarden e I. Adler, a la hora de publicar decidieron ordenar los textos según la fecha histórica en que se desarrollan los episodios narrados.

Desde las primeras páginas de la obra, una frase ilumina el sentido profundo del proyecto: “Geografía del deseo es la cartografía de un tiempo suspendido y de una correspondencia secreta”. Durante la pandemia el mundo se detuvo y el contacto físico quedó penalizado por el temor al contagio. Queríamos abrazarnos y besarnos; la prudencia imponía distancia. El deseo, estimulado por la imaginación, se veía frenado por una amenaza invisible y la distancia de seguridad triunfaba frente a la piel con piel.

La lectura del libro me devolvió a un tiempo, no tan lejano, en que el amor a distancia se sostenía en cartas cargadas de espera y emoción; aquel intercambio poseía implícito un erotismo noble que los autores recuperan y transforman en juego literario.

"En un mundo saturado de correos electrónicos y videoconferencias, Geografía del deseo se revela como un acto de rebeldía íntima"

Lo que comenzó como divertimento terminó convirtiéndose en un auténtico duelo creativo, donde sus alter egos sostienen una contienda estilística: armas cargadas de tinta y una prosa que oscila entre lo descarnado y lo lírico. Conviven aquí un lenguaje culto y elegante con momentos de realismo incisivo; se habla sin tapujos del amor sensual, de las pulsiones que someten a la razón, pero incluso cuando rozan lo vulgar logran dignificarlo mediante una pátina estética que lo acerca a la tradición de los poetas que cantaron al amor carnal. De esa tensión brotan ingenio y originalidad, y el lector asiste a una competición apasionada en la que cada relato es una estocada brillante.

En un mundo saturado de correos electrónicos y videoconferencias, Geografía del deseo se revela como un acto de rebeldía íntima. Reivindica el placer de narrar pensamientos y desnudar el alma, y sugiere que, cuando el contacto se restringe, el cerebro —centro que interpreta estímulos y gestiona la respuesta sexual— se convierte en el verdadero órgano sexual.

El libro despliega sus historias a lo largo del tiempo: del Egipto antiguo al mundo clásico —con figuras como Seti I, Odiseo, Penélope o Circe—; de la Roma de Virgilio y Horacio, previo paso por la Edad Media, a la España áurea de Lope de Vega; del almirante Horatio Nelson al romanticismo de Mariano José de Larra, hasta escenarios contemporáneos. Esa amplitud convierte el deseo en constante histórica, pulsión que atraviesa civilizaciones y estilos.

"Geografía del deseo celebra la vida y reivindica una tradición tantas veces reprimida, recordándonos que el deseo, como la buena literatura, siempre encuentra la forma de sobrevivir"

Pocas veces un prólogo anticipa con tanta belleza la experiencia lectora, y rara vez una colección de relatos de esta naturaleza eleva el género con tal conciencia de tradición y actualidad.

Para mí, el mayor logro del libro es demostrar que la palabra escrita, con su capacidad de sugerir e insinuar, desarma la inmediatez de la imagen. Frente al consumo rápido y explícito del cine para adultos, estos relatos imponen el ritmo de la espera y la complicidad entre autor y lector. En ese espacio íntimo, donde la fantasía se construye desde dentro, la literatura vuelve a imponerse y confirma que una imagen no siempre vale más que mil palabras.

En definitiva, Geografía del deseo celebra la vida y reivindica una tradición tantas veces reprimida, recordándonos que el deseo, como la buena literatura, siempre encuentra la forma de sobrevivir. Y al final no vence la imagen, sino la palabra cuando arde: esa que despliega ante nosotros el vuelo sin límites de la imaginación.

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Autores: María José Solano y Jesús García Calero. Título: Geografía del deseo: 42 relatos eróticos. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Casa del libro

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