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El americano tranquilo, de Graham Greene

El americano tranquilo, de Graham Greene

Publicada originalmente en 1955 y llevada al cine en dos ocasiones, esta novela es una de las obras más emblemáticas de Graham Greene. Inspirada en las propias vivencias del autor a comienzos de los cincuenta, cuando cubrió el conflicto entre Francia y el Vietminh, esta novela que cuestiona el imperialismo estadounidense explora también algunos de los temas predilectos del escritor, como la ambigüedad moral, el amor o la culpa.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de El americano tranquilo (Libros del asteroide), de Graham Greene.

*****

I

Después de cenar me senté a esperar a Pyle en mi habitación de la rue Catinat; me había dicho: «Le veré a eso de las diez», y al llegar la medianoche no pude aguantar más y salí a la calle. Había varias viejas con pantalones negros acuclilladas en el descansillo: estábamos en febrero y supongo que hacía demasiado calor para estar en la cama. El conductor de un trishaw pasó pedaleando despacio en dirección al río y vi focos encendidos donde habían desembarcado los nuevos aviones norteamericanos. No había ni rastro de Pyle en la larga calle.

Claro, me dije, que era posible que lo hubieran entretenido por alguna razón en la legación norteamericana, aunque seguro que en ese caso habría telefoneado al restaurante, era muy quisquilloso con esos pequeños detalles. Me giré para volver dentro y entonces vi a una chica que esperaba en la puerta de al lado. No pude distinguir bien su cara, solo los pantalones de seda blanca y la larga túnica de flores, pero aun así la reconocí. Me había esperado muchas veces en ese mismo sitio y a esa hora cuando volvía a casa.

—Phuong —dije, que significa fénix, aunque hoy en día nada es fabuloso ni resurge de sus cenizas. Supe, antes de que tuviese tiempo de decírmelo, que ella también estaba esperando a Pyle—. No está aquí.

Je sais. Je t’ai vu seul à la fenêtre. —Si quieres puedes esperar arriba —dije—. Vendrá enseguida.

—Puedo esperar aquí.

—Mejor no. La policía podría detenerte.

Me siguió. Pensé en varios chistes irónicos y desagradables que podría hacer, pero ni su inglés ni su francés habrían sido lo bastante buenos para entender la ironía y, aunque parezca extraño, no quería herirla ni herirme a mí. Cuando llegamos al descansillo todas las viejas volvieron la cabeza y, en cuanto pasamos, sus voces se alzaron y cayeron como si cantaran todas a coro.

—¿Qué dicen?

—Creen que he vuelto a casa. En mi cuarto, el árbol que había colocado unas semanas antes por el Año Nuevo chino había perdido la mayoría de sus flores amarillas. Habían caído entre las teclas de mi máquina de escribir. Las recogí.

—Tu es troublé —dijo Phuong.

—Es raro en él. Un hombre tan puntual. Me quité la corbata y los zapatos y me tumbé en la cama. Phuong encendió la cocina de gas y puso agua a hervir para el té. Podría haber sido seis meses atrás.

—Dice que te vas a marchar pronto —dijo.

—Tal vez.

—Te aprecia mucho.

—Dale las gracias por nada —repliqué.

Reparé en que ahora se peinaba de una manera distinta y dejaba que el pelo le cayera negro y recto sobre los hombros. Recordé que una vez Pyle había criticado el complicado peinado que ella juzgaba apropiado para la hija de un mandarín. Cerré los ojos y ella volvió a ser lo que era antes: el silbido del vapor, el entrechocar de las tazas, cierta hora de la noche y la promesa del descanso.

—No tardará mucho —dijo, como si necesitara que me consolaran por su ausencia.

Pensé en qué conversaciones tendrían. Pyle era muy serio y yo había padecido sus disertaciones sobre el Lejano Oriente, que él conocía desde hacía apenas unos meses y yo, años. La democracia era otro de sus temas favoritos: tenía opiniones firmes e irritantes sobre lo que Estados Unidos estaba haciendo en favor del mundo. Phuong, por otro lado, era extraordinariamente ignorante; si Hitler hubiese salido a relucir en la conversación, habría interrumpido para preguntar quién era. Explicárselo habría sido difícil porque nunca había visto a un alemán ni a un polaco y solo tenía una idea muy vaga de la geografía europea, aunque, por supuesto, sabía más que yo de la princesa Margarita. La oí dejar una bandeja al otro extremo de la cama.

—¿Aún está enamorado de ti, Phuong?

Llevarse una anamita a la cama es como llevarse un pájaro: cantan y gorjean en tu almohada. Hubo una época en la que pensé que ninguna de sus voces sona­ba como la de Phuong. Extendí la mano y le toqué el brazo, los huesos eran tan frágiles como los de un ave.

—¿Lo está, Phuong?

Se rio y la oí encender una cerilla.

—¿Enamorado? —Tal vez fuese una de las frases que no entendía—. ¿Te preparo la pipa?

Cuando abrí los ojos había encendido la lámpara y la bandeja ya estaba preparada. La luz de la lámpara tiñó su piel de color ámbar oscuro cuando se agachó sobre la llama con el ceño fruncido y concentrado para calentar la pastillita de pasta de opio y darle vueltas con su aguja.

—¿Pyle todavía no fuma? —le pregunté.

—No.

—Deberías obligarlo o no volverá. Entre ellas circulaba la superstición de que un amante que fumaba siempre volvería, incluso de Francia. La potencia sexual de un hombre puede verse perjudicada cuando fuma, pero preferían un amante fiel a uno potente. Ahora estaba amasando la bolita de pasta caliente en el borde convexo de la cazoleta y pude oler el opio. No hay ningún olor parecido. Al lado de la cama mi despertador marcaba las doce y veinte, pero mi tensión ya había desaparecido. Pyle había perdido importancia. La lámpara iluminaba su rostro mientras preparaba la larga pipa, inclinada sobre ella con la misma atención que habría dedicado a un niño. Me gustaba mi pipa: más de sesenta centímetros de bambú muy recto y marfil en los dos extremos. Dos tercios más abajo estaba la cazoleta, como una correhuela puesta del revés, con el borde convexo pulido y oscurecido de tanto amasar opio. Entonces, con un movimiento de muñeca, hundió la aguja en la minúscula cavidad, soltó el opio y le dio la vuelta a la cazoleta sobre la llama, mientras sujetaba la pipa bien firme para mí. La gota de opio burbujeó despacio y con suavidad cuando inhalé.

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Autor: Graham Greene. Título: El americano tranquilo. Traducción: Miguel Temprano. Editorial: Libros del Asteroide. Venta: Todostuslibros.

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