Uno contempla por primera vez ciertos paisajes como si los conociera desde siempre. Me asomo al Lemán desde la baranda del Pont du Mont-Blanc y las aguas mansas que se pierden en el horizonte, el géiser artificial del Jet d’Eau que intenta en vano salpicar las nubes, las embarcaciones para turistas que aguardan en las dársenas la llegada de los primeros viajeros, revisten el aire hospitalario de los lugares concebidos para acompañar y no para epatar. Llevo muy poco tiempo aquí y Ginebra, que luce orgullosa sus galones de ciudad internacional, se asemeja más a una capital de provincia de tamaño medio que a una gran urbe europea. De vez en cuando han desmentido esa impresión ciertos indicios de que no todo es como aparenta —los precios absurdamente caros de casi todo, los anuncios de marcas de lujo en las fachadas de los edificios del centro—, pero la cotidianidad parece discurrir por márgenes ajenos a los oropeles. Hay muchas bicicletas circulando por las calzadas y gente que descansa en los bancos de los parques o bebe agua de las fuentes públicas; apenas se ven turistas, los coches se detienen en los pasos de cebra cuando ven a un peatón dispuesto a cruzar y pasan cada pocos minutos los tranvías con su cordialidad elegante. Pero he venido a ver el lago, que en realidad es un ensanchamiento del Ródano, porque no voy a disponer de tiempo para recorrer sus orillas e intento advertir desde la distancia lo que, según compruebo en seguida, de ningún modo está a la vista. Me han contado que vive gente allí y que sólo un día al año se permiten las visitas, y ahora que brilla en el cielo un sol impropio de estas fechas —mis anfitriones dicen que he traído el sol desde Madrid— lamento no poder entregarme a esa caminata de poco más de cincuenta minutos que me llevaría hasta la comuna de Coligny.
Así que, como digo, me conformo con mirar el lago desde el puente y juego a ubicar en algún lugar de su orilla derecha la mansión donde nacieron los monstruos. Me pregunto si se encontrarían cerca de aquí Byron y Polidori con sus ilustres invitados, en aquel año de 1816 en que la erupción del Tambora forzó al verano a exiliarse de todo el hemisferio norte, y si se detendrían también a observar estas aguas quietas antes de poner rumbo a Villa Diodati, donde anteriormente habían pernoctado Rousseau o Milton o Voltaire. También intento imaginar el aspecto que puede tener todo esto cuando se desencadenan tormentas como la que en aquel estío asoló durante varios días la comarca, con los rayos cayendo sobre el lago y las montañas estremecidas por el eco de los truenos. Nunca he leído El vampiro, el relato que escribió en aquellas circunstancias Polidori y del que emergería tiempo después el recurrente mito de Drácula, y hace tiempo que no regreso a las páginas de Frankenstein, la novela con la que Mary Shelley reinventó y actualizó la leyenda prometeica para sacudir las incertidumbres de su época. Hace un rato, al atravesar el Plaine de Plainpalais en busca de la librería Albatros, me crucé con el Monstruo o la Criatura, por llamarla de un modo más civilizado —qué culpa tiene ella, al fin y al cabo—, que se encaminaba probablemente hacia los bosques de Mont Salève en busca de venganza. La ciudad le guarda cariño, pese a todo, y quizá entienda ahora mejor que nunca todo cuanto encarna, las preguntas perpetuas y seguramente irresolubles que inevitablemente se derivan de su mera existencia. Cuando la razón se duerme emergen las pesadillas y no hay lección aprendida que valga para contrarrestar esa querencia desquiciada de la humanidad por embarcarse en desastres cuyo final conoce bien, aunque finja ignorarlo. Algo de eso tuvo que meditar Shelley en aquellas veladas en las que ella y sus compañeros se contaban historias de miedo para no sucumbir al desánimo inducido por aquel verano de lluvia incesante. En nada se tuvo que parecer aquel cielo estival cuajado de nubarrones a este otro invernal que ha querido saludar con un sol mayestático mi estancia en Ginebra, pero son otras tormentas las que acechan y ningún parte meteorológico va a ser capaz de predecir su curso. En el restaurante, mientras comía, he estado echando un vistazo a las últimas noticias y de camino hasta aquí he cazado al vuelo algunas conversaciones que traslucían una preocupación severa por las guerras lejanas que pueden generar un colapso inminente. Todo lo que nos parecía sólido se puede difuminar en un instante mínimo, y por azul que se muestre el cielo no hay la menor garantía de que vaya a llegar el próximo verano. «Nada es tan doloroso para la mente humana como un cambio violento y repentino», se dice en un pasaje de la novela que Shelley concibió en estas latitudes y que vuelve a mi cabeza ahora que parece que va a derrumbarse el mundo mientras yo estoy aquí, mirando un lago.


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