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El origen de todo

El origen de todo

La primera pregunta que dio origen a Salvar a Sócrates no fue literaria, sino filosófica: ¿Qué pasaría si alguien pudiera impedir la muerte de Sócrates?

La historia de la filosofía suele contar su muerte como un momento inevitable, casi necesario. Sócrates bebe la cicuta, muere, y gracias a eso nace Platón, nace la Academia y, en cierto sentido, nace la filosofía tal y como la conocemos. Pero un día pensé: ¿y si alguien tratara de cambiar esa historia?

"Así que se le ocurrió una idea disparatada: salvar a Sócrates"

El germen del libro surge de una incomodidad; de un molesto grano en el culo. De ver cómo se erosionan la verdad y la democracia delante de nuestras narices: se viralizan bulos en lugar de los hechos, la ciencia se somete a votación, la razón se reduce a opinión y crece la nostalgia casposa que reclama mano dura, orden y silencio. Y mientras tanto, nosotros seguimos haciendo scroll y comprando en Temu, como si no pasara nada. Pensé que limitarse a diagnosticar la enfermedad no basta. Había que intervenir, aunque eso implicase terminar bebiendo cicuta.

Así que se me ocurrió una idea disparatada: salvar a Sócrates. Resucitar al mayor aguafiestas de la historia y usarlo como antídoto frente a esta pandemia de estupidez satisfecha que padecemos. Traer de vuelta al tipo que se pasó la vida incomodando a la gente con preguntas, para ver si aún podía enseñarnos a pensar despacio en un mundo que solo sabe reaccionar impulsivamente.

El experimento mental

En el fondo, Salvar a Sócrates es un experimento mental llevado al terreno de la ficción. Los filósofos hacemos este tipo de cosas todo el tiempo. Platón imaginó una caverna. Descartes imaginó un genio maligno. Rawls imaginó un velo de ignorancia. Yo imaginé algo un poco más caótico: dos adolescentes del siglo XXI obligados a viajar a la Atenas clásica para salvar a Sócrates.

El problema es que, si uno conoce un poco la historia de la filosofía, enseguida aparece una sospecha inquietante: quizá salvar a Sócrates sea lo peor que podría pasarle a la filosofía. Ese dilema atraviesa toda la novela.

La Atenas real

Uno de los mayores placeres —y también uno de los mayores dolores de cabeza— fue reconstruir la Atenas del siglo V a. C. Intenté que el lector no visitara una Atenas de museo, sino una ciudad viva: con polvo en las calles, discusiones políticas en el ágora, entrenamientos en los gimnasios y jóvenes que miran a Sócrates con la misma mezcla de admiración y desconcierto con la que hoy algunos miran a sus profesores.

Porque Sócrates, antes de convertirse en estatua filosófica, fue algo mucho más incómodo: un ciudadano que hacía preguntas que nadie quería contestar.

El daemon

En medio de esta historia aparece uno de mis personajes favoritos: el daemon.

En la tradición socrática, el daimonion era esa voz interior que advertía a Sócrates cuando algo no debía hacerse. En la novela quise convertir esa intuición en un personaje. Pero no en un espíritu solemne, sino en algo más parecido a un espíritu punk: irreverente, sarcástico, un poco gamberro. Al fin y al cabo, la filosofía también tiene algo de eso: una fuerza que irrumpe para estropear las certezas demasiado cómodas.

El verdadero problema

A medida que avanzaba la escritura, descubrí que el verdadero tema del libro no era el viaje en el tiempo. Era otro: ¿qué significa vivir una vida que merezca ser salvada?

"Sócrates decía que una vida sin examen no merece ser vivida. Pero nadie nos explica cómo se hace eso en la práctica"

Sócrates decía que una vida sin examen no merece ser vivida. Pero nadie nos explica cómo se hace eso en la práctica. Nadie nos explica cómo se filosofa la vida o cómo se vive de forma filosófica.

La novela intenta responder a esa pregunta desde la aventura, el humor y el conflicto entre dos personajes que no se soportan pero que están obligados a colaborar. Porque la filosofía rara vez aparece en los momentos tranquilos de la vida. Casi siempre llega cuando algo se rompe.

La paradoja final

Durante la escritura tuve cada vez más claro algo que quizá sea la verdadera paradoja del libro. Salvar a Sócrates no consiste en impedir su muerte. Consiste en entender por qué estuvo dispuesto a morir. Porque la filosofía —cuando es auténtica— no es un conjunto de teorías. Es una forma de vivir. Y, en ocasiones, también una forma de morir.

Una novela para aprender a filosofar

Aunque Salvar a Sócrates es una novela de aventuras, también es, en el fondo, una invitación a aprender a filosofar.

Durante siglos la filosofía se ha enseñado como si fuera un museo de ideas: teorías, sistemas, autores, fechas. Pero Sócrates nunca escribió un libro ni fundó una escuela. Lo único que hacía era preguntar. Preguntar en serio. Preguntar hasta que las respuestas cómodas empiezan a resquebrajarse.

"El libro se parece un poco a esas historias en las que un joven descubre que la realidad es mucho más extraña de lo que parecía"

Por eso quise que el lector no solo leyera sobre filosofía, sino que la practicase. A lo largo de la novela los personajes se ven obligados a discutir qué es la verdad, qué significa vivir bien, por qué merece la pena defender ciertas ideas aunque tenga un precio.

En ese sentido, el libro se parece un poco a esas historias en las que un joven descubre que la realidad es mucho más extraña de lo que parecía: a veces llega una carta inesperada que cambia tu destino; otras veces descubres que los dioses antiguos siguen merodeando por el mundo. Porque la filosofía no es una asignatura polvorienta, sino una aventura intelectual. Harry Potter enseñó a millones de jóvenes a amar la magia; quizá ya es hora de que alguien les enseñara a amar la filosofía con la misma pasión. Porque el futuro de la democracia nos va en ello.

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Autor: Eduardo Infante. Título: Salvar a Sócrates. Editorial: Ariel. Venta: Todostuslibros.   

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Amanda Itzas
Amanda Itzas
1 día hace

Este artículo me ha gustado por cómo Eduardo Infante mezcla el rigor con el desparpajo, algo que no abunda. La pregunta de si salvar a Sócrates no sería en realidad lo peor que podría pasarle a la filosofía se queda dentro, igual que se queda una piedrecita en el zapato del alma.

Me ha gustado la Atenas que describe, no como un decorado de museo, sino como una ciudad viva, con polvo en las calles y discusiones en el ágora. Porque Sócrates, antes de ser estatua, fue un ciudadano incómodo. Y en esa incomodidad está la filosofía de verdad, la que no se estudia para un examen, sino la que se practica cuando nos atrevemos a pensar por nosotros mismos.

También me ha gustado la idea de convertir el daimonion socrático en un espíritu punk que irrumpe para fastidiar ciertas certezas demasiado cómodas. Porque la filosofía, cuando deja de incomodar, corre el riesgo de convertirse en adorno de salón. En este artículo aparece con humor y sin solemnidad, que es la manera más difícil y la más eficaz.

El acierto de esta propuesta, a mi modo de ver, está en convertir la filosofía en una aventura, no en una asignatura polvorienta. Un viaje que implica riesgo, duda, pérdida. La filosofía no es algo que se saca solo en los malos momentos; es una forma de estar en el mundo, una manera de mirar que no debería abandonarnos nunca. Y en estos tiempos, traer de vuelta a Sócrates me parece no solo una genial ocurrencia literaria, sino una necesidad ciudadana.

Me encanta que se apueste por enseñar a filosofar más que a repetir filosofía. Aprender a preguntar, a dudar, a mantener una conversación sin rendirse al eslogan puede que sea el mejor antídoto contra la pandemia de una estupidez satisfecha. Y si para eso hace falta un viaje en el tiempo, pues bienvenido sea.

Por cierto, ya tengo el libro en mi lista de próximas compras.