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Ganador y finalistas del concurso de relatos #historiasdeescritoras

Ganador y finalistas del concurso de relatos #historiasdeescritoras

Casi 1.000 relatos se han registrado en la primera edición del concurso de relatos #historiasdeescritorasdotado con 2.000 euros en premios y patrocinado por Iberdrola. Desde el 2 de marzo hasta el 22 de marzo, hemos recibido historias en las que nuestros recuerdos han cobrado el protagonismo desde todas las miradas posibles.

Javi Caballero Núñez, con Hasta el fondo, ha resultado ganador —con un premio de 1.000 €—; y Raquel Roldán, con En la orilla del mar de Plata, y Jesús Navarro Lahera, con El origen del monstruo, han sido los dos finalistas—han obtenido 500 € cada uno—.

El jurado ha estado formado por los escritores Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez. A continuación reproducimos el relato ganador y los dos finalistas.

*****

GANADOR

Título: Hasta el fondo

Autor: Javi Caballero Núñez

Soy Alejandra Pizarnik y esta es mi séptima nota de suicidio. La primera la escribí con diez años. Un género aparte, sobre el que empecé a construir mi identidad literaria, a la vez que cristalizaba mi personalidad límite. Fue el día en que mi madre, poniéndome junto a mi hermana delante del espejo del salón, me zarandeó con fuerza los brazos y me dijo, convencida, que le había salido defectuosa. Crecí escuchando los horrores de los campos de concentración, los rezos en ídish de mi padre y los tangos de Gardel. Me imaginaba que los nazis vendrían a buscarme cualquier noche, que mi madre les abría la puerta y les hablaba de mis crisis asmáticas y mi tartamudez mientras los otros asentían complacidos. Luego me enteré que nuestro vecino Arno había sido médico en el III Reich, y que había rehecho su vida como carnicero y astrólogo amateur.

¿Qué no dirán de mí? Trastornada, con tendencia a engordar, a la bisexualidad, incapaz de terminar nada: ni los estudios, ni la terapia psicoanalítica, ni las relaciones sentimentales; mujer. En la adolescencia fui adicta al Vauquita de Capuchino, y me salían granos por toda la cara, y me masturbaba compulsivamente con un calzador dorado mientras leía a Baudelaire y Rilke.

Me recordarán como la niña perdida, cuando en verdad soy la voz que se encuentra y se conoce a sí misma y se rebela contra la realidad adulterada. La puta que los parió. Lo inexplicable es cómo alguien puede ser normal en este mundo enfermizo.
Deberíais probar a haceros cortes en los brazos, o a hincharos de pastillas para adelgazar, o a escribir como si el lenguaje fuera un cuchillo y vuestro corazón un papel en llamas. Una vez, en París, vendí mi mejor poema por un piolincito rojo y una nube con forma de sandía. Ya veréis lo rápido que se convierten las víctimas en verdugos, según la Torá.

¿Quién entiende la existencia? Estoy tan cansada del porvenir. Desde hace tiempo no consigo mantener una conversación sin sentir el viento en las ventanas, la soledad de los semblantes y las lámparas, o que la tierra tiemble bajo mis pies en cuanto piso la vereda sombría. Últimamente sueño con cocodrilos y escolopendras, con chinchulines y anillos de compromiso. He conocido a muchos pintores y escritores que les pasaba lo mismo. Sin embargo a ellos se les permite desvariar, incendiar las alfombras, los estanques, cagarse en las palanganas y los descansillos, inventar anagramas y bombas atómicas; en cambio a nosotras se nos exige el mayor recato, o enseguida nos colocan la camisa de fuerza.

¿Cuántas cosas para obviar; a que sí? ¿Habéis entrado en un psiquiátrico alguna vez? Es como bucear en un charco de agua turbia y notar los pececillos nadando alrededor, y no saber si te viene el choque por encima o por debajo, y si lo que brilla al otro lado del cristal es la luz del sol o el silencio de las profundidades. Ya me gustaría poder conocer más. Aunque no sé si serviría de algo. Solamente quería encajar, pero me cansé. Y a pesar de que a menudo me convenzo de que las dictaduras interiores son reflejo del rechazo asimilado, el color ocre es el más difícil de extender sobre la superficie lisa.

Qué le vamos a hacer. Hoy las calles me parecen de mentira, como si las atravesara un relámpago artificial y me llevaran directamente hacia los paisajes de mi infancia. Debería asumir el desasosiego, pactar una tregua con el atardecer, romper las etiquetas, los informes, o renovar ese presentimiento estrambótico de que mi autoestima tampoco depende de mí. Quizá en el jardín botánico o en algún rincón de la Chacarita, los gorriones y las palomas se reúnan en este instante para quebrar sus alas, y, de un modo efectivo, se dediquen a importunar a los amantes y a los turistas. Hay tanta gente que me quiere y no me puede entender. ¿Dónde habré puesto la tiza? Con tantos cajones resulta imposible elegir.

Ahora que lo pienso, la única razón para quitarme la vida es la misma que los otros me dan para prorrogarla. Y todo porque me gustan los números redondos (y los tranvías), porque los compuestos me traen mala suerte (eso lo sé) y los decimales me recuerdan a animales mutilados, como los pollos y los chanchos que exhiben en los vidrios de las carnicerías. Cincuenta somníferos serán suficientes o no. No obstante, lo tengo decidido. Voy a quemar esta nota. En su lugar dejaré mi cuerpo vacío, habida cuenta que:

no quiero ir
nada más
que hasta el fondo

***

FINALISTAS

TítuloEn la orilla del mar de Plata

Autor: Raquel Roldán

En la orilla de Mar del Plata, la madrugada del 25 de octubre de 1938 parecía suspendida entre la bruma y el presentimiento. El mar respiraba hondo, como si supiera que esa noche no sería una más. Alfonsina Storni caminó hacia las olas con la serenidad de quien ya ha dialogado demasiado con sus propias sombras. El viento enredaba su cabello y traía ecos de sus versos, aquellos que desafiaron moldes y quemaron silencios.

Había amado con fiereza y escrito con una lucidez que incomodaba. Había puesto en palabras la herida y la rebeldía, la ternura y el filo. Pero también cargaba un cansancio hondo, un dolor físico que avanzaba como marea inevitable. Días antes, en un poema que parecía despedida, escribió: “Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame”. No era solo un ruego: era una rendición poética ante la fatiga del cuerpo y del alma.

Esa noche el mar no rugía; sus olas parecían extenderse como brazos antiguos. Alfonsina avanzó, paso a paso, mientras la ciudad dormía ajena a su decisión. No hubo dramatismo, sino una quietud casi sagrada. La espuma besó sus tobillos, luego sus rodillas; el horizonte se desdibujó en un gris suave. La luna, cómplice muda, temblaba sobre la superficie oscura.

Dicen que el mar la recibió con la misma intensidad con que ella había vivido. Que en el instante final no hubo estruendo, sino una fusión lenta entre carne y agua, entre mujer y eternidad. Su cuerpo se volvió silencio; su voz, marea.

Desde entonces, cada vez que el océano golpea la costa, parece recitarla. En la sal queda la memoria de aquella poeta que no aceptó límites y que, aun en su despedida, dejó un canto. Y cuando la bruma cae sobre la playa, el viento parece repetir su verso más íntimo, como si el mundo entero la arrullara al fin: “Voy a dormir…”

***

TítuloEl origen del monstruo

Autor: Jesús Navarro Lahera

Admito que he perdido el sueño muchas veces al leer el libro, y también que es posible que no crean lo que me dispongo a escribir. Sin embargo, y aunque suene extraño, puedo prometerles que todo ocurrió así en aquella noche fría y tormentosa en la que, tanto para mi satisfacción como para la de quien supuestamente lo creó, nació un monstruo que siempre será recordado.
Solo llevaba una semana trabajando en esa mansión de las afueras. Realizaba labores cómodas, entre ellas servir bebidas al grupo de aristocráticos bohemios que estaban pasando allí unos días. No obstante, aquella noche por la tormenta mis servicios habían acabado pronto, y cuando me disponía a quitarme el uniforme de camarero, entre el retumbar de los truenos, escuché retazos de una conversación que me pareció interesante.

—¿Entonces pensáis que es buena idea? —preguntó uno de los jóvenes que estaban alojados en la casa, seguramente el más rico de todos, a tenor de las vestimentas que llevaba esa noche y los días previos—. Perfecto, pues mañana a la hora de la comida compartimos lo que hayamos escrito.

—Una noche es muy poco tiempo —comentó otro.

—No será que tienes miedo a quedarte en blanco —dijo una de las dos chicas que completaban el grupo—. Y yo que creía que a los poetas no les pasaba eso.

Y entonces el cielo se iluminó por un relámpago y comenzó a caer un intenso aguacero, cuyo repiqueteo contra las paredes de la casa me impidió oír nada más. Pero la lluvia no evitó que ese grupo tan peculiar siguiera su tertulia en la terraza, donde estaban todos a resguardo del agua, y eso provocó que aumentaran mis ganas por averiguar de lo que hablaban.

Ya con mi ropa de calle, me dispuse a acercarme a hurtadillas hasta una de las ventanas desde las que podría escucharlos, y al ir a abrirla me pareció ver algo extraño en la calle. Al principio pensé que se trataba de un oso, porque era muy grande, y además me dio la impresión de que se escondía detrás de un árbol, aunque luego, y aguzando mucho la vista, me percaté de que se trataba de un hombre.
Juraría que iba ataviado con una capa que le cubría de los pies a la cabeza. Sus brazos eran muy largos, y aún más sus piernas, ya que de pronto echó a andar hacia la espesura del bosque y desapareció en unos segundos de mi vista. Y justo en ese instante el grupo de jóvenes entró en la casa.

Me agaché, y gracias a tener delante una mesa con utensilios de cocina no me vieron. A quien sí pude ver yo fue a una de las chicas, la que tenía la tez muy pálida, que, al dar las buenas noches al resto, y comentar que iba a beber un poco de agua, comprendí que se trataba de la misma que había dicho esa frase relativa al miedo.

—Recordad, historias oscuras y tenebrosas, que causen horror y espanto —escuché que decía uno de los jóvenes antes de marcharse con los demás a sus habitaciones.

Me quedé muy quieto, esperando que la chica que estaba en la cocina no sintiera mi presencia, pero me sorprendió mucho que, en lugar de ir a beber, se dirigiera a las escaleras que llevaban a la planta baja. Así que no lo dudé y me dispuse a seguirla, y me sorprendió que, tras abrir la puerta principal, saliera a la calle pese a la tormenta.

Reconozco que al asomarme fuera pensé que había perdido la cabeza. El viento arreciaba y la lluvia caía con fuerza, haciendo que no se viera con claridad, y que las ramas de los árboles se agitaran hasta dar la sensación de ir a romperse. Además, lo que más me extrañó, es que caminaba como ausente. Y de pronto se detuvo, miró hacia el bosque y echó a correr.

Entonces recordé al hombre enorme que había visto solo un rato antes. Se había ido justo por la zona en la que se había adentrado la chica, por lo que abrí la puerta y me lancé tras ella. Llegué a los árboles absolutamente empapado. El agua me corría por la cara. Aun así, y por muy oscuro que estaba, creí distinguir que algo se movía a unos metros, y, tratando de no hacer ruido, me acerqué. Hasta que la vi, justo delante de un destartalado cobertizo.

Recuerdo que traté de tragar y no pude al darme cuenta de que no estaba sola. A su lado se encontraba ese hombre enorme vestido con una capa, y además la agarró del brazo y ambos desaparecieron en el cobertizo.

No supe qué hacer. Esperé como unos veinte o treinta minutos, inmóvil bajo la lluvia. Y al final opté por aproximarme. Lo hice despacio, arrastrando los pies por el fango creado por la abundante agua que había caído, y me detuve cuando oí a la chica dar las gracias.

—A ti, por escucharme —dijo una voz muy bronca.

Y de pronto por la puerta salió a toda velocidad el hombre grande. No me vio, y se alejó corriendo, pero yo a él sí, y, más que su envergadura, lo que me heló la sangre fue su rostro cubierto de cicatrices.

Entré deprisa al cobertizo y me encontré a la chica, de pie, temblando, con el pelo revuelto. Sin pensármelo ni un segundo, fui hacia ella, la sostuve para que no se cayera y le pregunté qué le había pasado.

—No hable de esto con nadie —contestó de forma atolondrada.

—Pero ¿qué le ha hecho?

—Nada. Solo me ha contado una historia terrible. —Y luego se echó a llorar mientras balbuceaba—: Tengo que escribirla.

Entonces, no sé por qué, me reí, y ella me miró, boquiabierta, y le dije:

—Mi secreto tiene un precio, ¿señorita?

—Me llamo Mary. ¿Y usted?

—Seguro que no se olvidará de mi nombre —le respondí tendiéndole la mano—. Víctor, Víctor Frankenstein.

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Ana
Ana
1 día hace

Enhorabuena al ganador y los dos segundos premios 🙂 🙂