En La balada del café triste (1951), de la gran Carson McCullers, miss Amelia, la propietaria del mísero establecimiento aludido en el título, nos es descrita por la autora, textualmente, como “una virago”. Entre sus excentricidades, sobresale la utilización de una vieja casulla del Ku Klux Klan como parte de sus útiles domésticos y de su relación con el entorno: el café, la casa, las plantas. Esa imagen de Amelia, dando un nuevo uso al hábito de esta organización terrorista, asesinos seculares a los que Thomas Dixon —The Clansman (1905)— y Margaret Mitchell —Lo que el viento se llevó (1936)—, llamaron, respectivamente, “nuestra gente” y “caballeros del Sur”, bien podría ser la ilustración perfecta de un artículo donde se explicase en qué consiste el Gótico Sureño.
Es difícil aseverar, afirmar categóricamente cuándo nacen los géneros literarios. Pero si hay una novela que se aproxima mucho al feliz alumbramiento del Gótico Sureño —que a veces, amén de a lo macabro, también alude a lo sobrenatural—, esa es Santuario (1931), de William Faulkner. Ambivalente, polisémica, como las grandes ficciones, la experiencia de Temple Drake, su protagonista, puede leerse como una novela negra brutal —crimen, corrupción, amoralidad—, pero, al estar ambientada en Yoknapatawpha —trasunto de Lafayette, Misisipi— y transitar por sus páginas la impotencia de Popeye —empero violador de Temple con una mazorca de maíz—, la abominación del legado familiar y la decadencia y podredumbre que rezuma todo el relato, Santuario bien podría ser la primera manifestación del gótico sureño alzado contra la novelística de la Lost Cause y la nostalgia de la señorita de la plantación.
De lo que no hay duda es de que Flannery O’Connor fue, junto a Faulkner, el otro gran pilar sobre el que se alzó todo el gótico sureño. De vida breve, nació en Savannah (Georgia) en 1925, un 25 de marzo como el de hoy, y murió 39 años después. De vida breve, pero de voz grave y profunda, su historia continúa. Aún sigue en el aire la respuesta a la pregunta que sus lectores se vienen formulando desde que en 2010 comenzó a publicarse su producción epistolar, mucho más numerosa que su obra narrativa. Maestra del relato corto, sus 32 historias breves fueron reunidas en dos colecciones —Un hombre bueno es difícil de encontrar (1955) y la póstuma Todo lo que sube debe converger (1965)— frente a un par de novelas —Sangre sabia (1952) y Los violentos lo arrebatan (1960)—. Fue cultivadora de lo que ella llamaba “el realismo de lo grotesco”, o “realismo cristiano”, a decir de otros autores, habida cuenta de la importancia que tiene la gracia —el don divino— en una autora que era católica en un territorio donde lo normal es ser protestante.
De una u otra manera, la prosa de O’ Connor es totalmente ajena a lo que suele entenderse como “bonito”. Si los autores solo escribieran para referirnos lo bonito o entretenernos, su obra nos resultaría tan insignificante como lo son, al cabo de unos segundos, todas esas cosas que se cruzan en nuestros días para hacernos gracia un instante porque son bonitas, pero que olvidamos sin pena ni gloria con la siguiente preciosidad. A los que amamos el gótico sureño nos gusta que sus páginas nos conmuevan en lo más íntimo de nuestro ser, que nos remuevan la conciencia y nos dejen temblando. Las de Faulkner y las de O’Connor lo hacen de diferente forma. Él imaginaba el racismo como una tragedia griega, algo inevitable y triste que corrompía la nobleza del Sur; para ella, ardiente admiradora de Faulkner, la discriminación se le antojaba una ignominia, que había servido de base a una construcción llena de mentiras. Flannery no sentía ninguna nostalgia por el viejo Dixie. Faulkner lamenta lo que el racismo y la esclavitud hicieron al Sur; O’Connor nos habla de lo vergonzoso que fue creerse superior por motivos raciales en aquel Sur.
Ahora bien, en su vida privada, uno y otro eran dos personas de un tiempo en que un tanto por ciento muy elevado de los caucásicos, y caucásicas, eran racistas. No violentos como los caballeros del Sur, pero, en líneas generales, sí supremacistas. Desde que en 2010 empezó a publicarse la correspondencia de O’Connor, hay toda una controversia en torno a su figura que llega hasta hoy, en que conmemoramos su nacimiento. En sus cartas más íntimas no faltan epítetos racistas. Llega a declararse “segregacionista por instinto” y, en el mejor de los casos, se muestra condescendiente con los progresistas del Norte y los afroamericanos sureños que abogan por la integración.
Para una católica practicante como lo fue la escritora, esto debió de suponerle un auténtico problema. Para los católicos, el racismo es un pecado de orgullo —variación de la soberbia, uno de los siete capitales—, puesto que es creerse superior a los demás. Ahora bien, para el mero lector de Flannery O’Connor que en su obra condene ese mismo racismo en el que ella, como pecadora, caía en su intimidad, es algo que la honra. Todo un propósito de enmienda, una muestra de buena voluntad que superó el pasado con vistas a la posteridad. Si decimos que las obras no deben verse condenadas por la actividad personal de sus autores, qué no diremos en conmemoración de una escritoras cuya narrativa conmueve y enmienda su intimidad. Que Dios la tenga en su gloria, puesto que Flannery O’Connor creía en Dios.


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