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Una cosecha por siglo

Una cosecha por siglo

Al principio hubo un parque que no era tal. Paisley Park fue a su vez santuario y complejo residencial de Prince Rogers Nelson (Minneapolis, 1958 – Chanhassen, 2016). En sus entrañas todavía alberga un dotadísimo estudio de grabación —al parecer también uno en miniatura en cada rincón del edificio, nunca se sabe dónde le pillará a uno la tríada inspiracional de Erato, Calíope o Euterpe— y un secreto a voces que tras la muerte de Prince ha salido a la luz: en una de las cámaras del edificio a las afueras de Minneapolis se encuentra The Vault (La Bóveda), un recinto donde se estimaba que contenía a la sazón miles de canciones inéditas (alrededor de ocho mil, según algunos informes), incluyendo maquetas, álbumes completos, grabaciones en vivo y vídeos. Se sabe que tras la fatídica muerte de Prince en uno de los ascensores de sus instalaciones por sobredosis de fentanilo usado como analgésico, el material fue trasladado a un almacén de alta seguridad en Los Ángeles llamado con el oscarizable nombre de Iron Mountain para su catalogación y digitalización. De las pesquisas de todos aquellos archivos, en 2020 se reeditó una caja conmemorativa de la aparición de Sign O’ The Times (1987), el que tal vez sea el mejor álbum de Prince, que incluía algún extra que la compañía pudo rescatar de aquel tesoro almacenado: ese algún acabó siendo el montante de sesenta y tres temas que no estaban en el doble disco de la época, casi cuatro veces más que las canciones del original. Cuando Nick Hornby (Maidenhead, 1957) cayó en la cuenta de que la obra original era tan sólo la punta del iceberg, se hizo la pregunta que da pie a este risueño, completo, enjundioso, lúdico y profundo, amén que apasionante, ensayo bifronte: “¿Quién más había producido tanto?”. La respuesta consideraba tanta prolificidad en un único nombre, el de su paisano Charles John Huffam Dickens, también conocido como Charles Dickens (Landport, 1812 – Gads Hill Place, 1870).

"Nunca viene mal señalar los límites, destacar jerarquías y rendirse a la evidencia: genio como el suyo mostrará siempre su escasez. Hornby los llama Mi Gente"

Tampoco se necesitan demasiadas excusas para afrontar un análisis detallado de dos de las grandes figuras que ha dado el arte en cualquier disciplina, pero uno puede por menos que congratularse (ponerse ojiplático sería lo acertado) cuando un escritor de fresca afinación pop decide emprender una investigación paralela para tratar de entender lo que trae el libro como subtítulo: dónde reside ese tipo de genio tan particular, el que asiste a ambos creadores. Es entonces cuando aparecen paralelismos, curiosidades, concomitancias y azares que emparentan a Dickens y Prince a pesar de las docenas de años que separan sus vidas y sus obras, más que nunca bien llamadas producciones. El asunto, como se verá, va de producir, en efecto. De producir y no sucumbir. También de reinventarse y, por qué no, de dejar entornada la puerta de la eternidad, para que sean otros quienes la abran de par en par cuando la necesidad del genio tan especial apremie y se haga obligatoria su visita a fin de poner un poco de orden en el mundo. Nunca viene mal señalar los límites, destacar jerarquías y rendirse a la evidencia: genio como el suyo mostrará siempre su escasez. Hornby los llama Mi Gente. Se trata de aquellas personas en las que él ha pensado mucho a lo largo de los años, los artistas que le han moldeado, inspirado y hecho reflexionar sobre su propio trabajo. Y sí, Quevedo tenía razón en aquel soneto inmortal:

Vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

"Hornby ya les lleva una década de ventaja desde que Dickens y Prince dejaron esta parte de la existencia que no conoce lo táctil, como diría Javier Marías, él más de Dickens que de Prince, pero igualmente genial e ingenioso"

¿Qué sería de nosotros si estos genios no poblaran el sueño de la vida con sus sueños? No cabe duda de que hubo pesadillas que nublaron los días de ambos artistas. De vivir casi en la indigencia pasaron a ser abandonados en la tierna infancia, haciendo por labrarse un futuro en el que parecía no caber nada que no viniera de sus empeños y voluntades. Un yo-mí-me-conmigo que no le gustó a buena parte de la industria que se nutría de sus trabajos y prosperaba gracias a priorizar las ganancias sobre la creatividad, siempre a costa de la ingente cantidad de esfuerzo de cada uno de los genios, cada cual en sus siglos. Los agravios sufridos les hicieron avivar el seso, y uno y otro hicieron lo posible por adueñarse de sus carreras y su destino, ya fuera escribiendo a destajo en el caso de Dickens (quince novelas, muchas de ellas con entregas superpuestas, cuentos, textos periodísticos, obras de teatro y multitud de correspondencia, lecturas al otro lado del Atlántico, control editorial, dirección de revistas, actuaciones, viajes, mantenencia de una vida familiar caótica con innumerables hijos…); o convirtiéndose en símbolo en el caso de Prince (treinta y nueve discos oficiales, conciertos por doquier, discográfica propia, agrupaciones paralelas, luchas intestinas por hacerse con el control de sus derechos de autor, amantes por doquier, carrera cinematográfica, producciones infinitas, y aquello que decía Eric Clapton —Dios— cuando le preguntaban lo que sentía siendo el mejor guitarrista de todos los tiempos: “Eso pregúntenselo a Prince”).

Nick Hornby ya les lleva una década de ventaja desde que Dickens y Prince dejaron esta parte de la existencia que no conoce lo táctil, como diría Javier Marías, él más de Dickens que de Prince, pero igualmente genial e ingenioso. Ni el autor de Oliver Twist (1838) ni el de Purple Rain (1984), con siglo y medio de diferencia, consiguieron cumplir sesenta años, se fueron con cincuenta y ocho. Su estela, en cambio, no ha parado de crecer, lo mismo que el alcance de su legado, todavía en marcha en el caso del genio de Minneapolis. Todo en sus vidas fue espectáculo, amaron mucho, fueron tan prolíficos que no tuvieron tiempo de ser perfeccionistas, pero rozaron en muchas ocasiones lo sublime. Hoy son referentes culturales de insoslayable presencia en cualquier compendio sobre el genio que se precie. Un tipo de genio muy particular, como apunta Nick Hornby, tan entusiasta como simpático, para quien Dickens y Prince siempre serán parte de su gente. Al igual que para el autor de Alta fidelidad, también para la gran mayoría de nosotros. Qué suerte haber coincidido en el tiempo al menos con uno de ellos. Y qué suerte que haya sido Hornby, otro genio harto peculiar, quien inesperadamente se haya encargado de hermanarlos. Ha traído a nosotros su reino y lo ha hecho a su entera voluntad. Amén a eso.

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Autor: Nick Hornby. Título: Dickens y Prince: Un tipo de genio muy particular. Traducción: Jesús Zulaika. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.

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