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5 de abril de 1936: Indalecio Prieto lo tiene claro

5 de abril de 1936: Indalecio Prieto lo tiene claro

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Domingo, 5 de abril de 1936: Indalecio Prieto lo tiene claro

Uff, no os podéis imaginar cómo están las cosas en el Partido. Hoy mismo hay mitin en Las Ventas para presentar este monstruo unificado de las Juventudes Socialistas y Comunistas que lidera Santiago Carrillo. Han llenado hasta la bandera. Y allí estaba Largo Caballero apadrinándolos, por supuesto. Es un éxito del hijo de Wenceslao, después de su viajecito a Moscú. El chico, por mal que me caiga, es listo y dará que hablar. Pero vayamos con lo nuestro. Yo, Manolo —se refería a Azaña—, y perdona la familiaridad, ya que estamos en petit comité, te digo que hay que destituir como sea a don Niceto. Todos hemos visto cómo se encona. Está deseando disolver estas Cortes y acabar con tu Gobierno. Si aún no se atreve es porque es medroso y anda bajo shock tras lo sucedido con Portela, pero déjale que vaya cogiendo confianza, y verás… Está buscando la confrontación, un conflicto, un motivo, el que sea, para darse ánimos. En cuanto pueda te apartará del poder como apartó a Gil-Robles, sin razón ninguna, y antes que él a Lerroux, so pretexto del escándalo del estraperlo. Él no te traga, y tampoco al Frente Popular. Nos la va a jugar. Y hay que evitarlo a toda costa. Tenemos que anticiparnos.

Don Inda exagera en la expresión, como siempre, pero en el fondo tiene razón —dijo Casares Quiroga.

"Sabes que eso no durará. Manolo, no te engañes. Es ahora o nunca"

—¡Hombre que si la tengo!

El grupo se había reunido en un conocido restaurante del centro de Madrid, en un discreto reservado. El objetivo era convencer a Manuel Azaña. Pero el republicano seguía comiendo su entrecot sin darse por aludido. Cortaba cada cachito meticulosamente, y no se dejaba llevar por esa efusión volcánica y cautivadora de Indalecio Prieto. El socialista devoraba el suculento chuletón de buey a una velocidad increíble, entre copa de vino y copa de vino y mediando esa servilleta con que de vez en cuando se limpiaba la boca.

—Sin embargo, cuando fui el viernes a su casa a que me firmara unos decretos —apuntó Azaña—, estuvo más suave de lo habitual. Él mismo ha dicho a sus conocidos que todo ha ido muy bien y que su relación conmigo está entrando en una fase de cordialidad prometedora.

—¡Bah! —exclamó Prieto—. Está disimulando. Sabes que eso no durará. Manolo, no te engañes. Es ahora o nunca. Hay dos caminos. O echamos mano del artículo 82 de la Constitución, que permite censurar al presidente con las tres quintas partes del Congreso. Pero visto que las derechas se defienden como gato panza arriba, y que don Niceto les está echando una mano, porque ve por dónde van los tiros, no alcanzaremos el quorum. El otro camino es el artículo 81: considerar que la disolución de las Cortes constituyentes fue la primera disolución bajo su mandato, cosa que nuestros juristas pueden defender. Luego declaramos que la disolución para la convocatoria de las elecciones, siendo la segunda, fue improcedente, con el apoyo de lo dicho en campaña por Gil-Robles, y listos. ¿Qué me dices?

Indalecio Prieto, con ojos chispeantes por el vino, buscaba un asentimiento, una sonrisa, algo que indicara la anuencia de Azaña. Pero el republicano, como buen sieso, se mantuvo impasible.

—Es algo que no se puede decidir así como así —dijo, cogiendo la copa de vino por primera vez—. Debo consultarlo con la almohada.

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