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El adiós de los perros, de Inés González

El adiós de los perros, de Inés González

Esta novela se desarrolla en una aldea cubierta de agua, es decir, en un paisaje suspendido entre lo real y lo onírico. En ese espacio, donde la naturaleza es frontera y amenaza, los cuerpos empiezan a cambiar, las mentes se quiebran y la verdad se vuelve un territorio resbaladizo.

En Zenda ofrecemos el arranque de El adiós de los perros (Velasco), de Inés González.

***

1

Los quince

Parecía que un olor en Montoneras había espantado a los perros.

Los nuevos pobladores eran más de perros que de felinos, y algunos pidieron llevarlos a la expedición. Se decía que, en las primeras semanas de la refundación, los que no murieron por causas «naturales» se marcharon de forma inexplicable hasta solo quedar Negro: un enorme guardián de pelo azabache con una estrella blanca entre los ambarinos y vivaces ojos. Ahora, como último ejemplar de su especie, le tocaba cumplir el papel de mascota sumisa en aquel pueblo otrora vaciado; la única a la que acariciar y con quien jugar y solazarse, además de darle a oler rastros y así aprovechar sus más de doscientos millones de receptores olfativos apiñados en una fría nariz.

Arturo lo acogió un poco reticente, sin saber que en breve perdería de facto los derechos sobre él. Ya no iba a ser su compañero, sino el de todos, menos de Lucía, la Fundadora, pues desde niña los perros le producían un pánico irracional. El grupo pensaba que quizá la había atacado alguno. Notaron que no quería hablar de eso, que la incomodaba sobremanera. Tal vez esperaba un momento propicio para contarlo. Podría ser en una de las veladas nocturnas, en una de esas noches cuando, reunidos, solían ponerse sentimentales, cantar y recordar historias alrededor de un fuego. Entonces sí, se sentiría en confianza y les revelaría el origen de esa fobia y la consiguiente adquisición del coraje y gran fuerza que la empujó a ser fundadora de ese proyecto redentor del que estaban tan agradecidos.

Los quince llegaron en primavera de la mano de ella. Escogieron las mejores casas de entre las ruinas, las que aún podrían ser habitables luego de pequeñas reparaciones. Con Lucía sumaron dieciséis. Era Montoneras uno de esos villorrios de la España vacía, abandonado a mediados del siglo XX, cuando el régimen de hierro desalojó poblaciones sitas en valles inundables para acometer la construcción de los embalses del progreso. En pro del bien común, sus edificaciones quedaron bajo pantanos y los nombres de sus residentes escritos en listas de futuros espectros. Otros tantos poblados se anegaron solo en parte, debido a su orografía. Fue ese el caso de Montoneras, cuyo extremo oriental se había salvado del alcance de las aguas civilizatorias. Se trataba del área de la plaza y la iglesia, ya algo ruinosas, y de unas tres calles más, con casas relativamente recuperables, antaño moradas de tranquilas vidas rurales, como en todos los puebluchos que cayeron en el olvido al separarse del mundo por kilómetros de vías invadidas por la vegetación y los derrumbes.

Lucía tuvo que revisar meses antes, concienzudamente, los mapas y todas las referencias posibles. Incluso hacer varias expediciones al lugar para asegurarse de cada detalle. Quiso garantizar un buen aislamiento respecto de los centros urbanos, principal condición de su proyecto de ocupación. El hecho de que no fuera un sitio de paso obligado fue una ventaja: solo quien se dirigiera allí atravesaría sus caminos. La aldea más próxima era Encinar, a media hora andando, de la que, al principio, los quince nada sabían.

A su arribo, se congregaron frente a la zona anegada. Arturo caminó con cautela en dirección a la orilla, seguido por Negro. Al acercar la nariz, su mueca fue de desagrado:

—Con tanta agua mala, aquí van a pasar cosas. ¡Vaya!

—No es más que agua —afirmó Lucía tratando de quitarle importancia.

El resto olió con repelús la franja mojada, donde era más intenso el efluvio de la inundación. A Lucía la alcanzó un escalofrío, como siempre que se encontraba cerca de los perros, y dio dos pasos vacilantes hacia atrás.

Arturo y los demás admitieron que Montoneras apestaba a muerto, que era cosa de tiempo que la proximidad de esa ciénaga les trajera consecuencias nefastas. Él y Negro se miraron, y el hombre sintió que su compañero tenía razón: tendrían que largarse de allí lo antes posible.

[…]

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Autor: Inés González. Título: El adiós de los perros. Editorial: Velasco. Venta: Todos tus libros.

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