Super Mario Galaxy demuestra que las cotas alcanzadas por La Legopelícula en 2014 son difíciles de repetir. Sus directores fueron Phil Lord y Chris Miller, dúo creativo que ahora mismo está en cartelera con la también brillante aventura en imagen real Proyecto Salvación, otro tipo de adaptación, en este caso literaria, pero que apunta igualmente a los kidults de la generación Z con múltiples niveles de uso y disfrute. Lo decimos porque la segunda entrega del fontanero de Nintendo (ahora despojado de todo italianismo, por si alguien se ofende) es la típica película que ni siquiera lo intenta, un show destinado a generar y extender franquicia, típico por otra parte de Illumination Studios, responsables de funcionariales y exitosísimos films de la saga Mi villano favorito, y creadores, como ellos mismos se encargan de resaltar hasta la extenuación, de los muy rentables minions.
Seguramente los asesores de Universal Studios, Illumination y Nintendo tengan parte de razón, pero condenan a la intrascendencia un film derivativo, que confunde las monerías de sus personajes con el sentido del humor y la histeria con la aventura. Hace pocas semanas Hoppers, de Disney/Pixar, demostró la preponderancia técnica y narrativa del estudio a la hora de diseñar un film con al menos dos o tres niveles de interpretación y disfrute, extremo que los franceses creadores de Gru: Mi villano favorito desestiman desde un principio. El resultado es una aventura donde el Super Mario titular parece un secundario en su propia película, donde se renuncia a captar la atención de todo público que no sea el infantil y en el que no hay ni un solo instante perdurable.
Nada nuevo en el estudio creado por Chris Meledandri, pero una mala noticia en cuanto al universo cinematográfico Nintendo que planea la compañía nipona, y que incluiría títulos tan esperados como The Legend of Zelda o Starwing. Un más que probable despliegue de IP que parece no querer arriesgarse a perder taquilla en pos de, simplemente, el mínimo común denominador de una película capaz de defenderse como tal.
El film de Aaron Horvath y Michael Jelenic, sin embargo, no es del todo desdeñable en sus intentos por restituir como personaje a Bowser (Jack Black), el villano de la anterior entrega, o entregar un show visual bonito y colorista, evidentemente atractivo y que llama al videojuego. Una pena que la oportunidad de entregar una aventura a lo John Carter de Edward Rice Burroughs con el fontanero de Nintendo se haya dejado pasar para vender Happy Meals, cosa que tenía garantizada de todas formas.


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