Eres el más invisible de todos los seres que se pueden tocar. Alzo mi mano dentro de tu cuerpo. Puedo palpar todos tus órganos mientras tú te lanzas sobre los campos, los exaltas, los inclinas, los pules, los limpias, los peinas y enloqueces. A todos nos sacas de nuestra norma: los trigales danzan, los olivos se quejan, las rocas se mueven o, al menos, se descascarillan.
El viento hace cabalgar a los trigales sobre ejércitos de ondas que destellan verdes instaurando otro orden de belleza: la luz en movimiento como lomos de delfines que aparecen en la superficie del mar y se sumergen.
El viento es evangelio furioso y siempre trae noticias de cambio. El viento del Norte nos obliga a mirar hacia el Sur. El viento del Oeste nos empuja a tomar el camino del Este. Es el mensajero de las borrascas en los días más claros y la última batida de la tormenta antes de que venga la calma. Es el gran rebelde del ritmo de la Tierra, capaz, en un solo día, de convertir la primavera en invierno y el verano en el más despiadado de los otoños.
Pero también es un mensajero sutil. Recuerdo el día en que caminé hasta una montaña en busca de mi nombre, no el que recibí de mis padres, sino aquel que solo la Tierra quería para mí. Dormí al pie de aquella mole de cuarzo, oro y wolframio y soñé con las palabras que me correspondían. Al despertar, me incorporé y le pregunté al triángulo de la cumbre, iluminado por el amanecer, si el nombre que había recibido era cierto. Entonces, desde el regazo de la montaña, se levantó un soplo de viento, leve y poderoso, que vino a buscarme y me empujó en la espalda. Un solo toque afirmativo, que dejó su mensaje en mi conciencia.
El viento es la exhalación de la Tierra y dentro de él vuela el sentido de todas las palabras que necesitan una boca para pronunciarlas, unas manos para escribirlas. Dos de ellas se originaron directamente en el viento: espíritu, del latín spirare, y alma, de anima, el soplo vital que entregamos a la muerte a cambio de entrar en ella, alma, ánemos en griego, viento, y más allá, en indoeuropeo, an(ǝ), respirar.
En esta tarde de viento, su velocidad me enseña que no hay diferencia alguna entre la respiración y el espíritu y que confundimos lo invisible con lo inexistente. El viento sopla fuerte para hablarnos. Para hacer oír a los sordos. Para ensordecer a los que no escuchan. Todo lo penetra. Pero, como todo misterio, no viene del exterior sino del interior del mundo.
A veces, como mis oídos se taponan por la cera de mis pensamientos, el viento dibuja para mí una nube en el cielo: es un búho con las alas abiertas y que me invita a saber, sapere aude, antes de marcharme.
Antes de marcharme, el viento respira mi nombre.


Hace unos días fui a la ciudad. A la salida, paré en un semáforo -el último del casco urbano- desde donde se veía una llanada de campos en flor. En la lontananza, el ocaso pintaba las lomas en tonos oscuros. El disco rojo podía haber durado diez minutos y ni me hubiera inmutado. Lo más impresionante era el cielo. El viento empujaba densos cúmulos de nubes como quien ve pasar la vida en un momento. Un viento inexorable, casi azotante, como si la Naturaleza entendiera que es tiempo de la Pasión de su Divino Autor y quisiera recordar a los mortales capaces de asombrarse: “Mira, así pasa todo”.
Qué maravilla de artículo, este de Ernesto Pérez Zúñiga. ¡Me ha encantado!
Y qué gozada leer a John y su anécdota en el semáforo, esa pausa en medio del asfalto para mirar el cielo. Porque el viento, en efecto, es ni más ni menos que la naturaleza recordándonos que estamos vivos, que el tiempo pasa y que merece la pena pararse a sentirlo en la cara.
Yo lo sufro muy a menudo, lo confieso. En mis salidas y mis rutas de ciclismo de carretera con mi grupeta, cuando el cierzo se vuelve caprichoso y nos toca pedalear de cara durante kilómetros y kilómetros. Y lo peor no es que empuje, que eso sería lo guay, sino que a veces nos entorpece tanto la ida como la vuelta, como si hubiera decidido jugar sucio contra nosotros. En una misma ruta puede, perfectamente, pasar de una brisa agradable a un muro de aire que no nos da tregua, cambiante, imprevisible, casi burlón. Pero no me quejo, es la vida. Y la vida, como el viento, no siempre sopla a favor. Aunque a veces, cuando menos lo esperas, te empuja en la espalda y ayuda.
John lo ha descrito de una manera preciosa. Ese viento que empuja densos cúmulos de nubes como quien ve pasar la vida en un momento es una imagen que se me queda grabada. Porque el viento, cuando sopla de verdad, no es solo aire, es tiempo hecho movimiento, es la urgencia de lo que no espera. Y también, a veces, una caricia. O una advertencia.
Me viene ahora a la memoria aquel verso de Dámaso Alonso, de su libro «Hijos de la ira», que dice: «El viento, la forma pura». Es un verso breve, casi una exhalación, pero que lo dice todo. El viento no tiene cuerpo, no se ve, no se toca, y sin embargo todo lo modela. Es pura forma, pura fuerza que se vuelve gesto, casi como la vida, que a veces solo se reconoce en lo que transforma a su paso.
Gracias a los dos por recordármelo y les mando un saludo de aire sano.
Gracias por sus palabras, Amanda. Ese pedalear con el viento de cara es otra forma de navegar contra corriente. Siempre se asocia al rebelde prefabricado que lleva la contraria a la mayoría o a lo establecido, pero yo le veo más analogía con las personas comunes que siguen adelante, a veces tras despeñarse, y con corazón de sobra para levantarse -sin aspavientos- con el alma llena de cardenales y soltarte un “Casi me cargo el suelo”. Acuérdese de esos molinos, que verá a buen seguro en sus correrías rodantes, que se mueven junto a otros que están detenidos. No quejarse, qué señal de que puedes andar mucho, y aún tirar de otros. Qué curioso que el corazón sea la base de la forma física.
Lo de las formas puras me encanta. ¿Es también Aristóteles?
Un saludo.
¡Qué genial la vuelta que le da a lo del viento de cara, John! Que ‘no solo es cosa de rebeldes, sino de gente común que sigue adelante sin hacer ruido, con el alma llena de cardenales y aún así con fuerza para tirar de otros’. Con sus palabras ha resumido muy bien toda una filosofía de vida.
Sí, claro que veo molinos y muy a menudo. Vivo en una zona de cierzo pertinaz y por donde salgo a rodar hay decenas de aerogeneradores, gigantes, blancos, casi siempre en movimiento. Cada vez que los veo girar no puedo evitar acordarme de don Quijote y Sancho, aunque estos molinos no sean de aspas de tela, sino de tecnología punta. Y es que la imagen permanece, la lucha entre la realidad y la imaginación, entre el viento y la voluntad. Don Quijote también iba contra el viento, aunque no lo supiera directamente.
Y sobre las «formas puras», me alegra que le haya gustado. Es cosecha mía, no de Aristóteles. Aunque el Estagirita tenía mucho que decir sobre la forma y la materia, en este caso la ocurrencia fue al calor del artículo y del verso de Dámaso Alonso. Así que gracias por el cumplido. A veces las mejores ideas surgen sin pretenderlo, como una ráfaga.
Saludos.
Nada que agradecer. No hay mérito en ser agradable con personas agradables.
Saludos.