Déjate mirar por los ojos de un ciervo. Quien lo hace recibe un regalo negro, untuoso, lleno de vida y también de extrema atención. Lo llamamos alarma, pero es un abismo que despierta, y donde se concentra en un instante radical la fuente de la vida con el aviso de la muerte.
Ellos son el silencio de una delicadeza extremadamente consistente. Son el silencio de carne, la vibración de la quietud, mientras pastan en la orilla del bosque o, al margen de una empalizada de matorrales, buscando el cereal silvestre. Apenas se mueven para comer. La cabeza, pegada al suelo, se eleva de cuando en cuando para vigilar. Solo cuando han terminado de raspar la hierba se desplazan a un lugar mejor, pacíficos, elegantes, sutiles, un animal perfecto para el mundo, grácil y poderoso, y quizá por eso apetecible.
Hay un deseo feroz de ciervos que recorre a distintas especies animales: el lobo, el oso, el coyote, el zorro, el águila, el humano. Iba a escribir: “los hombres”, pero también hay mujeres cazadoras. Los humanos, por tanto, es una expresión correcta. Y es significativo vernos como especie desde esta perspectiva, en la lista de los depredadores más peligrosos para los ciervos. No el caballo, el elefante, ni siquiera la serpiente o la iguana. El lobo, el oso, el coyote, el zorro, el águila.
Buscan las crías o los ejemplares enfermos, más fáciles de cazar. Los humanos prefieren los adultos, de grandes cornamentas, no solo porque sirven para adornar esos salones que parecen osarios, sino porque tienen rifles sofisticados para matar a mucha distancia, cómodamente agazapados, y sin lucha.
El resto de las especies debe, en una carrera desesperada, morder las patas para derribar al ciervo en su poderosa huida, dentellearle en ese trasero blanco que se respinga, desestabilizarlo, hincar los colmillos en la garganta, sentir la sangre saltar sobre la lengua, el latido del corazón en la vena que ya se está desbordando en la boca ajena.
Como en una ceremonia de expiación donde la belleza se ha ofrecido a ser devorada por el mero hecho de que su perfección y su bondad es un alimento magnético.
Yo me dejo mirar por los ojos del ciervo. Entro en el interior de esa espesura negra donde sucede el milagro de la luz: el cielo alto, las montañas violáceas, el bosque rojo. Me alimento, sí, de luz verde y dura, en compañía de mis hermanos o mis padres. Convierto lo vegetal en animal, también comiendo los brotes tiernos de las ramas más bajas de los árboles. Soy una forma caminante del árbol y así vendrá mi cornamenta.
Sé que si los mayores levantan la cabeza también yo debo hacerlo para huir a la espesura con toda la potencia de mi salto.
Por ahora solo siento algo que me observa, algo que no sé si es sonido indiferente o comprensión amenazante, el crujido antes del ataque o la tibia paz de aquellos que saben compartir los espacios.
Y siento el vaivén entre la armonía y su desajuste. Entre la extrema conexión con lo real y la ignorancia de los que no perciben lo real.
Y de repente hacen tanto ruido, gritan tanto, que tenemos que adentrarnos otra vez, a la mayor velocidad posible, dentro del bosque.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: