Siempre he creído —y ahora lo afirmo con la serenidad que concede el tiempo— que hay libros que nacen dos veces. Una, cuando el autor los escribe con la torpeza, el entusiasmo y la obstinación de quien aún no sabe si será escuchado. Otra, cuando los años, ese juez silencioso, deciden si esas páginas merecen seguir respirando. Cinco semanas en globo, que publiqué el 31 de enero de 1863, pertenece, me atrevo a decir, a esa segunda categoría. En ella no sólo comenzó mi oficio: comenzó también mi manera de mirar el mundo.
Yo no era entonces el escritor que algunos creen conocer, sino un joven inquieto, con más ambición que certezas, atrapado entre números de bolsa y pequeñas preocupaciones domésticas. Escribí aquella novela sin haber ascendido jamás en un globo. Pero eso, lejos de parecerme una desventaja, confirmaba algo que ya intuía: la literatura, como el amor o la guerra, no exige experiencia, sino mirada. Y yo miraba con avidez. Miraba los mapas, las crónicas de viaje, las noticias científicas. Miraba, sobre todo, ese vasto espacio en blanco que aún persistía en los mapas de África, como una promesa.
No fue fácil. Mi manuscrito fue rechazado. Lo fue con esa cortesía seca que es, en el fondo, una forma de indiferencia. Hasta que un día llamé a la puerta de Pierre-Jules Hetzel. No sabría decir si fue la fortuna o la insistencia lo que me llevó hasta él. Sé, en cambio, lo que ocurrió después: leyó mis páginas, las corrigió con rigor, las despojó de ingenuidades innecesarias y me obligó —bendita exigencia— a escribir mejor de lo que yo mismo creía posible. No buscaba sólo un autor: buscaba una literatura nueva, capaz de instruir y de entretener sin renunciar a ninguna de las dos cosas. Y en esa empresa encontré, sin haberlo previsto, mi lugar.
El éxito llegó pronto. Demasiado pronto, tal vez. Pero no es el éxito lo que me interesa recordar, sino lo que había dentro de aquellas páginas. Allí están ya las figuras que habrían de acompañarme durante años: el sabio obstinado, el amigo que duda, el criado fiel. Tres hombres lanzados a atravesar un continente que, para nosotros, no era todavía un territorio, sino un enigma.
Porque en 1863 África no era un mapa, sino una suma de fragmentos. Los nombres de Burton, Speke o Barth resonaban como los de exploradores que avanzaban hacia lo desconocido. Yo decidí no seguir sus pasos, sino elevarlos. En lugar de hacer caminar a mis personajes, los hice volar. No fue un capricho: fue una necesidad. Desde el aire, el mundo se ordena, se revela, se convierte en relato.
El Victoria, mi globo, no fue nunca un simple artefacto. Fue, si se me permite la expresión, una idea en movimiento. La ciencia, para mí, jamás ha sido un fin en sí misma, sino una herramienta narrativa, una puerta. Lo importante no era el hidrógeno ni el ingenio mecánico que permitía ascender o descender; lo importante era la posibilidad de ver, de comprender, de transformar el conocimiento en aventura.
Sé bien que, con el paso del tiempo, se han señalado las ingenuidades de aquella novela. Se ha dicho que su argumento es sencillo, que su mirada pertenece a un siglo que ya no es el nuestro. No lo discuto. Pero hay algo que, a mi juicio, permanece intacto: el asombro. Ese temblor inicial ante lo desconocido, esa curiosidad que empuja al hombre a salir de sí mismo y a enfrentarse con el mundo.
Escribí en una época en la que aún quedaban fronteras por descubrir. Hoy, me dicen, los mapas están completos, los cielos medidos, los territorios catalogados. Quizá sea cierto. Pero entonces viajábamos con hipótesis, no con certezas. Y esa diferencia —lo intuyo— lo cambia todo.
Si tuviera que resumir el espíritu de aquel libro, evocaría una imagen: tres hombres suspendidos sobre un continente desconocido, confiando en un artefacto imperfecto, avanzando hacia un destino incierto. Eso fue mi novela. Y sospecho que, en el fondo, eso sigue siendo la condición humana.
Años después, volé en globo. Fue un viaje breve, apenas dos horas. Pero no importó. Yo ya había volado antes, durante cinco semanas enteras, sobre el papel. Y ese vuelo —silencioso, obstinado, imaginado— es el único que verdaderamente cuenta.
—————————————
Autor: Julio Verne. Título: Cinco semanas en globo. Traducción: Sáez de Juvera. Editorial: Zenda-Edhasa. Venta: Todos tus libros.



Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: