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Anticuerpos y otras palabras

Anticuerpos y otras palabras

Los anticuerpos delimitan fronteras invisibles entre lo propio y lo ajeno; las palabras hacen lo mismo en la página de un libro. Este texto recuerda aquel momento en que comprendí que —células y frases— pueden volverse contra sí mismas con la misma eficacia que antes las salvaba.

En el laboratorio donde trabajo —serología, autoinmunidad, trasplantes: palabras que al principio sonaban como nombres de territorios remotos— un organismo empieza a desconfiar de sí mismo, o de lo que ha recibido de otro. Hay un momento, casi siempre invisible, en que su defensa se equivoca: vuelve las armas contra lo propio, o contra lo ajeno que debería haber aceptado como propio. Los llamados anticuerpos, que nacieron para reconocer lo extraño y señalarlo a distancia —virus que vienen de fuera, células que no pertenecen—, aciertan la mayor parte del tiempo; pero a veces, como quien lee mal una señal en la niebla, interpretan como intruso lo que debería ser aliado, o descubren diferencias mínimas en proteínas y declaran la guerra. La vida es una conversación silenciosa entre lo propio y lo ajeno, y los anticuerpos son apenas un dialecto de esa lengua sin gramática que hablan nuestras células.

Esa respuesta la coordinan una legión de células que tienen memoria: recuerdan viejas infecciones, reaccionan más rápido cuando reaparece el peligro. Y esa memoria que deben proteger también puede convertirse en rencor ciego: el organismo no olvida y, por no olvidar, empieza a dañarse a sí mismo con la misma eficacia que antes lo salvaba. Hay rechazos fulminantes que ocurren en minutos, cuando anticuerpos preexistentes atacan el endotelio del órgano recién llegado; hay rechazos lentos, crónicos, una respuesta inmune continua que va tejiendo fibrosis hasta que el injerto falla años después. Y a veces, en los trasplantes de médula ósea, la violencia cambia de dirección: son las células del donante las que atacan los tejidos del receptor, reconociéndolos como extraños, generando una autoinmunidad impuesta desde fuera. Cuando se pierde la tolerancia —o cuando nunca llegó a establecerse—, lo que aparece es una guerra sin declaración previa: el cuerpo convertido en campo de batalla.

"Hay libros que funcionan como una primera infección benigna: te inoculan un estilo, una forma de mirar"

Ahora, en ocasiones, esa mecánica invisible me acompaña cuando escribo. Las palabras funcionan como anticuerpos literarios: buscan en el caos su objetivo preciso —ideas difusas, recuerdos que se resisten a dejarse nombrar— y los marcan para defenderlos del olvido. Las palabras, como ciertas sustancias, dejan de ser sólidas y empiezan a circular. Reconocen lo ajeno en la experiencia cotidiana y lo integran al relato, como centinelas que custodian una frontera porosa, dejando pasar lo que enriquece. Poseen memoria propia: una lectura de Marías, Le Carré o Pérez-Reverte, absorbida años atrás sin saber que se quedaba dentro, reaparece de pronto para corregir una frase débil o para iluminar una escena que no encontraba su luz, del mismo modo que un organismo que ya conoció una amenaza responde la segunda vez con más rapidez y contundencia.

Hay libros que funcionan como una primera infección benigna: te inoculan un estilo, una forma de mirar, y después tu organismo narrativo reacciona sólo cuando detecta falsedad o impostura. Cualquier novela leída hace veinte años todavía me protege contra determinados diálogos explicativos; cualquier ensayo, contra frases que pretenden decirlo todo de golpe. No es que uno los copie o los imite —eso sería plagio, no inmunidad—, sino que esas lecturas dejaron anticuerpos entrenados que patrullan el texto y neutralizan lo que no pertenece.

Pero también existe lo que llamo la autoinmunidad literaria, y sus formas son múltiples. La autocrítica excesiva —esa desconfianza hacia lo propio— confunde párrafos viables con defectuosos y los tacha en un arrebato que se parece demasiado a la violencia: un rechazo fulminante de lo que acaba de escribirse, antes de darle tiempo a demostrar que podría funcionar. La crítica sin medida inflama el texto, destruye su fluidez natural, lo cicatriza mal y lo deja estéril. Y hay otra forma de rechazo: a veces uno integra en un texto una voz ajena —una cita, un estilo prestado, una estructura importada— y el organismo narrativo la expulsa lentamente, mes tras mes de reescrituras, hasta que queda claro que ese injerto no prendió.

"Hubo una época, siendo yo muy joven, en que microscopio y libros compartían la misma mesa sin que me pareciera extraño"

En el laboratorio buscamos compatibilidad entre donantes y receptores para evitar el rechazo; en la página, buscamos afinidad entre palabras e ideas para lograr una prosa coherente, un texto que no expulse al lector antes de tiempo. La disciplina rige ambos territorios con la misma exigencia: el laboratorio impone orden absoluto, limpieza que no admite descuidos, protocolos técnicos inflexibles para garantizar la calidad —un solo error en el manejo, un instante de distracción, y todo el trabajo se va al garete—; la escritura reclama un método semejante: esquemas previos que eviten la divagación sin rumbo, mapas sin brújula cuando conviene perderse un poco, lecturas y búsquedas bibliográficas tenaces, revisiones sucesivas que depuren la voz, un silencio absoluto que aísle del mundo, tachaduras implacables de lo que sobra, para que el relato prenda en la mente del lector como un injerto que ha encontrado un tejido compatible, sin crisis de rechazo que lo expulse.

Hubo una época, siendo yo muy joven, en que microscopio y libros compartían la misma mesa sin que me pareciera extraño. En esa fotografía de un verano lejano aparezco inclinado sobre el ocular, torso desnudo, buscando células que ya entonces veía como fonemas de un alfabeto oculto, estructuras de un tejido vivo que también podía leerse como texto. No sabía aún que esa intuición me acompañaría siempre. La observación me ha definido a lo largo de la vida: testigo silencioso de todo lo acontecido que no me pertenece.

El laboratorio de inmunología en el que trabajo ha ido revelando paralelismos cada vez más evidentes: ambos territorios exigen equilibrio entre defensa y tolerancia, entre memoria selectiva que conserva lo esencial y eliminación quirúrgica de lo que estorba. Ordenar lo infinitamente pequeño, ya sean moléculas o palabras, puede salvar vidas, reales o imaginadas.

Al final del día, cuando uno pasa del laboratorio a los folios en blanco, persiste esa superposición. Las manos conservan todavía la memoria táctil de las pipetas y los guantes de látex; la cabeza, la silueta de resultados que suben o bajan como signos vitales. Pero ya no busco datos que sigan protocolos estrictos, sino palabras que fabriquen otra clase de inmunidad: fabricar un anticuerpo que no elimine lo ajeno sino que lo haga tolerable, que lo vuelva visible con claridad. Cada borrador es un experimento: uno ensaya combinaciones, espera a ver si prenden, observa si el texto respira por sí solo o si colapsa. A partir de ahí ya no está en tus manos. Lo invisible ocurre dentro, en ese territorio donde quizá despiertes en algún lector una respuesta imprevista, una defensa nueva contra sus propios antígenos.

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