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Bande dessinée (I): La última viñeta de André Juillard, una nueva aventura de Blake y Mortimer

Bande dessinée (I): La última viñeta de André Juillard, una nueva aventura de Blake y Mortimer

En su vertiente belga, la bande dessinée —junto con el cómic estadounidense y el manga japonés una de las principales tradiciones historietísticas del mundo—, puede y debe catalogarse en torno a dos grandes escuelas: la de Bruselas, abanderada por Hergé y su infatigable reportero de Le Petit Vingtième, y la de Marcinelle, que lo fuera por André Franquin. Menos contrapuestas una a otra de lo que algunos lectores pretenden, la Línea Clara propiamente dicha es la cultivada en Bruselas. Ahora bien, en cuanto a la legibilidad —una de las principales características de la Línea Clara—, Bruselas y Marcinelle —barrio, por cierto, de la ciudad valona de Charleroi— montan por igual. Tintín, ni que decir tiene, fue el paladín de la Línea Clara; la revista a la que dio nombre entre 1946 y 1993, el principal órgano de expresión de estas historietas; Spirou y su semanario fueron otro tanto a Marcinelle.

En cuanto a historietistas, ya centrándonos en esa Bruselas a la que voy, tras Hergé llegó una primera terna de sus discípulos —Edgar P. Jacobs, Bob de Moor, Jacques Martin—, y tras estos también pudimos distinguir a una tercera generación de historietistas, nietos espirituales de Hergé. André Juillard fue uno de los más dotados de estos herederos. Fallecido el último día de julio del 24, dedicó su viñeta postrera al coronel Olrik, la némesis de Blake y Mortimer, los dos amigos del Centaur Club de Londres —de Piccadilly para ser más exactos—, cuyas aventuras constituyen la obra maestra de Jacobs, el delfín de Hergé del triunvirato de acólitos.

"De no haber muerto el gran Bob De Moor en 1992, no hubiera extrañado a nadie que, en 1996, hubiese sido él el encargado de continuar las aventuras de Blake y Mortimer"

Finalizada aquella primera serie de las aventuras de los dos británicos con la muerte de Jacobs en 1987, mientras trabajaba en la segunda parte del díptico del profesor Sato —Mortimer en Tokio (1990)—, este álbum hubo de ser terminado por el abnegado Bob de Moor, a fe mía, el más humilde de la terna rectora de los acólitos de Hergé, pues amén de crear sus propias series —Cori el grumete, El enigmático señor Barelli, Óscar y Julián…— y ser el supervisor de los decorados de Objetivo: La Luna (1950) y alguna otra aventura de Tintín, colaboró con los otros dos triunviros de la segunda generación de la Línea Clara. Y hubo más: amén de la ya citada entrega de Jacobs, en su momento se había hecho cargo del dibujo de La guarida del lobo (1974), la cuarta aventura de Lefranc, el segundo de los grandes personajes de Martin. En fin, fue el propio Hergé quien dedicó a De Moor el mayor de los elogios: “Nunca he visto a nadie como él, con tanta conciencia profesional y tanta capacidad de trabajo”.

De no haber muerto el gran Bob De Moor en 1992, no hubiera extrañado a nadie que, en 1996, hubiese sido él el encargado de continuar las aventuras de Blake y Mortimer. Sin embargo, fueron Jean Van Hamme (guion) y Ted Benoit (dibujo), muy probablemente a instancias de Éditions Blake et Mortimer, la editorial que decidió continuar la publicación de uno de los grandes éxitos de la Línea Clara, quienes decidieron hacerse cargo de las aventuras de este capitán del MI-5 británico (Francis Blake) y el físico nuclear escocés (Philip Mortimer) en El caso de Francis Blake.

"A partir de aquel regreso, las aventuras de Blake y Mortimer se convirtieron en una suerte de reválida para los mejores de la Línea Clara"

Algunas entregas de las múltiples variaciones de las aventuras de Blueberry y aquellos insulsos mortadelos, que en su momento aparecieron firmados por un lacónico “Equipo Editorial”, hicieron de mí un lector de cómics totalmente convencido de que las aventuras de sus grandes héroes, muerto su autor original, no debían continuarse. Pero El caso de Francis Blake me hizo volver sobre lo dicho. La respuesta de los lectores a aquella continuación de las aventuras de los amigos del Centaur Club fue incontestable. Partiendo del canon del gran Edgar —“el soñador del Apocalipsis”, que fue llamado en la espléndida biografía en viñetas que recientemente le han dedicado François Rivière y Philippe Wurm—, sus sucesores dejaban a un lado esa constante fantacientífica de Jacobs para descubrirnos una trama de espías a lo John le Carré.

A partir de aquel regreso, las aventuras de Blake y Mortimer se convirtieron en una suerte de reválida para los mejores de la Línea Clara. Dibujar una entrega del capitán y el profesor pasó a ser toda una dignidad en la trayectoria profesional de un historietista. A Van Hamme y Benoit les sucedieron guionistas como Yves Sente, Jean Dufaux y, más recientemente, Jean-Luc Fromental. Las viñetas que estos imaginaron fueron dibujadas, entre otros artistas, por René Sterne, Chantal De Spiegeleer o Antoine Auban. Lo mejor de la actual bande dessinée.

"Firmado: Olrik, trigésima aventura de Blake y Mortimer, ha quedado como el final a la brillante carrera de uno de los grandes de la bande dessinée contemporánea, todo un nieto artístico de Hergé"

Al gran André Juillard le llegó el turno en La maquinación Voronov (2000), una trama ambientada en pleno estalinismo —ni que decir tiene, tampoco, que la Línea Clara es anticomunista desde Tintín en el país de los soviets (1929) de Hergé—, un asunto ambientado en el Moscú del KGB y el estalinismo en el que conocimos a Nastasia Wardynska, la aguerrida colaboradora de la inteligencia británica, a la vez que asistente del doctor Voronov. Con un libreto de Sente —director editorial de Éditions du Lombard, casa de referencia en la bande dessinée, como otrora fuera el último responsable de la revista Tintín— el tándem Sente / Juillard se destacó a partir de entonces entre los continuadores de Blake y Mortimer, una cohorte de historietistas en la que, a fe mía, todo es excelencia. Cuando Juillard empezó a integrarla, ya había dibujado —sobre libretos de Patrick Cothias— su obra maestra, Las siete vidas del Gavilán (1983-1991) —todo un clásico de la viñeta de capa y espada— y su continuación, Pluma al viento (1995-2002), e incluso había colaborado con Martin en Arno.

Firmado: Olrik (2024), trigésima aventura de Blake y Mortimer, ha quedado como el final a la brillante carrera de uno de los grandes de la bande dessinée contemporánea, todo un nieto artístico de Hergé. En sus viñetas, como en los grandes clásicos de esta escuela historietística, se confunden temas eternos —el ciclo artúrico ni más ni menos— con la rabiosa actualidad de nuestros días: la animadversión a los trabajadores emigrantes que, en el fondo, no difiere un ápice de la que conoció el Reino Unido en la posguerra —franja temporal de la serie—, cuando, para cubrir los huecos dejados por los trabajadores autóctonos muertos en la Segunda Guerra Mundial, comenzaron a llegar los primeros importados desde las entonces colonias.

"Asocio la analepsis, en la que se nos da noticia del pasado mítico de Cornualles, a esos flashbacks, habituales en la serie, que yo recuerde, desde los de La trampa diabólica"

Ese odio a lo foráneo, que parece consustancial al ser humano, aquí se nos muestra capitalizado por un grupo independentista córnico, cuyos miembros ponen artefactos explosivos en los trenes que llevan a los emigrantes a la península de Cornualles, la tierra del rey Arturo. Mortimer, hombre tolerante, como todos los héroes de Línea Clara —a excepción, si acaso, de Freddy Lombard, de Yves Chaland, que parece haberse quedado en ese Tintín en el Congo (1931) anterior a la enmienda del propio Hergé del espíritu colonialista de su segundo álbum— sale en defensa de los trabajadores extranjeros cuando el tren en el que viajan todos se detiene con la conflagración.

Anteriormente, en ese mismo trayecto, el padre Michael Joseph, “de la parroquia de Longval” (pág. 24), ha puesto al profesor en antecedentes sobre el pasado celta de Cornualles y sobre la leyenda de la muerte del rey Arturo, luego de perder ocasionalmente, en la batalla, la prodigiosa vaina de Excalibur y morir a consecuencia de un mandoble del enemigo.

Asocio la analepsis, en la que se nos da noticia del pasado mítico de Cornualles, a esos flashbacks, habituales en la serie, que yo recuerde, desde los de La trampa diabólica (1960). Toda una constante, como la llegada al asunto merced a uno de los ingenios del profesor Mortimer. En este caso, una pequeña excavadora conocida como “El topo”.

"Desde las entregas de Tintín de mis primeros años, qué gratas me son esas notas al pie de página que nos remiten a una aventura anterior de la serie"

El comienzo —toda la primera plancha (página para el lector)— se nos va en una secuencia que me ha resultado puro artificio: Olrik —junto con el doctor Müller de Tintín y Axel Borg, de Lefranc, en la estela de Müller, el villano más grande de toda la bande dessinée— es llevado al cadalso. En la última viñeta de esta primera página, la trampilla de la horca se abre bajo sus pies… Pero en la primera viñeta de la siguiente página, se nos descubre que todo ha sido un sueño… Las experiencias oníricas, en tales circunstancias, a mí no me valen. Se me antojan un recurso fácil. Sin que, por supuesto, esto suponga menoscabo alguno para el encendido aplauso que me merece el álbum. Desde que les descubrí en las Ediciones Junior de Grijalbo-Dargaud, en los años 80, soy un dogmático de Blake y Mortimer. Despertado su eterno antagonista por un funcionario de la prisión que, en efecto, le guarda, este lleva allí a dos nuevos compañeros de celda: dos independentistas córnicos, que, a modo de saludo, le desprecian por extranjero. No obstante, los de Cornualles se verán obligados a recurrir al coronel para llevar a cabo sus planes.

Una vez más, como siempre que vuelvo a un universo literario, me gusta reencontrarme con sus personajes de reparto. Desde las entregas de Tintín de mis primeros años, qué gratas me son esas notas al pie de página que nos remiten a una aventura anterior de la serie. En este caso la señora Benson, el ama de llaves que lleva el apartamento de los dos amigos en el 99 bis de Park Lane. Como también es un placer —ya referido— saber de los prodigiosos inventos del profesor, que, desde el Espadón de las entregas canónicas, las debidas al arte del gran Jacobs, no han sido pocos. En esta ocasión se trata de una excavadora de bolsillo, un “topo” que ha de demostrar su eficacia en breve en el subsuelo de Cornualles.

Lo que sí que es una auténtica sorpresa, por lo infrecuente del caso, con independencia del formato en el que se nos cuenta la historia, es que el jefe de los villanos —aquí los independentistas córnicos— sea un religioso. En efecto, no es otro que el padre Michael Joseph, quien también es el gran druida de esa organización celta que, en un plano más o menos sobrenatural, subyace en esta historia que, para mí, ha sido una auténtica epifanía. Como todas las aventuras de Blake y Mortimer.

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