Se publica la última entrega de la trilogía que pretende convertirse en el buque insignia de fomento de la lectura infantil y juvenil. Una historia que arrancó con una máquina de escribir mágica y cuatro amigos con muchas ganas de vivir aventuras.
En Zenda reproducimos el primer capítulo de Paty Centella y el círculo de las hadas (Palabra), de Antonio Sánchez-Escalonilla.
***
1
El último diente de leche
La doctora retiró sus ojos del microscopio y miró con pena al muchacho.
El joven suspiró decepcionado en la consulta médica, se apartó las greñas de los ojos y puso la cara más seria que pudo. La situación era de extrema gravedad.
—¿Está segura al cien por cien, doctora Carrigan?
—El análisis es infalible. Tu sangre tiene altos niveles de leucocitos y plaquetas, y una cantidad de glóbulos rojos que haría las delicias de un vampiro. Pero nada más.
—¿De verdad no ha encontrado en ella restos de radiactividad, señales de neutrinos, algún signo de bioelectricidad…?
La doctora sacudía su cabeza, implacable, mientras Guille probaba suerte.
—¿Adamantium?
—No.
—¿Rastros de vibranium?
—Negativo.
—¿Ni siquiera en cantidades despreciables?
—En absoluto.
Una segunda doctora, que preparaba los utensilios de la última prueba, sonrió a aquel chico tozudo que se resistía a admitir que solo era un muchacho corriente. Igual que todos los que pasaban por aquella clínica para hacerse la revisión de los doce años.
—¿Suero de arácnido, tal vez…?
La doctora Carrigan soltó una carcajada y se puso de pie. Tenía el cabello corto y de color platino, a juego con su bata blanca. A la otra doctora, en cambio, el cabello pelirrojo le caía sobre los hombros como una cascada llameante. Ella también dejó escapar una risita. Las dos eran jóvenes y habían tomado muy poco sol en su vida.
—Siento arruinar tus esperanzas de ser un superhéroe, Guillermo —concluyó la doctora Carrigan—. La ciencia resulta a veces muy desilusionante.
Sin embargo, pese a lo que creyeran aquellas doctoras, las esperanzas del chico no eran ningún sueño disparatado. ¡Sabía que era especial!
De acuerdo. Su estatura estaba por debajo de la media para su edad y tenía voz de pito, pero nadie sospecharía que aquel muchacho había viajado por agujeros negros, podía volar a velocidades siderales con su mochila-cohete, y se había enfrentado a monstruos del espacio y a sanguinarios piratas de carne y hueso. Y, aunque deseaba parecerse a los superhéroes de sus cómics, en el fondo Guillermo Valor (o Guille, como le conocía todo el mundo) era algo todavía mejor.
Era un maestro escritor capaz de meterse en las historias que imaginaba.
Guille descubrió aquel poder gracias a una máquina de escribir de tinta mágica, que encontró envuelta en telarañas dentro del ático de Villa Cecebre, una mansión que se caía a pedazos en un bosque de la sierra madrileña. Gracias a aquel armatoste prodigioso, el chico también había conocido a Paty Centella, Íñigo Escudero y Valentina (Tina) Alborada. ¡Sus tres mejores amigos!
Juntos habían corrido aventuras a bordo de naves espaciales y barcos voladores, habían sobrevivido a ataques de gorgonas marcianas, serpientes gigantes y avispas marinas (una especie de medusa muy poco recomendable como mascota). Los cuatro habían escapado de criptas tenebrosas y trampas mortales con la misma facilidad con que bajas al trastero para recoger tu bici.
Aquellos amigos eran increíbles, ya lo creo. Sobre todo Paty, que compartía con Guille el poder sobre la máquina de escribir y había evitado que el chico terminase sus días muerto de asco, perdido en un túnel entre multiversos.
El único problema de Guille era que Paty, Íñigo y Tina vivían en el futuro y no era nada fácil estar con ellos. No podía visitarles para celebrar sus cumpleaños ni enviarles un mensaje cuando los echaba de menos, cosa que sucedía a diario. De hecho, ninguno de los tres había nacido aún, pues Guille vivía en el lejano 1978.
El verano anterior, Guille y Paty habían descubierto que, juntos, no solo eran capaces de viajar entre nuestro mundo y los mundos de los relatos fantásticos, sino que podían traer personajes desde allí. Algo que, como comprobaron enseguida, resultaba peligroso. Eso se debía a unos relámpagos de neutrinos fosforescentes, que atravesaban sus cuerpos y se fundían con las auroras de las regiones polares, y…
¡Vale, de acuerdo!
Todo esto suena a libro de aventuras con portada repleta de monstruos mitológicos y estallidos mágicos, y bla, bla, bla… (¡vaya, suena a un libro como el que tienes en las manos en este preciso momento!). Por eso Guille nunca contaba nada a sus padres, que ahora lo esperaban tras la puerta de la consulta y seguían traumatizados desde hacía más de un año, cuando su hijo desapareció ante sus narices durante la tormenta eléctrica que achicharró Villa Cecebre, desde el ático hasta el sótano.
Lo siento si te has hecho un lío. Resulta muy difícil contar la vida de Guille en unos pocos párrafos, sobre todo si es la primera vez que oyes hablar de Paty y de su sociedad secreta de exploradores.
Resumiendo. A Guille le resultaba muy duro vivir sin aventuras y llevaba meses sin noticias de sus tres amigos del futuro. Para colmo, había cambiado varias veces de casa, siempre más lejos de la vieja mansión cuyo nombre sus padres nunca pronunciaban. La familia vivía ahora en un pintoresco pueblo de Galicia donde todo era desesperadamente aburrido. Y la máquina estaba a 600 kilómetros de distancia.
Por eso mismo, deseaba que aquellas doctoras le recordaran que sus aventuras habían ocurrido de verdad. ¡En su cuerpo debía quedar algún rastro de sus poderes!
Pero nada.
La vida seguiría siendo igual de triste para aquel chaval moreno y delgaducho que vivía en otra dimensión, muy lejos en el tiempo de Paty y de los demás.
—Perfecto, Guillermo —la doctora pelirroja señaló un sillón de dentista. Su acento también era divertido—. Por último, te libraremos de esa muela carcomida.
El muchacho obedeció con fastidio y caminó hacia el fondo de la consulta. Por el rabillo del ojo le pareció ver que la doctora Carrigan cogía con dos dedos el tubo que contenía la muestra de su sangre, como si sostuviese un escorpión por la cola.
Guille sonrió para sus adentros.
«No es para tanto. Solo es un poco de sangre normalucha, ¿no?».
Al acomodarse en el asiento, el muchacho se fijó en el apellido de la otra mujer bordado en la bata: Lorrigan.
«Lorrigan y Carrigan, qué nombres tan raros», se dijo Guille arrugando el ceño.
—Somos irlandesas —explicó la doctora pelirroja, leyendo su pensamiento—. Tras graduarnos en medicina, llegamos juntas a esta encantadora esquina del mundo y decidimos quedarnos. ¡Este lugar nos recuerda tanto a las verdes colinas de nuestro país!
Las doctoras intercambiaron una breve mirada de nostalgia.
—Tienes una pulsera muy chula —comentó Lorrigan, señalando el brazalete de piedra turquesa que Guille llevaba en la muñeca—. ¿La conseguiste en alguna feria?
Aquello en realidad no era una simple pulsera, como quizá ya sabes.
Aquello era nada menos que un poderoso cronofántom del Reino Estelar. Un objeto mágico capaz de detener o acelerar el tiempo, hacerte saltar hacia el pasado o el futuro, e incluso establecer comunicación con otra dimensión temporal. Por desgracia, Guille no sabía muy bien cómo funcionaba y, además, le habían prohibido usarlo. Solo servía para que los mentores lo tuvieran localizado, pero en los últimos meses había resultado tan útil como una moto de agua en el desierto del Sáhara.
—Me lo regaló un amigo —respondió el chico, sin muchas ganas.
Lorrigan se giró hacia una bandeja de instrumentos y tomó una jeringa.
—Abre la boca como si fueras a tragarte una hamburguesa de cuatro pisos. ¡Así, muy bien! Este picotazo solo es la anestesia, en adelante no sentirás nada.
Mientras el líquido se inyectaba en su encía, Guille comprobó que los ojos de la doctora Lorrigan se fijaban en los suyos y cambiaban poco a poco del color gris a un extraño naranja flameante. Aquellas dos pequeñas ruedas parecían girar sobre sí mismas, como molinetes de fuegos artificiales que lo hipnotizaban sin remedio.
[…]
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Autor: Antonio Sánchez-Escalonilla. Título: Paty Centella y el círculo de las hadas. Editorial: Palabra. Venta: Todos tus libros.


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