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Este fin de semana me ha dado por pensar

Este fin de semana me ha dado por pensar

A veces me pasa, me lanzo y no paro hasta que derrapo. Pensar es peligroso y hay que ponerse casco. Este fin de semana me ha dado por pensar que la pequeñez humana es alarmante. Una idea que alimenta el Lilliput de Jonathan Swift y la relación de Ulises con el cíclope Polifemo, una relación espantosa y cómica a la vez. También Cervantes se ríe de la pequeñez humana en la primera parte del Quijote. “¡Aunque me mováis más brazos que los del gigante Briareo…!”, amenaza, alucinado, el caballero andante cuando carga en el episodio de los molinos contra lo que se le antojan seres vivos de gran tamaño. En algún lugar de la mitología, el tal Briareo, hijo del infierno, simboliza con sus miles de brazos gigantescos el poder de las fuerzas desatadas de la Naturaleza.

La Madre Naturaleza es muy burra. Yo no sé por qué goza del prestigio que goza. La Madre Naturaleza no es apacible, acogedora ni idílica. La Madre Naturaleza te pilla despistado y te hace trizas. Durante siglos, si no milenios, la especie —nosotros— vivió apabullada por diluvios, heladas y pedriscos monstruosos, por vientos que arrancaban árboles de cuajo y levantaban olas como casas sin otro objeto que castigar las infinitas maldades de la humanidad: las nuestras. Durante siglos, la especie —nosotros— vivió aterrada por la enormidad del mundo que la cobijaba, un mundo de ríos que se perdían en el paisaje, cordilleras que sostenían la bóveda celeste y mares de profundidad vertiginosa llenos, encima, de bichos demenciales.

"Cuatro cabezones, aun así, siguen empeñados en ver razas todo el rato, sacar conclusiones y establecer categorías que no conducen más que a perder el tiempo"

Hoy sabemos que no hay dioses airados que con su destemplanza provoquen catástrofes naturales con intención punitiva, aunque a veces parezca que sí. También sabemos que encima de nosotros no hay ninguna bóveda ni una tierra prometida y plana bajo nuestros pies. Tampoco razas humanas desperdigadas por ahí dispuestas a devorarnos, aunque a alguno se lo parezca y no pare de referirse a blancos y a negros, a indios, chinos y panchitos, a personas “racializadas” y a otras cosas igual de absurdas. Nadie está racializado. Las llamadas “razas humanas” no existen, como se sabe desde que se descubrió el genoma y quedó probado que entre un soplagaitas de Pekín, otro de Brazzaville y otro más de Almarachón de la Puebla no hay más diferencias que entre el de Almarachón y su cuñada.

Cuatro cabezones, aun así, siguen empeñados en ver razas todo el rato, sacar conclusiones y establecer categorías que no conducen más que a perder el tiempo. El afán de categorizar y clasificar es muy humano —o muy occidental, quizá, por lo menos desde Aristóteles—, y si constituye una habilidad extraordinariamente útil para construir barcos o almacenar medicinas, se revela una pérdida de tiempo aplicada a futilidades como la raza, los rasgos, la clase social o las capacidades y otras tonterías. La mera idea de raza es cómica, pese a lo cual no pocos llenan páginas de sandeces al nivel de las que otros usan para el crecepelo, los alargadores de pene o la figura ideal.

Ni siquiera son ideas, sino ocurrencias, fábulas, elucubraciones, delirios como la anhelada fórmula de la poción mágica de Panorámix, el bálsamo de Fierabrás, la gallina de los huevos de oro, la caverna de Ali-Babá o la fuente de la Eterna Juventud.

Fantasías que, más allá de sí mismas, no existen.

"Ay, el ensueño. ¡Siempre el ensueño! Todo el mundo tiene alguno y unos tiran con él para un lado y otros, para otro: es la libertad de ser humano"

El gran Álvaro Cunqueiro dedicó un texto maravilloso al ensueño, concretamente a uno muy arraigado en el antiguo rural gallego: los tesoros ocultos. Trátase de un pequeño opúsculo de menos de cien páginas —en gallego, cómo no—, titulado Tesouros novos e vellos, y constituye una delicia que el maestro baña con una delicada capa de humor noroccidental español, marca de la casa, que abarca y cubre de gracia infinita la imaginación, el deseo, el misterio, la gana, el miedo, la ilusión, la avaricia, el recelo y, sobre todo, el ensueño.

Ay, el ensueño. ¡Siempre el ensueño! Todo el mundo tiene alguno y unos tiran con él para un lado y otros, para otro: es la libertad de ser humano. Cuando anda suelto, el ensueño ayuda a crear lo que vemos y muchas veces es la única manera de ver nada: la imaginación es portentosa. Empiezas por creer en los ovnis y terminas viendo ovnis en la azotea. O fantasmas de toreros en la ventana, comunistas zumbados en el retrete, enanos infiltrados corriendo por el pasillo, el Nobel de la paz encima del armario y fabricantes de bombas atómicas con papel maché enriquecido en el solar de al lado. O cualquier otra cosa rara: dietas milagro, inmigrantes clandestinos, alienígenas estrafalarios, iranios unabombers, los Tres Reyes Magos, la mítica “Europa Blanca” —que vaya usted a saber qué demonios será eso, más allá de una gilipuertez redicha y solemne—, o el mismísimo Destino Manifiesto vestido de lentejuelas bailando claqué en el salón de casa. Mejor tener cuidado. La imaginación, que es la loca de la casa, anda suelta y está sobrevalorada. Y, lo que es peor, goza de prestigio, así que bien puede conducir a un cristiano al desastre. Y a un moro, también.

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