Foto: David Fernández.
Nora Catelli es una escritora, crítica literaria y ensayista argentina nacida en Rosario en 1946. Se doctoró en la Universidad de Barcelona, de la que es profesora emérita de Teoría Literaria y Literatura Comparada. Es Doctora Honoris Causa por la Universidad Nacional de Rosario. Algunos de sus libros más destacados son En la era de la intimidad seguido de El espacio autobiográfico, El trabajo que fumaba Plinio: Escenas de la traducción en España y América (en coautoría con Marietta Gargatagli), Testimonios tangibles: Escenas de lectura en la narrativa moderna, y Desplazamientos necesarios: Lecturas de literatura argentina. Presentamos una muestra de Estanterías ajenas, publicado en España por Ampersand en marzo de 2026, un libro que defiende la idea de los libros como lengua materna, en el que la voz protagonista pasa de una niña rodeada de “espasmódicas y fantásticas bibliotecas” en una casa de Rosario, donde el murmullo criollo se mezcla con las voces de inmigrantes, a una mujer adulta lee a Kipling en un barco rumbo al exilio español, en 1976. Catelli es traductora, redactora, de prensa, lectora freelance para grandes editoriales y docente, pero también lectora fanática de literatura en los kioskos y en las bibliotecas ajenas. Esa “formación ambulatoria”, como ella misma la describe, le dio una sensibilidad ecléctica, libre y creativa para el ensayo literario. Nora Catelli sabe que los libros nos tocan, a veces como esquirlas que dejan huellas indelebles y marcan una vida.
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1. UNA JUSTIFICACIÓN: LIBROS, ENCUENTROS, ESCENAS, BÚSQUEDAS
Reconstruir una vida de lecturas puede hacerse de muchas maneras. La más difícil es la que aspira al autorretrato. Consiste en armar las lecturas en torno a nociones de la psicología vulgar: los libros evocados serían aquellos que forjan la personalidad, delinean el carácter; y, finalmente, explican un cierto temperamento, un fondo que nos viene dado. Son nociones que vienen de los humores clásicos, convertidos en descripciones de talantes, disposiciones, afinidades.
Aquí elijo, más allá de cánones y etapas, unas pocas insistencias; las que, a lo largo de muchos años, me permiten adivinar, en mi vida de lectora, algo parecido a un temperamento o, quizá, incluso un carácter. Ir más allá –definir una personalidad– queda lejos de cualquier intento riguroso.
Edmund Wilson escribió que en las memorias de Casanova se captaban las recurrencias que el carácter impone sobre nuestro destino. De tales recurrencias, que son modos de ordenar la memoria, tratan estas páginas. Y lo hago con libros ajenos de lenguas ajenas.
Se trata de libros que reaparecen: a veces son imágenes o escenas, otras son asociaciones, otras son ecos. Pocos son canónicos; todos, no obstante, se repiten. A veces fueron instrumentos para enseñar; casi siempre su-pusieron giros o torsiones.
Solo hay un caso, el de tres autores que escribieron sobre Marcel Proust y que se me impusieron como una serie, con la que intento mostrar hasta qué punto mis sucesivos usos de los clásicos estuvieron marcados por bruscas irrupciones inesperadas de autores menores como Ramon Fernández, heterodoxas feroces, como Monique Wittig, o maestros que admiten el fracaso, como Roland Barthes.
Debo reconocer que, al hacer este ejercicio, advertí cuán singular, cuán silvestre y, sobre todo, cuán irreverente es nuestra manera de apropiarnos de los libros y de las tradiciones. Éramos a la vez guardianes de los monumentos clásicos y termitas que comíamos sus bases y que desestabilizábamos el sueño de una centralidad inamovible. Por eso, en estas páginas, la cronología es caótica y los encuentros son caprichosos. No escojo mi figura de lectora de la literatura nacional, aunque esta sostiene, con el oído, con la escuela y con los espacios de la infancia, revividos en los sueños, todo lo demás.
Sin embargo, mientras escribía esta justificación, se me impuso, a lo largo del ejercicio de retrospección, la abrupta imagen de la llegada de internet a mi vida. Por eso, en “La memoria y las redes” confieso que en muchos de estos ejercicios me siento obligada a admitir un cambio irreversible en uno de los recursos con que se alimentan las búsquedas. Hasta la llegada de Internet yo procedía por recuerdo, asociación, emergencia de imágenes o sonidos, paseo por una biblioteca o una librería. Mucho quedaba afuera; no importaba. El ritmo de las búsquedas no era ni lento ni rápido. Era un tiempo necesario que, una vez concluido, se exponía a los otros y que constituía, al menos en mi oficio, una suerte de payada, de torneo, de diálogo. Yo esperaba que alguien –otro lector– rebatiera, agregara, concediera, refutara, con el ritmo que imponían las variaciones del gusto a lo largo de décadas. Esa payada, ese torneo, ese diálogo, se modificó, porque pertenezco a la última generación que vive las dos épocas: la analógica y la digital.
No puedo fingir, en este libro, que las dos fases no contaminen el ejercicio de la retrospección con el que se supone que trato aquí de explicarme lo que al principio llamé “insistencias”. Aun así, más allá de esa contaminación, existe en mi experiencia la convicción de un es-pesor que pasa, casi sin cambios, de una época a la otra. No es un mérito: sucede sencillamente que cuando se ha leído en la peligrosa soledad de la infancia, como lo hice yo, sin prohibiciones ni consejos, lo tardíamente digital se torna búsqueda orientada, y la búsqueda es, fatal e inexcusablemente, un destino que se forjó en aquel peli-gro de la infancia.
Yo leía sola, aunque nunca estaba sola. Me rodeaban las estanterías de una familia numerosa, tribal, bur-guesa. Siempre entre padres, abuelos, hermanos, tíos, primos, primas y amigas; no obstante, leí siempre sola. Lo que sí había alrededor era música, discusiones sobre historia, anécdotas de pleitos, sucedidos mil veces relatados, visitas de parientes criollos y nostalgias francesas, encarnadas en la puntual Paris Match, que llegaba a casa. Tengo clavada la mirada de unos ojos azules de dos colonos ingleses de Kenya en una de sus tapas de Paris Match, durante la rebelión de los Mau-Mau. Exhibían una escopeta y el titular era: “Onestprêt a tuer”. Listos para matar: eran como nosotros y los asaltaban los Mau-Mau.
Ya que era la mayor de los hermanos y los primos disfruté (una vez) del Colón en un viaje iniciático a Buenos Aires. Con frecuencia me llevaban a los conciertos de El Círculo de Rosario, donde pude escuchar a Claudio Arrau, a Friedrich Gulda y a una jovencísima Martha Argerich. Mis dos abuelas, que eran maestras, tocaban el piano; probablemente mi abuela Amelie (sin tilde, porque se fue perdiendo) fuese más refinada, pero murió cuando yo tenía doce años; solo la evoco sentada al piano, sin sonido. En cambio, me resuena el Grieg de mi abuela Monona, que cuando íbamos a almorzar (a mí me tocaba los martes), se sentaba al piano y nos tocaba y narraba Peer Gynt.
Mi padre, de familia con lejano origen italiano y francés de la Banda Oriental, era sobrino materno del compositor uruguayo Alfonso Broqua, que vivió casi siempre en Francia, y murió allá en 1946. El tío Alfonso era una leyenda en la casa de San Urbano (después Melincué) donde vivían mi abuela Amelie y mi abuelo paterno Emilio, que fue juez; y nosotros íbamos en el verano. Los abundantes libros de Melincué se condensan en uno ilustrado: Tartarin de Tarascon de Daudet; y en otro fundacional: Tabaré de Zorrilla de San Martín. Es mi Almafuerte uruguayo: “¡Cayó la flor al río! Los temblorosos círculos concéntricos, etc”. Mi tío Alfonso compuso una adaptación lírica de Tabaré que se estrenó en Montevideo en 1910.
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Autora: Nora Catelli. Título: Estanterías ajenas. Editorial: Ampersand. Venta: Todos tus libros.



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