Recuerdo la primera vez que visité Rouen, en Normandía. Era joven y más aventurera, de modo que, tras aburrirme con el París monumental, alquilé un coche y conduje hasta allí. No sabía nada de la ciudad, solo que nos pillaba de camino a las playas del desembarco del Día D en la Segunda Guerra Mundial, que habíamos decidido que fuese nuestro objetivo inmediato. Siguiendo mi costumbre, accedí primero a la oficina de turismo y pregunté qué había de interés en la ciudad para visitarla durante un par de horas, pues apenas teníamos tiempo.
—Pero… A ver —abrí mucho los ojos—. ¿Aquí quemaron a Juana de Arco?
La funcionaria me miró como si yo fuera una señora de otro siglo que, sin querer, acabase de aterrizar en el planeta. Pues claro que allí había muerto Juana de Arco: ¿por qué creía yo que había tantos turistas? Con aquella información me fui hasta la plaza del crimen, que era espantosa por culpa de una iglesia estrambótica que habían plantado en el centro, justo al lado de una gran cruz que se suponía que marcaba donde habían ejecutado a la doncella. Más allá de aquello, del Gran Reloj y de las callejuelas con edificios de entramados de madera al aire, poco más pude ver. Me quedó dentro el sabor inquieto de lo inexplorado, como si me esperasen asuntos por investigar en el lugar.
Tardé veinte años en volver, hace tan solo un par de semanas. La plaza de Juana —rebautizada por mí, pues se llama Plaza del Viejo Mercado— seguía siendo igual de horrorosa, y el resto de las callejuelas y el Gran Reloj continuaban, imponentes, hablando de otra época y de otra forma de vivir. Se habían inventado un museo nuevo sobre la doncella en el palacio arzobispal anexo a la catedral, y allí pude ver la sala en la que la habían juzgado. No crean que se trata de nada impresionante, solo una habitación de piedra bajo cúpulas ojivales y, dentro de un palacio restaurado y sin mobiliario, un montón de vídeos y efectos en 3D.
Pero vayamos a lo interesante, que es todo lo que no se cuenta de Rouen.
Claude Monet pintó en decenas de ocasiones la impresionante catedral de esta ciudad, porque decía que, según la luz del día, la veía siempre diferente. Gustave Flaubert nació aquí mismo, hijo de un cirujano y de una normanda de pura cepa. Y no solo nació, sino que vivió y estudió en la ciudad antes de marcharse a París para comenzar la carrera de Derecho. ¿Cómo es posible que su figura no sea más recordada en Rouen? Un autor con una agudeza narrativa extraordinaria, que acoge la crítica social y que la enfoca incluso desde un punto de vista feminista. Su Madame Bovary, ¿no les parece extraordinaria? El suicidio que se narra en sus páginas es, quizás, el más sobrecogedor y violento de toda la literatura europea. Por no hablar de la escena sexual que no se cuenta pero que se dibuja sin fisuras dentro de un carruaje que no se detiene nunca. Pues bien, de Flaubert solo queda un pabellón de su casa original, al borde del Sena. En realidad, que no se conserve su domicilio original es lo de menos. ¿Cómo es que su propia ciudad no lo reconoce entre sus triunfos históricos? El que escribe no solo lo hace desde su alma, sino desde su contexto. Rouen es Flaubert, y viceversa.
Dirán que soy exagerada, pero es que resulta que Maurice Leblanc, autor de la serie de casi veinte libros de Arsène Lupin, el famoso ladrón de guante blanco, también nació y se crió en Rouen. Y nada, ni un cartelito con su nombre en la oficina de turismo. Como si todo en la vida tuviera que ser Juana de Arco, pobre chica.
Era como estar ante un lienzo al que le faltasen colores. Lo mismo me sucedió a lo largo de la costa de Normandía, donde de pronto todo tenía que ser la Segunda Guerra Mundial y museos repetidos con la misma temática. Como si no tuviesen crêpes de los que presumir, o quesos, o tradiciones. Me pregunto si estamos perdiendo la visión panorámica de las cosas y quedándonos solo con la anécdota, y si esto también sucederá en nuestro entorno cultural inmediato. Es increíble que yo misma haya tardado veinte años en hacerme esta pregunta. Supongo que tendremos que hacer caso omiso a lo que nos señalen como más importante y dedicarnos a investigar por nuestra cuenta. Quizás la cultura sea eso, explorar.


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