Barcelona es una ciudad que ha inspirado obras de alta factura literaria, desde novelas como Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza o La plaza del Diamante, de Mercè Rodoreda; libros-homenaje como Milagro en Barcelona o Paseos con mi madre, de Javier Pérez Andújar; aproximaciones singulares al ensayo como Barcelona: Libro de los pasajes, de Jorge Carrión, o La ciudad violenta: Un paseo de dos siglos por la historia criminal y revolucionaria de Barcelona, de Jordi Corominas, por solo nombrar unos cuantos ejemplos. A este caudal ha de sumarse desde ahora Una chica en la ciudad (Anagrama 2025), de Mercè Ibarz.
A su vez, su lugar de nacimiento fronterizo ha influido en la manera en que esta autora define su poética de las conexiones: “Ha terminado de ser mi manera de escribir, la mixtura de géneros, impresiones, ideas, imágenes, lecturas”. La escritura de Mercè Ibarz es transgenérica: parece abarcar un poco de casi todos los géneros con una fuerte inclinación por la prosa poética, la musicalidad de las palabras (“los maestros del jazz me han ayudado a escribir, a intentar cultivar y lograr el fraseo y el fondo que siempre he perseguido”), la crónica autobiográfica, la crónica histórica y cultural, el ensayo personal.
Y siendo así, reconoce la no fiabilidad de los recuerdos y la memoria: “Recordar es un riesgo y un regocijo, piensa esta servidora que evoca a la chica que fue… Recuerdos falsos que pueden ser pistas y guías, recuerdos inventados que iluminan, recuerdos encubridores”. Acá podría haber un punto de conexión con Patrick Modiano, escritor que la autora admira. Imaginar, mas no inventar, a partir de la realidad, evocar para así poder trasferir la mirada interna, honda, humana, de la experiencia.
A este sello de identidad se suma la estructura del libro que Ibarz define como un carrusel. Cada vez que gira puede contarnos un episodio de las distintas edades de la chica en la ciudad y remontarse al presente con una asombrosa fluidez, sin que cause tropiezos entre los párrafos en ese trajinar del tiempo, de idas y vueltas. Todo ello redunda en un fiel retrato de la Barcelona de los años setenta y ochenta. Aparte de referirse a las variadas zonas donde quedaban los pisos en los que vivió, presenta referentes a lugares emblemáticos de la ciudad, tales como la American Soda, LaSal —bar y editorial feminista— o calles y rincones de Ciutat Vella. La prosa se mezcla con fotografías sugerentes y de valor sentimental que se suman al retrato de aquella Barcelona.
Abundan las referencias filmográficas y, de hecho, la autora sostiene que cada quien lleva un “cine interior” en el que a la vez somos “proyector, cámara y espectador”; metáfora aplicable a la literatura (observamos, escribimos, leemos). El humor también está presente, como cuando describe el vértigo y la desorientación que le produce el urbanismo del Ensanche. Asimismo, es piedra angular de la obra las referencias a la música, no solo a ídolos musicales (David Bowie, Tom Petty, Bob Dylan) sino a la música como fuente para el logro de la escritura.
La música es esencial en el tributo que brinda a Lluís en fragmentos conmovedores sobre su pareja, consolidados en un claro perfil hacia el final del libro. L., el amor de su vida, fallecido el 3 de diciembre de 2022 a los setenta años: periodista, cinéfilo, profesor, locutor de radio, dibujante y, sobre todo, músico. Es tal la integridad de este amor que la autora viaja a Londres —la ciudad preferida del matrimonio— para visitar el Tate Museum con el fin de “celebrar nuestros cincuenta años sin ti, y contigo a mi lado, al poco de tu muerte”. Ella le habla y le dice que sus instrumentos musicales están guardados en el piso de Guinardó tal cual como los había dejado y que su piano, que antes él tocaba en el vestíbulo del hospital Sant Pau, ahora llena con sus notas el vestíbulo del hospital Sant Boi; el de la gente “de la mente atropellada”. A Lluís le dice: “Te lo debo todo. También ahora. Tu muerte me ha llevado a abrir las puertas de una mayor comprensión de mí y de ti. Atesoro tu amor y la largueza de los últimos días, la otra copa sobre la que se sostiene mi vida”.
Las referencias a escritores o escritoras también ocupan espacio importante en la historia de la chica en la ciudad y, en particular, aquellas que marcaron su rumbo: Doris Lessing, Mercè Rodoreda (sobre la cual ha escrito varias obras) y una amiga poco conocida, Anna Muria, con la que se establecen paralelismos de oficio y de vida entre la escritura que mezcla géneros y su devoción al matrimonio.
¿Qué quería la chica de la ciudad entre los veintidós y treinta y tres años? Plantar una adelfa y un hibisco (que conserva hoy en día), casarse (su marido sigue presente, aunque no esté físicamente) y empezar el periodismo profesional (que sigue practicando). Mercè Ibarz trabajó sus primeros catorce años con el diario Avui y luego incursionó en otros medios, con todo y la dificultad que representó las limitaciones iniciales propias del tardofranquismo (“El dictador sigue matando, no teníamos espacio para reflexionar sobre las emociones íntimas, únicamente sobre políticas”). El periodismo es una de las columnas que sostienen su vida, pero cuando llegó a dar el el salto a la narrativa, sostiene que la mirada periodística no es la que necesitaba para sus libros y decide lanzarse al vacío, entregarse en alma y cuerpo a la escritura.
Y una vez que dio con aquella primera frase su pulsión creativa ha sido indetenible. Lo importante siempre es encontrar el tono, dice, y cita a Virginia Woolf: “El ritmo es el estilo”. El tono de Una chica en la ciudad es el de una íntima narradora en primera persona en el presente que dialoga con la chica que ella misma fue, como si fuesen dos personas distintas pero cercanas. La naturalidad de la prosa también se manifiesta en la particular escogencia de palabras (cuqui, periquete, pasmarote), así como los recuerdos diversos que despliega, como si conversara con el lector en un café (ya ves, tú; mira, tú). Esto combinado con hondas reflexiones: “¿No será que las cosas que se han sentido con gran intensidad tienen una existencia independiente de nosotros?”. Y de allí a frases con chispa, como decir que “la bondad es sexi”. Solamente una persona que piensa así puede decir que se siente bien entre la gente que no ha tenido la vida fácil, con miradas que navegan entre el vacío y la bondad, y expresa que sabe poner en su sitio a personas de miradas arrogantes. Una de las fotografías del libro es la del Passatge de la Constància. La constancia, tan importante luego de una pérdida porque, como dice la autora: “La muerte de L. lo devuelve todo a la vida”.
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Autora: Mercè Ibarz. Título: Una chica en la ciudad. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


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