Eduardo Zamacois y Quintana (1873-1971) vino al mundo en Cuba, en la hacienda La Ceiba. Al haber nacido el 17 de febrero la astrología le considera un Acuario puro, con todos los rasgos y carencias que caracterizan a los nacidos bajo este signo. La ceiba es un árbol considerado sagrado por diversas culturas prehispánicas; un símbolo para mejor entendernos del Árbol de la Vida. Continúa en la actualidad siendo relevante en el culto de la Santería cubana.
Para mayor detalle de una vida llena de peripecias artísticas, viajeras, políticas y literarias, fue autor de una obra extraordinariamente prolífica, recomiendo leer con atención, como siempre tras la lectura de la novela, el excelente estudio de Jesús Palacios que acompaña esta acertada edición de Pez de Plata con la que se abre la colección Saturnalia.
Practicó con éxito el periodismo a lo largo de su extenso periplo vital (98) e hizo pinitos, por desgracia desvanecidos, en la cinematografía. Murió en Buenos Aires en 1971 y aunque fue enterrado allí sus restos serían trasladados a Madrid en 1972. Su primera novela, Punto negro, se publicaría en 1897 aunque ya había sacado a la luz diversos materiales literarios. Su carrera literaria se inició en 1893 con un ensayo: El misticismo y las perturbaciones del sistema nervioso.
El mundo en el que nació Zamacois era la España de lo que se ha dado llamar, por algunos historiadores, el “pequeño Imperio”. La España del siglo XX, de la que somos herederos en casi todos los sentidos, es muy distinta. Sobre todo después del episodio crítico del 98, en el que Cuba se independiza tras la derrota infligida por los Estados Unidos a nuestro país. La repercusión en nuestra conciencia colectiva, más en las clases intelectuales, la conciencia es para quien se la trabaja, fue extraordinaria. Hoy, cuando miramos atrás, vemos que fue configurada en gran medida por dos campañas propagandísticas sucesivas de gran intensidad: una, entusiasta y falaz, la otra, depresiva y también falaz. Como todo lo que tiene que ver con la “producción de relato” ambas resultaron intensamente deformantes de las realidades moduladas.
No hizo falta radio, ni televisión, para enviar a la muerte a las generaciones masculinas más jóvenes de países supuestamente civilizados en 1914. Bastaron la letra impresa, adobada con fotografías, el mitin, el púlpito y la difusión oral multiplicada por las buenas gentes de la época.
Zamacois fue hijo de su tiempo y de una manera de entender las cosas, por un lado más cosmopolita pero también fuertemente anacrónica. Y que no se entienda este calificativo como estrictamente peyorativo porque siempre quedará París… desde dónde lo naturalista había convocado el decadentismo con una destacada participación atlántica.
En El Otro, novela publicada en 1910, se entremezclan lo policiaco, lo erótico y lo sobrenatural. En 1920 salió una segunda edición, llegaría a 8, algo muy parecido a un bestseller. Sobre un fuerte asiento costumbrista y realista, por lo demás caro a los autores y lectores de la época. Jesús Palacios considera El Otro “la primera novela de terror moderna española en sentido estricto”. Está escrita en clave de melodrama folletinesco, muy del gusto de la época, con numerosas inserciones sicalípticas procedentes de la “literatura galante”, en sí misma un subgénero literario que cultivó con éxito Zamacois. Lo erótico por entonces era calificado como “galante”. Si hubiera podido ver el futuro nuestro buen Eduardo… pero hasta donde llegan mis conocimientos sobre su obra, nunca escribiría ciencia-ficción. De hecho, en 1898 tendría ocasión de dirigir una publicación periódica con el significativo título: La vida galante.
La obra que nos ocupa tiene unos inicios estrictamente policiales. Una joven casada inicia una relación adúltera con el personaje central, un aristócrata británico residente en España, al que induce, mordiendo su oreja, vía lo que hoy denominamos “victimismo”, a dar muerte a su marido. Este es un personaje peculiar, un médico que regenta un manicomio y está marcado por una grave patología sexual. Un señor con bigote, como turco, para entendernos. Para paliar una insatisfacción enloquecedora somete a su esposa a terribles y tortuosas vejaciones, buscando con ello despertar sus embotados deseos. Los elementos sadomasoquistas están intensamente descritos. Nos encontramos en un entorno desacralizado, canallesco y pre freudiano. En el meollo de lo celtibérico pues. Ella acaba preñada por el Barón y a los amantes no les queda otra alternativa, el tiempo vuela, que darle el pasaporte. Esto tendrá lugar literariamente, mediante escenas abracadabrantes con una mezcla de elementos románticos y bizarros. Este dualismo se mantendrá a lo largo de toda la novela y es uno de sus mayores atractivos para el lector contemporáneo.
Un hijo deforme será el fruto amargo de esta relación prohibida, su presencia diseñará una importante subtrama. El lector cínico, en el sentido de Diógenes, quizá el mejor discípulo de Sócrates, encontrará en la obra una perfecta radiografía de su tiempo y su paisanaje. Y como España, sobre todo la negra, es eterna, también del nuestro que es de alienación y cierre. Ya sin carta alguna de ajuste.
La novela constituyó un gran éxito dando origen en 1919 a una película dirigida por Juan María Codina (1870-1936), desafortunadamente perdida, basada en el guión del propio Zamacois que desempeñó en ella un papel. El film consiguió buenas críticas.
Volviendo al curso de la obra destacar como, tras la muerte del esposo, se va a adueñar de la trama lo que el propio autor califica de “lo místico, ocultista, extraño y supersticioso.” Nos encontramos con una novela clásica de venganza desarrollada por un espectro, sin embargo nunca estaremos seguros, en el curso de los acontecimientos, si no será todo producto de la imaginación enfermiza del protagonista que adolece desde el principio de una aguda hipersensibilidad. ¿Un precursor acaso de la “nueva masculinidad”? Desfilan por la trama, entrelazada con lo visionario alucinatorio y lo onírico, íncubos y súcubos. Y un final muy efectivo que se desarrolla en un camposanto.
En ocasiones encontraremos peculiares hallazgos estilísticos que proponen el paralelismo entre los suplicios internos del criminal, ahogado en los anillos del abrazo de pitón de su conciencia, con las características genéricas de toda experiencia mística. Las fuerzas brujas se prestan, en su manifestación terrena, a un envolvimiento fatal, abstruso, tentacular… de sus atribuladas víctimas humanas. Estas devienen figuras de un gran guiñol, fantoches absolutos. Hoy los llamaríamos votantes, “tele espectadores”, “indignados”, usuarios de la red…Siendo interesante destacar la extraordinaria divergencia por razón de sexo, lo del “género” se lo dejamos a las almas sensibles, del impacto que la presencia espectral tiene en ambos cómplices. Pero la novela desafortunadamente es pre psicoanalítica. Hay momentos realmente brillantes de factura perversa y fantástica, como la relación sensual astral de la Viuda con su asesinadito. Y otros que me callo para que constituyan sorpresas gratas para un lector potencial.
Lo sobrenatural desciende a lo quimérico, vía lo extravagante, por la puerilidad innata e invencible del español. Y aquí es donde me separo una miajita del juicio de Jesús Palacios. Los géneros terrorífico, fantástico, de ciencia ficción… lo tienen muy difícil en nuestro país. Salvo que lo practiquen excepciones singulares, las que siempre confirman la regla. Algo he mencionado hace poco en una reseña sobre una antología de relatos patrios de ciencia-ficción decimonónica. No sólo por motivos religiosos, supuestamente asentados en nuestra cultura desde hace siglos, esta novela en concreto está prácticamente desprovista de ellos salvo para satirizarlos.
Pero el Otro, el espectro, como presencia abismática y visceral que se plantea en todo momento a los ojos de todos como visión o como ausencia alucinatoria, resulta estorbado en su despliegue literario por el quiste “frailuno” que dejaron en nosotros “apostólicos” y “progresistas”. Que escoja cada uno la etiología más verosímil. Este ganglio parásito ha sido capaz de mutar y adaptarse, generando los secularismos casposos traídos en gran medida por la política a la España del siglo XIX y XX. Donde aún permanecemos. Son ya parte de la religión natural autóctona de la Modernidad celtibérica, marcados a fuego durante el pasado siglo. La hamburguesa para los Estados Unidos, la pizza para Italia y para nosotros el cocido. Como metáforas alimenticias de diversos tipos de mentes. O submentes. Sin duda nuestra civilización no necesita para nada de este artilugio, cómo bien intuyó H.G. Wells en su última obra (1945), para infra sobrevivir. Y aquí están consecuentemente con nosotros las Inteligencias Artificiales.
Hay embaucamientos milenarios, localizados en ciertas regiones terrestres, que sólo en ocasiones algunos pocos de sus habitantes superan. ¿Cómo si no contemplar, evitando enloquecer, las narrativas periodísticas que hoy invaden nuestras cabezas, demasiado porosas, con ocasión de la competición política, de una sordidez sin igual, incluso como manifestación de las cada vez más grotescas rivalidades literarias, cinematográficas o culturales?
Entre el lance policiaco y la venganza de ultratumba, y ya termino, transcurren escenas grotescas, absurdas como muecas de un aquelarre. Una voluptuosidad vampiresca, recóndita y execrable (no aceptaremos, por mucho que miremos en torno nuestro con desaliento del siglo XXI, que toda sensualidad sea posiblemente así) acompaña las pasiones vehementes que se exponen en esta historia, proferidas por lo general en escenarios bizarros y por ello encantadores, pero que afectan a auténticos “perros de paja”.
A todo esto los calificamos sin pudor y sin originalidad, pues el concepto es de Zamacois, de “envolvimientos brujos”.
El inframundo psicológico español, que no sólo no ha cambiado sino que ha empeorado, la poción feminista ha tenido efectos contraindicados, unido a la acuosidad perceptiva fomentada por las pantallas y el mucílago vídeo electrónico, hacen esta novela especialmente significativa. Será disfrutada por todos los devotos de lo maravilloso y la sugestión surgida del contarse historias… que desciende hasta nosotros desde un tiempo, sin duda más luminoso, donde compartimos hábitat con las bestias en las oseras. Y aunque no estoy nada seguro que El Otro trate de evitar el humor, sería bueno conservar a mano pastillas de intenso sarcasmo durante su lectura.
Volviendo al asunto de lo postizo señalado en los comienzos de esta disertación, mostrar el abismo que hay con un Arthur Machen (1863-1947), Rosacruz profundo y partidario del Innombrable (1892-1975), que jamás será citado por la Fundación Pablo Iglesias, y un Zamacois que nos habla de la luz astral pero sólo de oídas. No obstante para Emilio Carrere (1881-1947), que le compara, tomando como punto arquimediano esta obra, con Teófilo Gautier (1811-1872), él sabría mejor porqué, El Otro es “sin duda la mejor obra del autor y una de las más intensas de este periodo literario”. Y aquí os dejo, mientras la cápsula tripulada Artemis II traza entre la Tierra y la Luna arabescos de lo infinito.
Brillan las estrellas arriba, abajo: corren las sombras.
¿Es la Tierra algo vivo, contráctil, como un músculo consciente tal vez? E.Z.
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Autor: Eduardo Zamacois. Título: El otro. Editorial: Pez de Plata. Venta: Todos tus libros.


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