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Hasta la primera pizzería y vuelta

Hasta la primera pizzería y vuelta

Hicimos juntos el primer viaje de nuestras vidas, aquella primera vez en que salimos de casa pedaleando sin saber dónde íbamos a plantar la tienda de campaña esa noche. Teníamos 17 años, anteayer él cumplió 50. En este tiempo he aprendido que una de las gracias de la vida consiste en encontrar a alguien con quien pedalear y con quien hablar. Siempre el mismo pedaleo, siempre la misma charla: tanto, que a las conversaciones les hemos puesto números y así ya no tenemos que repetirlas enteras. Él dice: “La siete”, y nos reímos. Digo yo: “La cuatro”, y nos enfadamos.

"Al cabo de 1.070 kilómetros, después de cenar la primera pizza de Italia, nos despedimos por la mañana en Ventimiglia. Había cumplido, como siempre, su palabra"

Un día le conté que me iba en bici al pueblo de mi novia, a 1.500 kilómetros de casa, y me dijo que me acompañaría hasta Ventimiglia: le apetecía llegar al primer pueblo de Italia, cenar una pizza y volver. En el quinto día, en Montréjeau, reventé la cubierta trasera. Él se fue pedaleando con tres ruedas —la mía atada en su portaequipajes— hasta el siguiente pueblo en el que había un taller: Saint-Gaudens. Yo cargué mi bici con una sola rueda hasta la estación, esperé dos horas y me subí al tren. Cuando llegué a Saint-Gaudens, él ya lo tenía todo listo: seguimos, otra vez con dos ruedas cada uno.

Al cabo de 1.070 kilómetros, después de cenar la primera pizza de Italia, nos despedimos por la mañana en Ventimiglia. Había cumplido, como siempre, su palabra. Salimos a la carretera de la costa; él giró al oeste, yo giré al este. A los cincuenta metros le silbé, se dio la vuelta y nos saludamos con los brazos en alto. Me quedaban cuatro días para llegar al pueblo de mi novia. Me gusta mucho viajar solo, pero aquella noche sentí un pellizco cuando me tumbé en un hostal de Liguria, dije “la nueve” y nadie me respondió. Aprecio la suerte de que sigamos pedaleando juntos, cada vez menos kilómetros, cada vez con más achaques, pero siempre con la misma tontería. Por eso anteayer le dije: “¡Josema, la cincuenta!”.

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