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27 de abril de 1936: Ramper hace de las suyas

27 de abril de 1936: Ramper hace de las suyas

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 27 de abril de 1936: Ramper hace de las suyas

Güeno, pos ahora que ya habéis visto los caballos, si ustedes quieren, pa’ que nos dé tiempo a descansar unos segundos, les mostraré algunas de mis habilidades. ¿Quieren ver cómo mi acompañante, aquí, lee el pensamiento?

El circo Price —entonces en la actual Plaza del Rey— era toda una institución, adorada entre otros por Ramón Gómez de la Serna, grafómano, iconoclasta, vanguardista y reputado oficial del circo, a quien se le había otorgado recientemente una medalla de honor. Y dentro del Price no era menos institución el payaso Ramón Álvarez Escudero, más conocido como Ramper.

"Dentro del Price no era menos institución el payaso Ramón Álvarez Escudero, más conocido como Ramper. Sus chistes políticos corrían por todo el país. Tenía fama de provocador"

Sus chistes políticos corrían por todo el país. Ramper tenía fama de provocador. Ya en tiempos de la monarquía, mientras prensa y radio publicitaban el jabón Sales de España, una noche, en un espectáculo, preguntó al público: «¿Saben ustedes cuál es el jabón que prefiere el rey Alfonso? ¡Sales de España!». Al día siguiente recibió la visita de la policía, invitándolo amablemente a hacer las maletas y abandonar el país.

Además de payaso, Ramper era malabarista y acróbata, un músico que manejaba varios instrumentos y hasta cantaba con gracia (había parodiado “El relicario”, exitazo internacional de Raquel Meller) y que seguía atrayendo público a sus espectáculos cada vez más atrevidos. Allí donde se anunciaba a Ramper, se colgaba rápidamente el cartel de aforo completo.

Hoy, en su papel de payaso clásico, entretuvo al público entre número y número. Últimamente estaba recuperando uno de sus clásicos —su repertorio, tras treinta años de carrera, era inabarcable—, una parodia sobre la transmisión del pensamiento. Su ayudante, un chico joven, se colocó de espaldas al público y Ramper, con su chaqueta roja, a su lado, ofició.

—Sonámbulo, ¿a quién tengo el honor de señalar?

—A una señora.

—Piénsalo mejor. ¿A quién señalo?

—A un caballero.

—¿Qué lleva en la mano derecha? Vamos, hombre, que el tiempo es oro.

—Un reloj de oro.

—¿Y de qué color es la corbata verde de este caballero?

La gente se reía. Ramper volvió su rostro maquillado en blanco y rojo al público. Parecía que tuviera dos huevos fritos en torno a los ojos, la nariz encarnada, la barbilla blanca, todo delineado con lápiz.

—Y para que no crean ustedes que estamos combinados estos señores y un servidor, ruego me entreguen objetos que lleven en los bolsillos: plumas, relojes, carteras. En fin, todo lo que tenga empeño… el público en entregarme. A ver, sonámbulo: ¿qué objeto es este que me han entregao? ¡Vas a sudar tinta para averiguarlo! Recapacita, concéntrate. A veces se equivoca plu… más fácil que sea la pregunta. ¡Una pluma, efectivamente! Y ¿de qué estilo? ¡Estilográfica, claro que sí! ¿Y qué compromiso tiene el dueño de esta pluma? Piensa en lo que ocurrió ayer. ¡Un compromisario! ¿Y a quién va a votar ese señor como presidente de la República? Ya sabemos que es una hazaña votar estos días… ¡Don Manuel Azaña! ¿Y de quién se están riendo todos sus sobrinos, tanto en Alcalá como en Zamora, por la manera en que ha sido destituido? ¡Bravo! ¡Bravísmo! —Y consiguió que el público riese a mandíbula batiente.

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