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Delicioso juego de sombras

Delicioso juego de sombras

A veces me preguntan qué es lo que me gusta tanto de la literatura japonesa. Qué encuentro en textos producidos por gentes nacidas a miles de kilómetros de mi lugar de origen, en otra lengua, en épocas y circunstancias distintas a las mías. La respuesta, a menudo, es tan evanescente como la pregunta. Disfruto con Akutagawa y con Hiroko Oyamada; con Yasutaka Tsutsui y con Kawabata; con Yoko Ogawa y con el Murakami «bueno»… y es porque no existe un lote de características que, de forma homogénea, describan la enormidad de temáticas y estilos que hemos dado en llamar «literatura japonesa» —como tampoco «literatura española»—. Sí podemos apreciar una cierta sensibilidad esquiva. Una fe sagrada en el juego de silencios que cimenta la buena literatura. Una preferencia por la contención en lugar de la obviedad.  Y la naturalidad para adentrarse en —y, en ocasiones, entregarse a— las zonas más penumbrosas de nuestra moral.

Fumiko Enchi (1905-1986) ejemplifica a la perfección ese fantasmagórico espíritu nipón en Máscaras femeninas (Chai Editora, 2026), delicioso juego de sombras en forma de novela corta sobre el deseo y el trauma, sobre los vínculos familiares y la relación con los muertos.

"Aquí la forma lo es todo, y Enchi la doblega a su antojo ambientando la historia en un triple marco simbólico que la enriquece y la dota de aristas"

Ibuki es médico, está casado y tiene una hija. También tiene un amigo que se llama Mikame, soltero y profesor universitario.  Y ambos, lo admitan o no, están enamorados de la joven y etérea Yasuko, una viuda dedicada a completar el texto sobre posesiones espirituales que su difunto marido Akio dejó inconcluso. Pero Yasuko no vive sola: su suegra, la enigmática y elegante poeta Mieko Toganō, parece acompañarla, en cuerpo o en mente, allá a donde va. En torno a estos cuatro personajes —los principales, pero no los únicos importantes— no tarda en desarrollarse una compleja y adictiva madeja de sentimientos que los empuja hasta sus límites morales.

No nos equivoquemos: no se trata de una historia romántica al uso, ni de un mero culebrón. Aquí la forma lo es todo, y Enchi la doblega a su antojo ambientando la historia en un triple marco simbólico que la enriquece y la dota de aristas.

Por un lado, un anacrónico, inesperado y fascinante ambiente de sesiones de espiritismo en el Japón de posguerra tardío; si los médiums que establecen impía comunicación con los muertos son bien conocidos en Occidente desde mediados del siglo XIX, allí se trataría de una reformulación moderna de prácticas espirituales que, sin embargo, algunos personajes parecen empeñados en intelectualizar.

"El catálogo de referencias se cierra con el Genji monogatari o La novela de Genji, comúnmente considerada la novela más antigua de la historia, y atribuida a la dama Murasaki Shikibu"

Pero la llama no prende si no hay leña, y no es que el archipiélago nipón —cuna de los yokai y el sintoísmo, práctica religiosa basada en la veneración de los espíritus kami que todo lo habitan— esté falto de manifestaciones espectrales. Esto conecta con otro de los armazones estructurales de la novela: la alusión a máscaras del o «teatro ritual», el género dramático más trágico y noble de Japón, amén de uno de los más reconocibles a nivel internacional. Caracterizado por una lentitud solemne y onírica, muy influenciado por el pensamiento budista, y orientado a la sutileza, a la metáfora más que a lo explícito, este teatro «de la corte» es la excusa perfecta para que la autora revise tres de sus arquetipos femeninos más habituales: la ryo no onna, o espíritu vengativo de mujer; la masugami o joven mujer enloquecida; y la fukai, mujer adulta y profundamente triste.

El catálogo de referencias se cierra con el Genji monogatari o La novela de Genji, comúnmente considerada la novela más antigua de la historia, y atribuida a la dama Murasaki Shikibu (apróx. 978-1014) —y es que recordemos que la tradición literaria japonesa puede rastrearse muy, muy atrás—, escenario ideal para todo tipo de paralelismos entre el protagonista —el donjuanesco Genji— y las diferentes mujeres que pasaron por su vida.

"Máscaras femeninas diluye culpas, expone complejidades, retira etiquetas, abre miras, invita al disfrute y a la experimentación"

Decíamos antes que a Enchi, una de las escritoras japonesas más galardonadas de la historia, el concepto de triángulo amoroso se le queda corto: ella opta por un quinteto, un sexteto o, ya que tiramos de metáforas musicales, una orquesta sentimental donde cada nota habita un espacio delicadísimo, casi inexplorado, por momentos próximo a la (auto)manipulación más retorcida y rayana en lo enfermizo.

Sumémosle un lenguaje pulcro, con la dosis justa de poesía, y la sugerencia como norma sacrosanta de narración: el resultado son escenas bellísimas —como la de la liberación nocturna de las luciérnagas— o de alto voltaje sexual —la noche de confidencias entre Yasuko y Mieko Toganō—, que disparan la imaginación lectora sin hacer mucho esfuerzo.

Publicado originalmente en 1958 y recuperado hoy en castellano por primera vez en traducción directa gracias a la exquisita labor de Chai Editora, Máscaras femeninas diluye culpas, expone complejidades, retira etiquetas, abre miras, invita al disfrute y a la experimentación. Y eso, japonés o no, solo responde a una etiqueta, mucho más rara: la de los libros que no terminan cuando se cierran.

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Autora: Fumiko Enchi. Título: Máscaras femeninas. Traducción: Matías Chiappe Ippolito. Editorial: Chai Editora. Venta: Todos tus libros.

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