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En el desierto, de Enrique Álvarez

En el desierto, de Enrique Álvarez

El mail que Enrique Álvarez (León, 1954) me envió confirmaba lo que me había dicho por teléfono: «En el desierto» se publicó por primera vez en Margen, una revista universitaria de la ciudad en que nació, aunque lo tenía escrito cinco años antes, en enero de 1975. El 29, como aún recuerda. El testimonio lo incluye en la nómina de pioneros del microrrelato en nuestro idioma cuando estas peculiares narraciones tan breves aún no se llamaban así.

También su primera novela, El rostro oculto, armada entre 1984 y 1987, no fue a la imprenta hasta 1994. De hecho, salió antes su segunda narración larga, una nouvelle, en 1990, El sueño de la ahogada. La última, El buen azar, llegó a las librerías a comienzos de este 2026.

Me fijo en este microrrelato suyo de hace más de medio prodigioso siglo.

"Casi todos nos hemos arrodillado, en el papel de padre o de hijo o de amigo, para construir castillos de arena, signo de la fragilidad, tarde o temprano"

Casi todos nos hemos arrodillado, en el papel de padre o de hijo o de amigo, para construir castillos de arena, signo de la fragilidad, tarde o temprano. Aunque también de unión, de parentesco, de amistad, de relaciones, por encima de ese derrumbamiento de esplendorosas mañanas de verano. Pero construir desiertos son palabras mayores.

El desierto puede rebotar en la imaginación o en la memoria como aparatosas etapas de rallies entre dunas y estepas, sin caminos trazados, con todoterrenos, motos, camionazos indiferentes al paisaje y sus daños y a posibles principitos y zorros.

Puede traer resonancias bíblicas: venerables páginas de la Escritura siguen presentes en autorísimos como Faulkner, Thomas Mann, san Juan de la Cruz, Calderón, Lorca, Joseph Roth… y recuerdan a episodios del Éxodo en que tras la liberación en Egipto el Pueblo de Yahveh vaga años y años sin alcanzar su Tierra Prometida. O traen evocaciones peliculeras, como secuencias de sed de wésterns y de exploradores o buscadores de oro. Aunque también elegancias de Peter O’Toole con una nítida chilaba blanca, o desolaciones y peligros de ciencia-ficción. O el caos violento por la escasez de agua y de combustible de un futuro quizá no tan improbable. Hasta en la sequedad del desierto de Judea o de Yeshimon, las misteriosas tentaciones a Jesús, que no hace milagros en beneficio propio, pero incluso a aquella aridez llega la voz de Dios.

"El desierto que se fabrica el narrador esté donde esté va a extenderse. Rápido, y en un recinto de control, de orden, de disciplina, de aprendizaje. De castigo"

Represente el desierto lo que represente —aislamiento, prueba, sufrimientos, hostilidad—, el jovencísimo narrador de esta experiencia ideada por Enrique Álvarez desasosiega. Lleva tiempo compartiendo con un anónimo amigo una atracción que les seduce: crear en el pasillo un buen desierto. Para jugar, por supuesto. Pero asumiendo papeles no demasiado tentadores: hacerse «perdidos y víctimas». No importan cuánto exijan de esfuerzo los preparativos. Juegan a sufrir. Dios míííío… Demasiado pronto.

La travesura les complica la vida a sus padres. Y para el chico se convierte en obsesión la diablura del desierto. Palabra que esconde algo feo en su origen. Porque desertus —y desertor es “quien abandona”— era en latín el participio de perfecto de dēserō, o sea, “abandonar”, “desatender” y, antes aún significó desechar una tierra que se ha dejado de sembrar. Un sitio, por tanto, finalmente deshabitado, sin nadie. Estéril de arriba abajo.

El desierto que se fabrica el narrador esté donde esté va a extenderse. Rápido, y en un recinto de control, de orden, de disciplina, de aprendizaje. De castigo. De inutilidades, parece, si no da resultados de renovación o mejora. Aunque haya convivencia. Coexistencia, más bien.

"No prevalece en esos muchachos la facultad de la imaginación. Aunque no se le fijan límites. Y acabará dominando la realidad. La obsesión es lo que tiene"

No prevalece en esos muchachos la facultad de la imaginación. Aunque no se le fijan límites. Y acabará dominando la realidad. La obsesión es lo que tiene. Aquello que había empezado como «jugar a sufrir» desemboca en sufrimiento de verdad. La ambigüedad es lo que tiene. La zozobra entre juego y violencia: empieza como «jugar a sufrir» y termina en sufrimiento real. Con cadáveres y dolores. Arrastrándose. Y atrayéndose. La violencia es lo que tiene.

Para no llegar a dos centenares de palabras, «En el desierto» perfila con sabiduría a sus personajes. El amigo cómplice, apenas mencionado, es también reincidente. Quizá no «desertifica» ya más, y lo han sustituido en el nuevo espacio. Los padres resultan enigmáticos también. ¿No vieron esa mañana el trasiego de calderos de arena? ¿Qué han hecho ese día hasta el anochecer? Pocas oportunidades parecen dar. Poco perdón. Demasiada rigidez. No ven bien los desiertos. Sus expectativas, recónditas como sus personas. ¿Y el narrador? No se le ve tan niño. Su imaginación rebelde, su imaginación obsesiva, su capacidad de liderazgo, laboriosamente perverso, el balance tentador («… no me han salido del todo mal las cosas»), propio del padre de la mentira, lo dejan en una identidad entre misteriosa e ininteligible. Innumerable. Como un personaje único.

"Quedan sin descifrar totales de cálculos difíciles de precisarse. Como las arenas de las playas, las dunas, los desiertos. También los desiertos inventados"

Quedan sin descifrar totales de cálculos difíciles de precisarse. Como las arenas de las playas, las dunas, los desiertos. También los desiertos inventados. Las hojas y las ramas de los bosques. Las columnas de cárceles, hoteles, teatros, bibliotecas, senados, partenones. O los humildes ladrillos anónimos de una inabarcable ciudad. O como pudo ser el sufrimiento de latigazos multiplicados durante una flagelación atada la víctima a una columna. Indescifrables como los pasos invasores de toda una legión.

«En el desierto» abría la representativa selección que preparó en 2006 el escritor también leonés Juan Pedro Aparicio titulada El trino del diablo, con dieciocho de los cuentos de Enrique Álvarez que más le gustaban al antólogo y a los que el propio autor añadió el último. Aparicio resaltaba una pieza maestra en el género, «Dejar a Felicia». Cierto. Ha reunido —por fin— su narrativa breve en Pequeño mal. Es bueno que no anden solas —desprotegidas, perdidas, sin rumbo, como las ovejas descarriadas— las obras de un autor como Enrique Álvarez. Valiente, valioso, con numen. Capaz de hurgar en heridas propias de una divinidad. Como esas finales del costado derecho. Como hendiduras donde no cabe toda la arena de la historia. Bienvenido sea. Bienaventurado.

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En el desierto

No les gustó nada a mis padres el regresar aquel anochecer a casa y encontrarse con que un amigo y yo tuviéramos inundado el pasillo de arena. La verdad es que no les esperábamos para tan pronto y por eso habíamos decidido convertir la casa en un desierto e imaginarnos perdidos y víctimas en él. Era una idea que nos llevaba fascinando mucho tiempo, a pesar de que nos obligase a trabajar la mañana entera acarreando calderos de arena desde la colina. Aquella vez mis padres perdonaron. Pero, como algunas semanas después reincidimos, decidieron enviarme a un reformatorio.

Puede decirse que no me han salido del todo mal las cosas. Mis compañeros (algunos incluso de edad bastante mayor que la mía) se han dejado contagiar de mi pasión, y entre todos, a costa de mucho bregar con los celadores, hemos convertido el reformatorio en un magnífico desierto donde, a pesar de ser ya unos cuantos, nos arrastramos y padecemos dramáticos sufrimientos. Sólo temo que, si el número de muertos por el agotamiento y la sed aumenta, se nos ha de expulsar del desierto y atar para siempre a las columnas del patio. ■

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Publicado en Margen, n.º 1, Universidad de León, octubre-noviembre de 1980, y en El trino del diablo, con prólogo de Juan Pedro Aparicio, Palencia, Menoscuarto, 2006, p. 13.

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