En Lengua Latina II tradujimos poesía. Fue una de las asignaturas que más me gustaron de los años de Filología Hispánica. La mayoría de nuestras compañeras habían traducido en sus institutos y colegios a Virgilio. Yo no. La profesora de la facultad lo daba por consabido, creo. Quedaré como un gilipollas o un ser pedante pero me entusiasmaron Catulo («Passer, deliciae meae puellae»), tener que traducir hexámetros de Las Metamorfosis de Ovidio, cauce occidental de la mitología, y casi todos los versos de Horacio que leí.
En las aulas explicaban que esta oda de Horacio dio origen a un nuevo género poético: el «monumento», en el que el autor pondera sus contribuciones a la poesía, sus innovaciones, que deben conservarse en la memoria de sus descendientes. En definitiva, consiguen perpetuar su nombre. Los versos finales del colosal poemario de Ovidio Las transformaciones —«Iamque opus exegi…»— también pueden considerarse un «monumento», el «sello» con que cerró su ambiciosa obra escrita. La «egoteca«, como le he oído decir al escritor Enrique Álvarez.
El narrador de «La historia perdida», el humilde narrador, está en plena penumbra. Encerrado. Confiando en que se repita algo de la luz del amanecer como días atrás. Y reflexionando. Quizá solamente rememora. Ha ocurrido una catástrofe. Una calamidad de segundos repentinos con unas fulguraciones y llamaradas eyectadas. Una erupción solar. Una explosión devastadora de calor enceguecedor. Parece suceder en la ciudad de Puebla, a ciento treinta y tantos kilómetros de capital mexicana.
Este microrrelato lo escribió una mujer que nació allí: Samantha Páez Guzmán, «periodista, escritora y activista feminista. Me interesan los temas de género, libertad de expresión y DDHH», declara en su perfil de Twitter, @samantras.
Quizá La historia perdida necesite para lectores peninsulares alguna precisión. Sobre La Franja, sobre la Gran Pirámide de Cholula, sobre los ángeles que trazan con precisión las calles de una hermosa ciudad, sobre un pueblo que derrota a un ejército invasor que habla otro idioma.
Manías de filólogo el anotar. Recojo pellizcos de enciclopedias: «La leyenda cuenta que los ángeles trazaron las calles de Puebla, conocidas por su precisión geométrica y orientación noreste-suroeste, tras un sueño del obispo Julián Garcés. Esta historia celestial, que incluye la colocación de las campanas de la catedral, dio origen al nombre “Puebla de los Ángeles”».
El mayor equipo de fútbol de esa ciudad juega en el Estadio Cuauhtémoc: el Club Puebla. Lo llaman «La Franja» por la banda diagonal que cruza el pecho de su camiseta.
La Gran Pirámide de Cholula o Tlachihualtépetl —en náhuatl significa “cerro hecho a mano”— es el basamento piramidal más grande del mundo en anchura. En su altar ceremonial se sacrificaba a niños de seis o siete años, mensajeros —creían en esas alturas— de una deidad a la que irían a pedir agua para vivificar los cultivos en tiempos de sequías y dolores.
Con «vencimos al ejército francés» se refiere el narrador a la Batalla de Puebla, ocurrida el 5 de mayo de 1862, «la primera batalla de una guerra que finalmente ganaría México» para seguir siendo dueño de su genealogía.
Aunque no se concreta en La historia perdida, sí que menciona el narrador que en periodos remotos «la humanidad» escribió o talló o labró «en roca palabras, historias, ideas», al contrario que en su presente, digital, cuando dejan «en las nubes», en la nada, sus biografías. Recuerda a «la Piedra del Sol», también llamada Calendario Azteca o el Sol Azteca, un asombro de más de tres metros y medio de diámetro y veintitantas toneladas de peso, «un disco monolítico de basalto de olivino con inscripciones alusivas a la cosmogonía mexica y los cultos solares». Donde el sol no puede destruir él solo el pasado. Aunque tal vez sí el futuro.
Porque el talento narrativo de Samantha Páez Guzmán rebasa una historia de desolación apocalíptica en fechas de globalización que estamos compartiendo. ¿Qué ocurriría si tras una catástrofe —una explosión solar que destruye los servidores y vuelve inhabitable la Tierra— toda esa memoria digital nuestra desaparece? Si futuros visitantes, en otra superficie del tiempo, trataran de reconstruir nuestra historia con restos incompletos, y llegaran a interpretaciones erróneas. Y esa desolación final del que narra, quizá mayor que la aniquilación planetaria, cuando reconoce que su propia vida, su historia, probablemente no deje rastro: ni en piedra ni en lo digital. Que puede diluirse y perderse entre millones. ¿Quién puede asegurarnos que el promedio de la humanidad de hoy, seducida por grabarlo todo, ha elegido un soporte tan aparentemente frágil para hacerlo?
Es una proeza que en 375 palabras se tracen consideraciones sobre asuntos casi inescrutables. La fragilidad de la memoria digital. A pesar de la huella que dicen imborrable. La necesidad humana de trascender. A pesar de los temores de la muerte, que ocultamos hasta con palabras que no dan miedo. La insignificancia personal. A pesar de que a las menudencias las rescata la grandeza del amor. La edificación de la historia y sus interpretaciones o sus disparates. A pesar de que dependen de quienes nos sucedan y sobrevivan. La opulencia de información. Capaz de borrar el tú, el nosotros, el cada cual, las singularidades de cada quien. A pesar de que no hagan falta ni siquiera hecatombes para anularnos entre la masa y su anonimato colectivo.
Afortunadamente, quedan mujeres audaces como esta mexicana que advierte «¿Qué sabrán de nosotros…?». Aunque no hayamos tenido la cordura de dejar nuestra despedida bien custodiada, deletreada en las últimas líneas de la vida. En bronce, como los clásicos. Hoy, que valen tanto, dicen, los «metales raros», las «tierras raras». Y los tesoros de siempre de los libros, en un día de victorias y pódiums como mañana, 23 de abril, jueves. Futuro con muchas páginas por delante. No todo está perdido. Y hay naufragios que llegan a la orilla. Y orillas como bibliotecas de olas. «Amat victoria curam». Catulo.
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La historia perdida
Mientras espero a que amanezca y puedo estar en el exterior, me pregunto qué parte de mi vida labraría en una estela. Definitivamente no cuando terminé con mi novia o vi a La Franja llegar a semifinales, y menos los días muertos en la oficina, no valen la pena.
Cuando no estemos, por fin, hallarán una Catedral, los relieves antiquísimos de la pirámide de Cholula, que les hablarán de lo que fue la humanidad hace mucho tiempo atrás. ¿Qué sabrán de nosotros, que ya no escribimos en papel? Cuando lleguen encontrarán paneles, cajas negras que contuvieron los videos, las fotografías, las historias que nos esmeramos todos los días en mostrar y que se perdieron cuando la explosión solar quemó aquellos servidores donde se almacenaban e hizo insoportable la vida aquí, no por esa pérdida, sino por el calor. ¡Todas esas horas invertidas! ¡Todas nuestras vidas virtuales se acabaron en segundos!
Aquellos vendrán y pensarán que adorábamos al sol, que fue el mismo que nos mató; pensarán que nuestras vidas eran distintas a lo que realmente fueron porque los ángeles bajaron del cielo a trazar estas calles y porque un día perdido en los siglos vencimos al ejército francés.
¿Qué personas de ciencia, eruditos, inventarán nuestra historia en lugar de verla en TikTok o Instagram? ¿Qué manos tallarán en piedra nuestras desgracias para esa gente del futuro? Si hay alguien que aún sepa labrar en la roca, quizás cuente sólo su vida: cuando tomó por primera vez la mano de la persona amada, o describa el río que aún estaba en su infancia o las plantas que se secaron, o cuando escriba una reflexión sobre lo que fuimos.
A mí ni siquiera se me ocurren unas palabras de despedida. Por eso mi historia será borrada. Quizás, de todas formas, si el sol no hubiera quemado los servidores y funcionaran las redes, mi historia estaría perdida en ese mar de historias. ■
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Sarape de neón, 1: Camotepunk, 2024 Ezine del Blog Ciencia Ficción México, pp. 89-90.


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